Mark Twain
EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO


ÍNDICE
Capítulo    
                PREFACIO
I.            Nacimiento del príncipe y del mendigo
II.             La infancia de Tom
III.            Encuentro de Tom y el príncipe
IV.            Comienzan los problemas del príncipe
V.            Tom como un patricio
VI.            Tom recibe instruccione
VII.            La primera comida regia de Tom
VIII.            La cuestión del sello
IX.             El espectáculo del río
X.             Las penas del príncipe
XI.            En el Ayuntamiento
XII.            El príncipe y su salvador
XIII.         La desaparición del príncipe
XIV.         ¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!
XV.             Tom como rey
XVI.        La comida de gala
XVII.         Fu-Fu primero
XVIII.        El príncipe y los vagabundos
XIX.        El príncipe con los aldeanos
XX.            El príncipe y el ermitaño
XXI.         Hendon, el salvador
XXII.         Víctima de la traición
XXIII.        El príncipe prisionero
XXIV.         La escapatoria
XXV.         Hendon Hall
XXVI.         Repudiado
XXVII.         En la cárcel
XXVIII.     El sacrificio
XXIX.         A Londres
XXX.        El proceso de Tom
XXXI.        La procesión del Reconocimiento
XXXII.        El Día de la Coronación
XXXIII.    Eduardo como rey
XXXIV.    Conclusión ––Justicia y retribución


PREFACIO

Voy a poner por escrito un cuento, tal como me lo contó uno que lo sabía por su padre, el cual lo supo anteriormente por su padre; este último de igual manera lo había sabido por su padre... y así sucesivamente, atrás y más atrás, más de trescientos años, en que los padres se lo transmitían a los hijos y así lo iban conservando. Puede ser historia, puede ser sólo leyenda, tradición. Puede haber sucedido, puede no haber sucedido: pero podría haber sucedido. Es posible que los doctos y los eruditos de antaño lo creyeran; es posible que sólo a los indoctos y a los sencillos les gustara y la creyeran.

CAPITULO I

NACIMIENTO DEL PRÍNCIPE Y DEL MENDIGO

En la antigua ciudad de Londres, un cierto día de otoño del segundo cuarto del siglo XVI, le nació un niño a una familia pobre, de ape¬llido Canty, que no lo deseaba. El mismo día otro niño inglés le nació a una familia rica, de apellido Tu¬dor, que sí lo deseaba. Toda Ingla¬terra también lo deseaba. Inglaterra lo había deseado tanto tiempo, y lo había esperado, y había rogado tan¬to a Dios para que lo enviara, que, ahora que había llegado, el pueblo se volvió casi loco de ale¬gría. Meros conocidos se abrazaban y besaban y lloraban. Todo el mun¬do se tomó un día de fiesta; en¬cumbrados y humildes, ricos y po¬bres, festejaron, bailaron, cantaron y se hicieron más cordiales durante días y noches. De día Londres era un espectáculo digno de verse, con sus alegres banderas ondeando en cada balcón y en cada tejado y con vistosos desfiles por las calles. De noche era de nuevo otro espectácu¬lo, con sus grandes fogatas en todas las esquinas y sus grupos de parran¬distas alegres alborotando en,torno de ellas. En toda Inglaterra no se hablaba sino del nuevo niño, Eduar¬do Tudor, Príncipe de Gales, que dormía arropado en sedas y rasos, ignorante, de todo este bullicio, sin saber que lo servían y lo cuidaban grandes lores y excelsas damas, y, sin importarle, además. Pera no se hablaba del otro niño, Tom Canty, envuelto en andrajos, excepto entre la familia de mendigos a quienes justo había venido a importunar con su presencia.

CAPÍTULO II

LA INFANCIA DE TOM

Saltemos unos cuantos años. Londres tenía mil quinientos años de edad, y era una gran ciudad... para entonces. Tenía cien mil habi¬tantes algunos piensan que el do¬ble.
Las calles eran muy angostas y sinuosas y sucias, especialmente en la parte en que vivía Tom Canty, no lejos del Puente de Londres. Las casas eran de madera, con el se¬gundo piso proyectándose sobre el primero, y el tercero hincando sus codos más allá del segundo. Cuanto más altas las casas tanto más se en¬sanchaban. Eran esqueletos de grue¬sas vigas entrecruzadas, con sólidos materiales intermedios, revestidos de yeso. Las vigas estaban pintadas de rojo, o de azul o de negro, de acuerdo al gusto del dueño, y esto prestaba a las casas un aspecto muy pintoresco. Las ventanas eran chi¬cas, con cristales pequeños en for¬ma de diamante, y se abrían hacia afuera, con bisagras, como puertas.
La casa en que vivía el padre de Tom se alzaba en un inmundo ca¬llejón sin salida, llamado Offal Court, mas allá de Pudding Lane. Era pe¬queña, destartalada y casi ruinosa, pero estaba atestada de familias mi¬serables. La tribu de Canty ocupa¬ba una habitación en el tercer piso. El padre y la madre tenían una es¬pecie de cama en un rincón, pero Tom, su abuela y sus dos hermanas, Bet y Nan, eran libres: tenían todo el suelo para ellos y podían dormir donde quisieran. Había restos de una o dos mantas y algunos haces de paja vieja y sucia, que no se podían llamar con propiedad camas, pues no estaban acomodados, y a puntapiés se les mandaba a formar un gran montón, en la mañana, y de ese montón se hacían apartijos para el uso nocturno.
Bet y Nan, gemelas, tenían quin¬ce años. Eran niñas de buen cora¬zón, sucias, harapientas y de profun¬da ignorancia. Su madre era como ellas. Mas el padre y la abuela eran un par de demonios. Se emborra¬chaban siempre que podían, luego se peleaban entre sí o con cualquiera que se les pusiera delante; maldecían y juraban siempre, ebrios o sobrios. Juan Canty era ladrón, y su madre pordiosera. Hicieron pordioseros a los niños, mas no lograron hacerlos ladrones. Entre la desgraciada ralea pero sin formar parte de ella¬ que habitaba la casa, había un buen sacerdote viejo, a quien el rey ha¬bía deudo sin casa ni hogar con sólo una pensión de unas cuantas monedas de cobre, que acostumbraba llamar a los niños y enseñarles secretamente el buen camino. El padre Andrés también enseñó a Tom un poco de latín, y a leer y escribir; y habría hecho otro tanto con las niñas, pero éstas temían las burlas de sus amigas, que no habrían su¬frido en ellas una educación tan especial.
Todo Offal Court era una col¬mena igual que la casa de Canty. Las borracheras, las riñas y los albo¬rotos eran lo normal cada noche, y casi toda la noche. Los descalabros eran tan comunes como el hambre en aquel lugar. Sin embargo, el pe¬queño Tom no era infeliz. La pasaba bastante mal, pero no lo sabía. La pasaba enteramente lo mismo que todos los muchachos de Offal Court, y por consiguiente suponía que aque¬lla vida era la verdadera y cómoda. Cuando por las noches volvía a casa con las manos vacías, sabía que su padre lo maldeciría y gol¬pearía primero, y que cuando el hu¬biera terminado, la detestable abuela lo haría de nuevo, mejorado; y que entrada la noche, su famélica ma¬dre se deslizaría furtivamente hasta él con cualquier miserable men¬drugo de corteza que hubiera po¬dido guardarle, quedándose ella mis¬ma con hambre, a despecho de que frecuentemente era sorprendida en aquella especie de traición y golpea¬da por su marido.
No. La vida de Tom transcurría bastante bien, especialmente en ve¬rano. Mendigaba sólo lo necesario para salvarse, pues las leyes contra la mendicidad eran estrictas, y gra¬ves las penas, y reservaba buena parte de su tiempo para escuchar los encantadores viejos cuentos y le¬yendas del buen padre Andrés acer¬ca de gigantes y hadas, enanos, y genios, y castillos encantados y mag¬níficos reyes y príncipes. Llenósele la cabeza de todas estas cosas ma¬ravillosas, y más de una noche, cuando yacía en la oscuridad, sobre su mezquina y hedionda paja, can¬sado, hambriento y dolorido de una paliza, daba rienda suelta a la ima¬ginación y pronto olvidaba sus penas y dolores, representándose delicio¬samente la espléndida vida de un mimado príncipe en un palacio real. Con el tiempo un deseo vino a cau¬tivarlo día y noche: ver a un prín¬cipe de verdad, con sus propios ojos. Una vez les habló de ello a sus camaradas de Offal Court; pero se burlaron y escarnecieron tan des¬piadamente, que después de aque¬llo guardó, gustosamente para sí su sueño.
A menudo leía los viejos libros del sacerdote y le hacía explicárse¬los y explayarse. Poco a poco, sus sueños y lecturas operaron ciertos cambios en él. Sus personas enso¬ñadas eran tan refinadas, que él empezó a lamentar sus andrajos y su suciedad, y a desear ser limpio y mejor vestido. De todos modos siguió jugando en el lodo y divir¬tiéndose con ello, pero en vez de chapotear en el Támesis sólo por diversión, empezó a encontrar un nuevo valor en él por el lavado y la limpieza que le procuraba.
Tom encontraba siempre algún su¬ceso en torno del Mayo de Cheap¬side y en las ferias, y de cuando en cuando, él y el resto de Londres tenían oportunidad de presenciar una parada militar cuando algún famo¬so infortunado era llevado prisio¬nero a la Torre, por tierra o en bote. Un día de verano vio quemar en la pira de Smithfield a la pobre Ana Askew y a tres hombres, y oyó a un ex-obispo predicarles un ser¬món, que no le interesó. Sí, la vida de Tom era variada, y, en conjun¬to, bastante agradable.
Poco a poco, las lecturas y los sueños de Tom sobre la vida prin¬cipesca le produjeron un efecto tan fuerte que empezó a hacer el prín¬cipe, inconscientemente. Su discurso y sus modales se volvieron singular¬mente ceremoniosos y cortesanos, para gran admiración y diversión de sus íntimos. Pero la influencia de Tom entre aquellos muchachos em¬pezó a crecer, ahora, de día en día, y con el tiempo vino a ser mirado por ellos con una especie de temor reverente, como a un ser superior. ¡Parecía saber tanto, y sabía hacer y decir tantas cosas maravillosas, y además era tan profundo y tan sa¬bio!
Las observaciones de Tom y los actos de Tom eran reportados por los niños a sus mayores, y éstos también empezaron a hablar de Tom Canty y a considerarlo como una criatura extraordinaria y de grandes dotes. Gente madura le llevaba sus dudas a Tom para que se las solucionara, y a menudo quedaba pas¬mada ante el ingenio y la sabiduría de sus decisiones. De hecho se tornó un verdadero héroe para todos cuan¬tos le conocían, excepto para su propia familia; ésta, en realidad, no veía nada en él.
Poco después, privadamente Tom organizó una corte real. Él era el príncipe; sus más cercanos camara¬das eran guardas, chambelanes, es¬cuderos, lores, damas de la corte y familia real. A diario el príncipe fingido era recibido con elaborados ceremoniales copiados por Tom de sus lecturas novelescas; a diario, los graves sucesos del imaginario reino se discutían en el consejo real, y a diario Su fingida Alteza promulga¬ba decretos para sus imaginarios ejércitos, armadas y virreyes. Des¬pués de lo cual seguiría adelante con sus andrajos y mendigaría unos cuantos ardites, comería su pobre corteza, recibiría sus acostumbradas golpizas e insultos y luego se ten¬dería en su puñado de sucia paja, y reanudaría en sus sueños sus vanas grandezas.
Y aun su deseo de ver una sola vez a un príncipe de carne y hueso cre¬cía en él día con día, semana con semana, hasta que por fin absorbió todos sus demás deseos y llegó a ser la pasión única de su vida.
Cierto día de enero, en su habitual recorrido de pordiosero, vagaba desalentado por el sitio que rodea Mincing Lane, y Little East Cheap, hora tras hora, descalzo y con frío, mirando los escaparates de los figo¬nes y anhelando las formidables em¬panadas de cerdo y otros inventos letales ahí exhibidos, porque, para él, todas aquellas eran golosinas dig¬nas de ángeles, a juzgar por su olor, ya que nunca había tenido la buena suerte de comer alguna. Caía una fría llovizna, la atmósfera estaba sombría, era un día melancólico. Por la noche llegó Tom a su casa tan mojado, rendido y hambriento, que su padre y su abuela no pudie¬ron observar su desamparo sin sen¬tirse conmovidos ––a su estilo––; de ahí que le dieran una bofetada de una vez y lo mandaran a la cama. Largo rato le mantuvieron despierto el do¬lor y el hambre, y las blasfemias y golpes que continuaban en el edi¬ficio; mas al fin sus pensamientos flotaron hacia lejanas tierras ima¬ginarias, y se durmió en compañía de enjoyados y lustrosos príncipes que vivían en grandes palacios y tenían criados zalameros ante ellos o volando para ejecutar sus órdenes. Luego, como de costumbre, soñó que él mismo era príncipe. Durante toda la noche las glorias de su regio estado brillaron sobre él. Se movía entre grandes señores y damas, en una atmósfera de luz, aspirando per¬fumes, escuchando deliciosa música y respondiendo a las reverentes cor¬tesías de la resplandeciente muche¬dumbre que se separaba para abrirle paso, aquí con una sonrisa y allá con un movimiento de su princi¬pesca cabeza. Y cuando despertó por la mañana y contempló la mi¬seria que le rodeaba, su sueño sur¬tió su efecto habitual: había inten¬sificado mil veces la sordidez de su ambiente. Después vino la amargu¬ra, el dolor y las lágrimas.

CAPÍTULO III

ENCUENTRO DE TOM Y EL PRÍNCIPE

Tom se levantó hambriento, y hambriento vagó, pero con el pen¬samiento ocupado en las sombras esplendorosas de sus sueños noc¬turnos. Anduvo aquí y allá por la ciudad, casi sin saber a dónde iba o lo que sucedía a su alrededor. La gente lo atropellaba y algunos lo injuriaban, pero todo ello era indi¬ferente para el meditabundo mu¬chacho. De pronto se encontró en Temple Bar, lo más lejos de su casa que había llegado nunca en aquella dirección. Detúvose a reflexionar un momento y en seguida volvió a sus imaginaciones y atravesó las mura¬llas de Londres. El Strand había cesado de ser camino real en aquel entonces y se consideraba como ca¬lle, aunque de construcción desigual, pues si bien había una hilera bas¬tante compacta de casas a un lado, al otra sólo se veían unos cuantos edificios grandes desperdigados: pa¬lacios de ricos nobles con amplios y hermosos parques que se exten¬dían hasta el río; parques que ahora están encajonados por horrendas fincas de ladrillo y piedra.
Tom descubrió Charing Village y descansó ante la hermosa cruz cons¬truida allí por un afligido rey de antaño; luego descendió por un ca¬mino hermoso y tranquilo, más allá del magnífico palacio del gran car¬denal, hacia otro palacio mucho más grande y majestuoso: el de West¬minster. Tom miraba azorado la gran mole de mampostería, las ex¬tensas alas, los amenazadores bas¬tiones y torrecillas, la gran entrada de piedra con sus verjas doradas y su magnífico arreo de colosales leo¬nes de granito, y los otros signos y emblemas de la realeza inglesa. ¿Iba a satisfacer, al, fin, el anhelo de su alma? Aquí estaba, en efecto, el palacio de un rey. ¿No podría ser que viera a un príncipe ––a un príncipe de carne y hueso–– si lo quería el cielo?
A cada lado de la dorada verja se levantaba una estatua viviente, es decir, un centinela erguido, impó¬nente e inmóvil, cubierto de pies a cabeza con bruñida armadura de acero. A respetuosa distancia esta¬ban muchos hombres del campo y de la ciudad, esperando cualquier destello de realeza que pudiera ofre¬cerse. Magníficos carruajes, con prin¬cipalísimas personas dentro, y no menos espléndidos lacayos fuera, lle¬gaban y partían por otras soberbias puertas que daban paso al real re¬cinto. El pobre pequeño Tom, cu¬bierto de andrajos, se acercó con el corazón palpitante y mayores es¬peranzas empezaba a escurrirse lenta y cautamente por delante de los centinelas, cuando de pronto divisó, –– a través de las doradas verjas, un espectáculo que casi lo hizo gritar de alegría. Dentro se hallaba un apuesto muchacho, curtido y more¬no por los ejercicios y juegos al aire libre, cuya ropa era toda de seda y raso, resplandeciente de joyas. Al cinto traía espada y daga ornadas de piedras preciosas, en los pies finos zapatos de tacones rojos y en la cabeza una airosa gorra carmesí con plumas sujetas por un cintillo grande y reluciente. Cerca estaban varios caballeros de elegantes trajes, seguramente sus criados. ¡Oh!, era un príncipe ––un príncipe, ¡un prín¬cipe de verdad, un príncipe vivien¬te––, sin sombra de duda! ¡Al fin había respondido el cielo a las pre¬ces del corazón del niño mendigo!
El aliento se le aceleraba y entre¬cortaba de entusiasmo, y se le agran¬daban los ojos de pasmo y deleite.
Todo en su mente abrió paso al instante a un deseo, el de acercarse al príncipe y echarle una mirada larga y devoradora. Antes de darse cuenta ya estaba con la cara pegada a las barras de la verja. Al mo¬mento, uno de los soldados lo arran¬có violentamente de allí y lo mandó dando vueltas contra la muchedum¬bre de campesinos boquiabiertos y de londinenses ociosas. El soldado dijo:
––¡Cuidado con los modales, tú, pordioserillo!
La multitud, se burló y rompió en carcajadas; mas el joven príncipe saltó hacia la verja, con el rostro encendido, sus ojos fulgurando de indignación, y exclamó:
––¡Cómo osas tratar así a un po¬bre chico! ¡Cómo osas tratar así aun al más humilde vasallo del rey mi padre! ¡Abre las verjas y déjale entrar!
Deberíais de haber visto entonces a aquella veleidosa muchedumbre arrancarse el sombrero de la cabeza. La deberíais de haber oído aplaudir y gritar: “¡Viva el Príncipe de Ga¬les!”
Los soldados presentaron armas con sus alabardas, abrieron las ver¬jas y volvieron a presentar armas cuando el pequeño Príncipe de la Pobreza entró con sus andrajos on¬dulando, a estrechar la mano del Príncipe de la Abundancia Ilimi¬tada.
Eduardo Tudor dijo:
––Parécesete cansado y hambrien¬to. Te han tratado injustamente. Ven conmigo.
Media docena de circunstantes se abalanzaron a ––no sé qué—..., ––sin duda a interferir. Mas fueron apar¬tados mediante regio ademán, y se quedaron clavados inmóviles donde estaban, como otras tantas estatuas. Eduardo se llevó a Tom a una rica estancia en el palacio, que llamaba su gabinete. A su mandato trajeron una colación como Tom no había encontrado jamás, salvo en los li¬bros. El príncipe, con delicadeza y maneras principescas, despidió a los criados para que su humilde hués¬ped no se sintiera cohibido con su presencia criticona; luego se sentó cerca de Tom a hacer preguntas mientras aquél comía:
––¿Cuál es tu nombre, muchacho? Tom Canty, para serviros, se¬ñor.
––Raro es. ¿Dónde vives?
––En la ciudad, señor, para ser¬viros. En Offal Court, más allá de Pudding Lane.
––¡En Offal Court! Raro es tam¬bién este otro. ¿Tienes padres?
Padres tengo, señor, y una abue¬la, además, a la que quiero poco, Dios me perdone si es ofensa de¬cirlo, también hermanas gemelas, Nan y Bet.
––De manera que tu abuela no es muy bondadosa contigo.
––Ni con nadie, para que sea ser¬vida Vuestra Merced. Tiene un co¬razón perverso y maquina siempre la maldad.
––¿Te maltrata?
––Hay veces que detiene la mano, estando dormida o vencida por la bebida; pero en cuanto tiene claro el juicio me lo compensa, con bue¬nas palizas.
Una fiera mirada asomó a los ojos del principito, y exclamó:
–¡Cómo! ¿Palizas?
––Por cierto que sí, si os place, señor.
––¡Palizas! Y tú tan frágil y pe¬queño. Escucha: al caer la noche tu abuela entrará a la Torre. El rey, mi padre...
––En verdad, señor, olvidáis su baja condición. La Torre es sólo para los grandes.
––Cierto. No había pensado en eso. Consideraré su castigo. ¿Es bue¬no tu padre para contigo?
––No más que la abuela Canty, señor.
––Tal vez los padres sean pare¬cidos. El mío no tiene dulce tem¬peramento. Golpea con mano pesa¬da pero conmigo se refrena. A decir verdad, no siempre me perdona su lengua. ¿Cómo te trata tu madre?
––Ella es buena, señor, y no me causa amarguras ni sufrimientos de ninguna clase. En eso Nan y Bet son como ella.
¿Qué edad tienen?
––Quince años, que os plazca, se¬ñor.
––Lady Isabel, mi hermana, tiene catorce, y lady Juana Grey, mi prima, es de mi misma edad, y gen¬til y graciosa, además, pero mi her¬mana lady María, con su semblante triste y... Oye: ¿Prohíben tus her¬manas a sus criadas que sonrían para que no destruya sus almas el pecado?
––¿Ellas? ¡Oh! ¿Creéis que ellas tienen criadas?
El pequeño príncipe contempló al¬ pequeño mendigo con gravedad un momento; luego dijo:
––¿Por qué no? ¿Quién las ayuda a desvestirse por la noche? ¿Quién las viste cuando se levantan?
––Nadie, señor. ¿Querrías que se quitaran su vestido y durmieran sin él, como los animales?
––¿Su vestido? ¿Sólo tienen uno?
––¡Oh!, buen señor, ¿qué harían con más? En verdad no tienen dos cuerpos cada una.
––Esa es una idea curiosa y ma¬ravillosa. Perdóname, no he tenido intención de reírme. Pero tus bue¬nas Nan y Bet tendrán sin tardar ropas y sirvientes, y ahora mismo. Mi mayordomo cuidará de ello. No, no me lo agradezcas; no es nada. Hablas bien; con gracia natural. ¿Eres instruido?
––No sé si lo soy o no, señor. El buen sacerdote que se llama padre Andrés, me enseñó, bondado¬samente, en sus libros.
––¿Sabes el latín?
––Escasamente, señor.
––Apréndelo, muchacho: sólo es difícil al principio. El griego es más difícil, pero ni éstas ni otras lenguas son difíciles, creo, para lady Isabel y para mi prima. ¡Tendrías que oírlo a estas damiselas! Pero cuéntame de tu Offal Court. ¿Es agradable tu vida allí?
––En verdad, sí, señor, salvo cuan¬do uno tiene hambre. Hay títeres y monos ––¡oh, qué criaturas tan tra¬vieras y qué gallardas van vesti¬das!––, y hay comedias en que los comediantes gritan y pelean hasta caer muertos todos; es tan agrada¬ble de ver, y cuesta sólo una blanca aunque es muy difícil conseguir la¬ blanca.
––Cuéntame más.
––Nosotros, los muchachos de Offal Court, luchamos unos con otros con un garrote, al modo de aprendices, señor.
Los ojos del príncipe centellea¬ron. Dijo:
––A fe mía, esto no me desagra¬daría. Cuéntame más.
––Jugamos carreras, señor, para ver quién de nosotros será el más veloz.
––También esto me gustaría. Si¬gue.
––En verano, señor, vadeamos y nadamos en los canales y en el río, y cada uno chapuza a su vecino, y lo salpica de agua, y se sumerge, y grita, y se revuelca, y...
––Valdría  el reino de mi padre disfrutarlo aunque fuera una vez. Te ruego que prosigas.
––Danzamos y cantamos en tor¬no al mayo en Cheapside; juga¬mos en la arena, cada uno cubriendo a su vecino; a veces hacemos paste¬les de barro ––ah, el hermoso barro, no tiene par en el mundo para di¬vertirse––; nos revolcamos primo¬rosamente en el señor, con perdón de Vuestra Merced.
––¡Oh!, te ruego que no digas más. ¡Es maravilloso! Si pudiera vestir ropa como la tuya, desnudar mis pies y gozar en el barro una vez tan solo, sin nadie que me cen¬sure y me lo prohíba, me parece que renunciaría a la corona.
––Y  si yo pudiera vestirme una vez, dulce señor, como vos vais vestido; tan sólo una vez...
¡Ah! ¿Te gustaría? Pues así será. Quítate tus andrajos y ponte estas galas, muchacho. Es una dicha breve, pero no por ello menos viva. Lo haremos mientras podamos y nos volveremos a cambiar antes de que alguien venga a molestamos.
Pocos minutos más tarde, el pe¬queño Príncipe de Gales estaba ata¬viado con los confusos andrajos de Tom, y el pequeño Príncipe de la Indigencia estaba ataviado con el vistoso plumaje de la realeza. Los dos fueron hacia un espejo y se pa¬raron uno junto al otro, y, ¡hete aquí, un milagro: no parecía que se hubiera hecho cambio alguno! Se miraron mutuamente ––con asom¬bro, luego al espejo, luego otra vez uno al otro. Por fin, el perplejo principillo dijo:
––¿Qué dices a esto?
––¡Ah, Vuestra Merced, no me pidáis que os conteste! No es con¬veniente que uno de mi condición lo diga.
––Entonces lo diré yo. Tienes el mismo pelo, los mismos ojos, la misma voz y porte, la misma figura y estatura, el mismo rostro y con¬tinente que yo. Si saliéramos des¬nudos públicamente, no habría na¬die que pudiera decir quién eras tú y quién el Príncipe de Gales. Y ahora que estoy vestido como tú estabas vestido, me parece que po¬dría sentir casi lo que sentiste cuando ese brutal soldado... Espera ¿no es un golpe lo que tienes en la mano?
––Sí, pero es cosa ligera, y Vues¬tra Merced sabe muy bien que el pobre soldado...
––¡Silencio! Ha sido algo vergon¬zoso .y cruel ––exclamó el pequeño príncipe golpeando con su pie des¬nudo––. Si el rey... ¡No des un paso hasta que yo vuelva! ¡Es una orden!
En un instante agarró y guardó un objeto de importancia nacional que estaba sobre la mesa, y atravesó la puerta, volando por los jardines del palacio, con sus andrajos tre¬molando, con el rostro encendido y los ojos fulgurantes: Tan pronto llegó a la verja, asió los barrotes e intentó sacudirlos gritando:
––¡Abrid! ¡Desatrancad las ver¬jas!
El soldado que había maltratado a Tom obedeció prontamente; cuan¬do el príncipe se precipitó a través de la puerta, medio sofocado de regia ira, el soldado le asestó una sonora bofetada en la oreja, que lo mandó rodando al camino.
––Toma eso ––le dijo––, tú, por¬diosero, por lo que me ganaste de Su Alteza.
La turba rugió de risa. El prín¬cipe se levanto del lodo y se aba¬lanzó al centinela, gritando:
––Soy el Príncipe de Gales, mi persona es sagrada. Serás colgado por poner tu mano sobre mí.
El soldado presentó armas con la alabarda y dijo burlonamente:
––Saludo a Vuestra graciosa Al¬teza. Y colérico: ¡Lárgate, basura demente!
Entonces la regocijada turba ro¬deó al pobre principito y lo empujó camino abajo, acosándolo–– y gritan¬do: “¡Paso a Su Alteza Real!, ¡paso al Príncipe de Gales!”

CAPÍTULO  IV

COMIENZAN LOS PROBLEMAS DEL PRÍNCIPE

Después de horas de constante acoso y persecución, el pequeño príncipe fue al fin abandonado por la chusma y quedó solo. Mientras había podido bramar contra el po¬pulacho, y amenazarlo regiamente, y proferir mandatos que eran ma¬teria de risa fue muy entretenido pero cuando la fatiga lo obligó fi¬nalmente al silencio, ya no les sirvió a sus atormentadores, que buscaron diversión en otra parte. Ahora miró a su alrededor, mas no pudo reco¬nocer el lugar. Estaba en la ciudad de Londres: eso era todo lo que sabía. Se puso en marcha, a la ventura, y al poco rato las casas se estrecharon y los transeúntes fueron menos frecuentes. Bañó sus pies en¬sangrentados en el arroyo que co¬rría entonces adonde hoy está la calle Farrington; descansó breves momentos, continuó su camino y pronto llegó a un gran espacio abier¬to con sólo unas cuantas casas dis¬persas y una iglesia maravillosa. Re¬conoció esta iglesia. Había andamios por doquier, y enjambres de obreros, porque estaba siendo sometida a elaboradas reparaciones. El príncipe se animó de inmediato, sintió que sus problemas tocaban a su fin. Se dijo: “Es la antigua iglesia de los frailes franciscanos, que el rey mi padre quitó a los frailes y ha donado como asilo perpetuo de niños po¬bres y desamparados, rebautizada con el nombre de Iglesia de Cristo. De buen grado servirán al hijo de aquel que tan generoso ha sido para ellos, tanto más cuanto que ese hijo es tan pobre y tan abandonado como cualquiera que se ampare aquí hoy y siempre.
Pronto estuvo en medio de una multitud de niños que corrían, sal¬taban, jugaban a la pelota y a saltar cabrillas o que se divertían de otro modo, y muy ruidosamente. Todos vestían igual y a la moda que en aquellos tiempos prevalecía entre los criados y los aprendices1, es decir, que cada uno llevaba en la coroni¬lla una gorra negra plana, como del tamaño de un plato, que no servía para protegerse, por sus escasas di¬mensiones, ni tampoco de adorno. Por debajo de ella raía el pelo, sin raya, hasta el medio de la frente y bien recortado a lo redondo; un alzacuello de clérigo; una toga azul ceñida que caía hasta las rodillas o más abajo; mangas largas; ancho cinturón rojo; medias de color ama¬rillo subido con la liga arriba de las rodillas; zapatos bajos con gran¬des hebillas de metal. Era un traje asaz feo.

1. LA INDUMENTARIA DE LOS ASILADOS EN EL HOSPITAL DE CRISTO Se trataba en realidad de un traje copiado del que usaban las habitantes del Londres de aquella época, cuando un largo gabán azul era la vestimenta corriente de los aprendices y de dos criados, y se usaban por lo general medias amár llas. El gabán se ajustaba al cuerpo, pero tenía mangáis holgadas, y bajo todo ello se llevaba un chaleco sin mangas, de color amarillo; y la cintura se delineaba con un cinturón de cuero rojo. El chaleco se cerraba con un alzacuello, y la indu¬mentaria se completaba con una gorra plana, del tamaño de un plato de postre. Timbs, Curiosidades de Londres.

Los niños dejaron sus juegos y se agruparon en torno al príncipe, que dijo con ingénita dignidad:
––Buenos niños, decid a vuestro señor que Eduardo, el Príncipe de Gales, desea hablar con él.
Ante esto, se alzó una enorme gritería, y un chico grosero dijo:
–––Por ventura eres tú mensaje¬ro de Su Gracia, mendigo?
El rostro del príncipe se sonrojó de ira y su ágil mano se dirigió veloz a la cadera, pero no había nada allí. Se desató una tempestad de risas y un muchacho dijo:

––¿Advertisteis? Se figuró que te¬nía una espada. ––Quizá sea el mis¬mo príncipe.
Esta salida trajo más risas    El pobre Eduardo se irguió altivamente y dijo:
––Soy el príncipe y mal os sienta a vosotros, que vivís de la bondad de mi padre, tratarme así.
Esto lo disfrutaron mucho, según lo testificaron las risas. El joven que había hablado el primero gritó a sus compañeros:
––Basta, cerdos, esclavos, pensio¬nistas del regio padre de Su Gracia!, ¿dónde están vuestros modales? ¡De rodillas, todos vosotros, y haced re¬verencia a su regio porte y a sus reales andrajos!
Con ruidosa alegría cayeron de rodillas como uno solo e hicieron a su presa burlón homenaje. El prín¬cipe pateó al muchacho mas próxi¬mo y dijo fieramente:
Toma eso, mientras llega la mañana y te levanto una horca.
¡Ah, pero esto no era ya una broma, esto iba pasando de diver¬sión! Cesaron al instante las risas, y tomó su lugar la furia. Una do¬cena gritó: “¡Cogedle! ¡Al abreva¬dero de los caballos! ¡Al abrevadero de los caballos! ¿Dónde están los perros? ¡Eh, León! ¡Eh, Colmillos!”
Siguió luego algo que Inglaterra no había visto jamas: la sagrada persona del heredero del trono abo¬feteada por manos plebeyas y ata¬cada y mordida por perros.
Ese día cuando cerró la noche, el príncipe se encontró metido en la parte más edificada de la ciudad. Su cuerpo estaba golpeado, sus ma¬nos sangraban y sus andrajos esta¬ban sucios de lodo. Vagó más y más, cada vez más aturdido, y tan cansado y débil que apenas podía levantar los pies. Había cesado de hacer cualquier pregunta, puesto que sólo le ganaban insultos en lugar de información. Continuaba diciendo entre dientes: “Offal Court, ése es el nombre. Si tan sólo pudiera en¬contrarlo antes de que mi fuerza se agote por completo y me derrum¬be, estaré salvado, porque su gente me llevará al palacio y probara que no soy de los suyos, sino el verda¬dero príncipe; y tendré de nuevo lo que es mío.” Y de cuando en cuando su mente recordaba el trato que le habían dado los groseros mu¬chachos del Hospital de Cristo, y decía: “Cuando sea rey, no sólo ten¬drán pan y albergue, sino enseñanza con libros, porque la barriga llena vale poco cuando mueren de ham¬bre la mente y el corazón. Guar¬daré esto muy bien en mi memoria: que la lección de este día no se pierda y por ello sufra mi pueblo; porque el aprender suaviza el cora¬zón y presta gentileza y caridad.”2

2. Según parece, el Hospital de Cristo no fue fundado originalmente como es¬cuela; su finalidad era la de rescatar a los niños de das calles, darles techo, alimentación, vestido, etc. Timbs, Curiosidades de Londres.

Comenzaron a parpadear las lu¬ces, empezó a llover, se alzó el vien¬to y cerró la noche cruda y tem¬pestuosa. El príncipe sin hogar, el desamparado heredero del trono de Inglaterra, siguió adelante, hundién¬dose en lo profundo de un laberinto de callejones escuálidos en que se apiñaban las hacinadas colmenas de pobreza y miseria.
De pronto un enorme rufián bo¬rracho lo agarró del cuello y le dijo:
––¡Otra vez en la calle a estas horas de la noche y no traes ni una blanca a casa, lo aseguro! ¡Si así es, y no te rompo todos los huesos de tu flaco cuerpo, entonces no soy Juan Canty, sino algún otro!
El príncipe se retorció para li¬brarse, sacudió el hombro incons¬cientemente y dijo de inmediato:
––¡Ah! ¿Eres su padre? ¿De ve¬ras? Quiera el cielo que sea así, pues entonces irás por él y me devol¬verás.
––¿Su padre? No sé qué quieres decir. Lo que sí sé es que soy tu pa¬dre, como no tardarás en verlo.
––¡Oh! ¡No te burles, no te mo¬fes, no te demores! Estoy herido, no puedo resistir más. Llévame al rey mi padre y él te hará rico como no has podido soñar jamás. Créeme, créeme: no digo mentira, sino la verdad pura. Retira tu mano y sál¬vame. Soy realmente el Príncipe de Gales.
El hombre lo miró, estupefacto, luego meneó la cabeza y refunfuñó:
––¡Está loco de remate como cualquier fulano del manicomio! ––Lo agarró de nuevo por el cue¬llo, y dijo con una grosera carcaja¬da y un juramento––: Pero loco o no loco, yo y tu abuela Canty en¬contraremos muy pronto dónde está lo más blando de tus huesos, o no soy hombre verdadero.
Con esto arrastró al enfurecido y forcejeante príncipe, que no dejaba de resistirse, y desapareció por una callejuela, seguido por un turbulen¬to y regocijado enjambre de saban¬dijas humanas.

CAPÍTULO V

TOM COMO UN PATRICIO

Tom Canty, solo en el gabinete del príncipe, hizo buen uso de la ocasión. Volviáse de este y del otro lado ante el gran espejo, admirando sus galas;. luego dio unos pasos imi¬tando el porte altivo del príncipe y sin dejar de observar los resultados en el espejo. Sacó después la her¬mosa espada y se inclinó, besando la hoja y cruzándola sobre el pe¬cho, como había visto hacer a un caballero noble, por vía de saludo al lugarteniente de la Torre, cinco o seis semanas atrás, al poner en sus manos a los grandes lores de Norfolk y de Surrey, en calidad de prisioneros. Jugó Tom con la daga engastada en joyas que pendía de su cadera; examinó el valioso y bello decorado del aposento; probó cada una de las suntuosas sillas, y pensó cuán orgulloso se sentiría si el rebaño de Offal Court pudiera asomarse y verlo en esta grandeza. Preguntóse si creerían el maravillo¬so suceso que les contaría al volver a casa, o si menearían la cabeza diciendo que su desmedida imagi¬nación había por fin trastornado su razón.
Al cabo de media hora se le ocu¬rrió de pronto que el príncipe lle¬vaba mucho tiempo ausente, y al instante comenzó a sentirse solo. Pronto se dio a escuchar anheloso y cesó de entretenerse con las pre¬ciosas cosas que lo rodeaban. Se in¬comodó, luego se sintió desazonado e inquieto. Si apareciera alguien y lo sorprendiera con las ropas del príncipe, sin que éste se hallara pre¬senté para dar explicaciones, ¿no lo ahorcarían primero, para averi¬guar después lo ocurrido? Había oído decir que los grandes eran muy estrictos con las cosas peque¬ñas. Sus temores fueron creciendo más y más; al fin abrió temblando la puerta de la antecámara, resuelto a huir en busca del príncipe, y, con él, de protección y libertad. Seis magníficos caballeros de servicio y dos jóvenes pajes de elevada con¬dición, vestidos como mariposas, se pusieron en pie al punto y le hicie¬ran grandes reverencias. El niño re¬trocedió velozmente y cerró la puer¬ta diciéndose:
––¡Oh! Se burlan de mí. Ahora irán a contarlo. ¿Por qué habré ve¬nido aquí a que me quiten la vida?
Empezó a pasear de un lado a otro, lleno de temores innumbra¬bles, escuchando y sobresaltándose con el más leve ruido. De pronto se abrió la puerta y un paje vestido de seda anunció:
––Lady Juana Grey.
Cerróse la puerta y una encan¬tadora joven ricamente vestida se llegó a él corriendo, pero se detuvo de súbita y dijo con aflicción:
––¿Qué te aqueja, mi señor?
A Tom casi le faltó el aliento, pero lo recuperó para tartamudear:
––¡Ah! Ten piedad de mí. No soy tu señor, sino el pobre Tom Canty, de Offal Court. Ruegote que me dejes ver al príncipe, que él de bue¬na gana me devolverá mis andrajos y me dejará salir sin daño. ¡Oh! Ten piedad de mí y sálvame.
Al decir esto estaba el niño de rodillas, suplicando tanto con los ojos y las manos levantadas como con sus palabras. La doncella pare¬cía horrorizada, y exclamó:
––¡Oh, mi señor! ¿De rodillas? ¿Y ante mí?
Dicho esto, huyó temerosa, y Tom, rendido por la desesperación, se dejó caer al suelo balbuceando:
––¡No hay auxilio, no hay espe¬ranza! ¡Ahora vendrán y me pren¬derán!
Mientras permanecía allí, parali¬zado de terror, por el palacio circu¬laban espantosas noticias. El susurro ––porque era siempre susurro–– voló de lacayo en lacayo, de caballera en dama, por los extensos corredo¬res, de piso en piso, de salón en salón: “¡El príncipe se ha vuelto loco! ¡El príncipe se ha vuelto loco!” Muy pronto cada sala, cada vestí¬bulo de mármol vio grupos de en¬galanados caballeros y damas, y otros grupos de gente de menor alcurnia, pero también deslumbrante, ––char¬lando a media voz, y todos con muestras de pesar. Pronto apareció por entre ellos un pomposo oficial, haciendo esta solemne proclama¬ción:
––¡En nombre del rey! “Nadie preste oídos a esa falsa y necia ca¬lumnia, so pena de muerte, ni ha¬ble de la misma ni la divulgue! ¡En nombre del rey!”.
Los cuchicheos cesaron tan al pun¬to como si los murmuradores hu¬bieran enmudecido.
No tardó en correr un murmullo general por los pasillos: “¡El prín¬cipe! ¡Mirad, viene el príncipe!”
El pobre Tom avanzó lentamente entre los grupos de personajes que lo saludaban, tratando de contestar¬les y mirando humildemente el ex¬traño cuadro con asombrados y patéticos ojos. Lo flanqueaban dos nobles que lo hacían apoyarse en ellos y así afirmaban sus pasos. En pos del niño venían los médicos de la corte y algunos criados.
Pronto se encontró en una sun¬tuosa estancia del palacio, cuya puerta se cerró tras él. Rodeábanle los que lo acompañaban. Ante él, a poca distancia, se hallaba recostado un hombre muy alto y, muy grueso, de cara ancha y abotagada y de se¬vera expresión. Tenía la gran cabe¬za muy canosa, y las barbas, que como un marco le cercaban el ros¬tro, eran grises también. Sus ropas eran de ricos géneros, pero ya dete¬rioradas y un tanto raídas a trechos. Una de sus hinchadas piernas repo¬saba sobre un almohadón y estaba envuelta en vendas. Reinó el silen¬cio, y no hubo cabeza que no se inclinara reverente, excepto la de aquel hombre. Este inválido de ros¬tro tranquilo era el terrible Enri¬que VIII, que dijo, suavizando la expresión al comenzar a hablar:
––¿Cómo va, milord Eduardo, príncipe mío? ¿Te has propuesto en¬gañarme a mí, el buen rey tu padre que tanto te quiere y tan bien te trata, con una triste broma?
El pobre Tom escuchó el princi¬pio de esas palabras lo mejor que le permitió su mente turbada, pero cuando percibieron sus oídos las pa¬labras “el buen rey”, su semblante palideció y sus rodillas dieron en el suelo, como si le hubieran hecho hincarse a viva fuerza. Alzando las manos exclamó:
––¿Eres tú el rey? ¡Entonces es¬toy perdido!
Estas palabras parecieron aturdir al monarca, cuyos ojos vagaron de rostro en rostro sin objeto alguno, y se quedaron clavados en el niño que tenía delante. Por fin dijo con tono de profundo desencanto:
––¡Ay! Creía yo el rumor des¬proporcionado a la verdad, pero me temo que no es así. ––Y exhalando un profundo suspiro prosiguió con dulce, voz––: Ven a tu padre, niño. No te encuentras bien.
Con ayuda ajena se puso. Tom en pie y se acercó humilde y temblo¬roso a la Majestad de Inglaterra. El rey, cogió entre sus manos el rostro asustado y lo contempló un rato, con ahínco y amorosamente, como buscando en él algún agradable signo de que le volvía la razón; después estrechó la rizada cabeza contra su pecho y la acarició tierna¬mente. Por fin dijo:
––¿Conoces a tu padre, niño? No rompas mi viejo corazón. Di que me conoces. ¿Me conoces o no?
––Sí. Tú eres mi venerable señor el rey, que Dios guarde.
––Cierto, cierto. Eso está bien. Tranquilízate, no tiembles así. Na¬die aquí te haría daño. Aquí no hay nadie que no te ame. Ahora estás mejor. Ha pasado la pesadilla, ¿no es así? Y ahora sabes también quién eres tú. ¿no es así? ¿No volverás a llamarte de otro modo, como dicen que has hecho poco ha?
––Ruego a Tu Gracia que me crea. No he dicho sino la verdad, muy venerable señor, porque soy el más humilde de tus súbditos, pues nací mendigo y estoy aquí por una triste desgracia y por accidente, aun¬que en ello no llevo culpa. ¡Soy muy joven para morir y tú puedes sal¬varme con una palabrita! ¡Oh!, ¡dila, señor!
––¿Morir? No hables así, dulce príncipe. ¡Paz, paz a tu apenado co¬razón! Tú no morirás.
Tom volvió a caer de rodillas con un grito de alegría.
––Premie Dios tu bondad, ¡oh, rey mío!, y te guarde mucho tiempo para bien de tu reino.
Poniéndose en pie de un salto volvió el jubiloso rostro a los dos lores que lo acompañaban y excla¬mó:
––¿Lo habéis oído? No voy a morir. El rey lo ha dicho.
Nadie se movió, salvo que todos se inclinaron con grave respeto; pero nadie habló. Él vaciló, un tanto confuso; se volvió tímidamente al rey diciéndole:
––¿Puedo irme ya?
––¿Irte? Seguramente, si lo deseas. Pero ¿por qué no te quedas aún un poco? ¿Dónde vas a ir?
Tom bajó los párpados y respon¬dió humildemente:
––Por ventura he comprendido mal; pero me he creído libre y así me disponía a buscar el tugurio donde nací y me eduqué entre mi¬serias, pero que cobija a mi madre y a mis hermanas, y por ello es hogar para mí, al paso que esta pompa y estos esplendores a que no estoy acostumbrado... ¡Oh, señor, ten la merced de dejarme partir!
El rey permaneció silencioso y meditabundo un momento, y su ros¬tro denotó dolor y desasosiego cre¬cientes., Por fin dijo con algo de esperanza en su voz:
––Tal vez esté loco sólo en cuan¬to a ese punto y tiene intactos los sesos en lo tocante a otros asuntos. ¡Quiera Dios que así sea! Haremos la prueba.
Hizo después una pregunta a Tom en latín y Tom le respondió desma¬yadamente en la misma lengua. El rey estaba encantado, y lo demos¬tró. Los lores y los médicos mostra¬ron también su contento. El rey dijo:
––No fue según su instrucción y su talento, pero demuestra que su mente está sólo enferma, no herida fatalmente. ¿Qué te parece a ti, se¬ñor?
El médico aludido hizo una gran reverencia y replicó:
––Mi propia convicción, rey y se¬ñor mío, es que has adivinado la verdad.
Estas palabras parecieron agradar al monarca, por proceder de tan notoria autoridad, y lo llevaron a proseguir muy animado:
––Fijaos bien ahora. Voy a exa¬minarle más.
Le hizo a Tom una pregunta en francés. Tom estuvo callado un mo¬mento, turbado al ver tantas mira¬das fijas en él, y al fin dijo tími¬damente:
No tengo conocimiento de esa lengua, Su Majestad.
El rey cayo de espaldas en el diván. Los criados corrieron a aten¬derlo, pero los apartó y dijo:
––Dejadme. Esto no es más que una debilidad sin importancia. ¡Le¬vantadme! Así; es suficiente. Ven aquí, niño. Apoya tu pobre cabeza pertubada sobre el corazón de tu padre, y sosiégate. Pronto estarás bien. Esta no es más que un des¬varío pasajero. No temas, que pronto estarás bien.
Volvióse luego a los circunstan¬tes, cambió su gentil actitud y en sus ojos empezaron a brillar relám¬pagos de mal agüero. Dijo:
––¡Escuchad todos! Este hijo mío está loco, pero no es incurable. El excesivo estudio lo ha cansado, y tal vez el excesivo encierro. ¡Adiós a los libros y a los maestros!, cui¬dad todos de ello. Divertidle con juegos, recreadle sanamente, para que recupere la salud. ––Irguióse más aún, y prosiguió enérgicamen¬te––: Está loco, pero es mi hijo y el heredero de Inglaterra, y, ¡loco o cuerdo, reinará! Y escuchad más aún y proclamadlo: el que hable de esta su destemplanza, atenta contra la paz y el orden de estos reinos y será condenado a galeras. Dadme de beber, que me abraso. Este pesar socava mis fuerzas... Basta; lle¬vaos la copa. Sostenedme. Así; está bien. ¿Loco, decís? Aunque fuera mil veces loco, es aún el Príncipe de Gales, y yo el rey lo confirmaré. Esta misma mañana será instalado en su dignidad de príncipe en forma cumplida. Dad al instante las órde¬nes oportunas, milord Hertford.
Uno de los nobles se arrodilló ante el regio diván y dijo:
––El rey su Majestad sabe que el gran mariscal hereditario de Ingla¬terra se encuentra prisionero en la Torre. No sería bueno que un pri¬sionero...
––¡Basta! No ofendas mis oídos con ese nombre odiado. ¿Ha de vi¬vir siempre ese hombre? ¿Se han de poner trabas a mi voluntad? ¿Ha de verse el príncipe privado de su dignidad de tal porque, ¡vive Dios!, no hay en el reino un conde maris¬cal limpio de infame traición para investirlo de sus honores? ¡No, por la gloria de Dios! Ordenad a mi Parlamento que antes de que salga de nuevo el sol me traiga la cabe¬za de Norfolk, pues de lo contrario me responderán de ello lastimosa¬mente.3

3. LA CONDENA DEL DUQUE DE NORFOLK
El rey iba acercándose ya a su fin; y con temor de que Norfolk escapase de sus manos, envió una notificación a la Cámara de los Comunes, en la cual les manifestaba su deseo de que se apresurase el decreto, alegando que Norfolk gozaba de la dignidad de conde-mariscal, y se hacía necesario nombrar a otro que pudiese desempeñar tal cargo en la ceremonia de la proclamación de su hijo como Príncipe de Gales. Hume, vol. III, p. 307

––La voluntad del rey es ley ––dijo lord Heaford, y, levantándose vol¬vió a su puesto.
Poco a poco se borró la cólera del rostro del viejo monarca, que dijo:
––Dame un beso, mi príncipe. Vamos, ¿qué temes? ¿No soy tu amante padre?
––Eres bueno para mí, que soy indigno de ello, ¡oh grande y pode¬ròso señor! En verdad lo sé. Pero..., pero... me duele pensar en el que va a morir y...
––¡Ah! Eso es digno de ti, es dig¬no de ti. Veo que tu corazón sigue siendo el mismo, aunque tu mente haya sufrido daño, porque fuiste siempre de bondadosos sentimientos. Pero ese duque se alza entre tus honores y tú; pondré en su lugar a otro que no cubra de infamia su elevado cargo. Consuélate, príncipe mío; no turbes tu pobre cabeza con este asunto.
––¿Pero no soy yo el que preci¬pita su muerte, señor? ¡Cuanto tiem¬po no podría vivir si no fuera por mí!
––No pienses en él, príncipe, que no lo merece. Dame otro beso y ve a tus juegos y tus diversiones, por¬que mi dolencia me acongoja. Estoy fatigado y deseo reposar. Ve con tu tío Hertford y tu séquito, y vuelve otra vez cuando mi cuerpo haya descansado.
Tom, con el corazón pesaroso, fue retirado; la última frase fue un golpe de muerte para la esperanza que había acariciado de verse libre. Una vez más oyó el zumbido de las voces que exclamaban: “¡El príncipe! ¡El príncipe viene!”
Más y más decayó su valor a medida que avanzaba entre las re¬lucientes hileras de reverentes corte¬sanos; porque se dio cuenta de que era en realidad un cautivo, y de que podía permanecer para siempre encerrado en esta dorada jaula, prín¬cipe abandonado y sin amigos, salvo que Dios en su misericordia se apia¬dara de él y lo dejara libre.
Y dondequiera que se volviese le parecía ver flotando en el aire la cer¬cenada cabeza y él conocido rostro del gran duque de Norfolk, cuyos ojos se clavaban en él llenos de re¬proches.
Sus viejos sueños habían sido tan agradables, ¡y era tan temible esta realidad!

CAPÍULO VI

TOM RECIBE INSTRUCCIONES

Tom fue conducido al principal aposento de un suntuoso apartamien¬to y lo hicieron sentar, cosa que repugnaba hacer, pues se veía ro¬deado de caballeros ancianos y de hombres de elevada condición. Ro¬góles que se sentaran también, pero sólo se inclinaron agradeciéndolo o murmuraron las gracias, y permanecieron en pie. Tom habría insis¬tido, pero su “tío” el conde de Hertford susurró a su oído:
––Te lo ruego, no insistas, mi señor. No es correcto que se sienten en tu presencia.
Anunciaron a lord St, John, quien, después de hacer pleitesía a Tom, dijo:
––Vengo por mandato del rey para un asunto que exige secreto. ¿Quiere Su Alteza Real dignarse despedir a los presentes, excepto a milord el conde de Herdord?
Observando que Tom no parecía saber cómo proceder, Hertford le susurró que hiciera una seña con la mano y no se molestara en ha¬blar a menos que así lo deseara. Cuando se retiraron los caballeros de servicio, dijo lord St. John:
––Ordena Su Majestad que, por graves y poderosas razones de Es¬tado, Su Gracia el príncipe oculte su enfermedad por todos los medios que estén a su alcance, hasta que pase y Su Gracia vuelva a estar como estaba antes; es decir, que no deberá negar a nadie que es el verdadero príncipe y heredero de la grandeza de Inglaterra, que deberá conservar su dignidad de príncipe y recibir, sin palabra ni signo de protesta, la reverencia y observancia que se le deben por acertada y añeja costum¬bre; que deberá dejar de de hablarle a ninguno de ese nacimiento y vida de baja condición que su enferme¬dad ha creado pn las malsanas ima¬ginaciones de una fantasía obsesio¬nada; que habrá de procurar con diligencia traer de nuevo a su me¬moria los rostro que solía conocer, y cuando no lo consiga deberá guar¬dar silencio, sin revelar con gestos de sorpresa, u otras señales, que los ha olvidado; que en las ceremonias de Estado, cuando quiera que se sienta perplejo en cuanto a lo que debe hacer y las palabras que debe decir, no habrá de mostrar la menor inquietud a los espectadores curio¬sos, sino pedir consejo en tal mate¬ria a lord Hertford, o a su humilde servidor, que tenemos mandato del rey de ponernos a su servicio aten¬tos a su llamado, hasta que ésta orden se anule. Esto dice Su Majes¬tad el rey, que: envía sus saludos a Su Alteza Real y ruega que Dios quiera en su misericordia sanar a Vuestra Alteza prontamente y con¬servarle ahora y siempre en su ben¬dita protección.
Lord St. John hizo una reveren¬cia y se apartó a un lado. Tom re¬plicó con resignación:
––El rey lo ha dicho. Nadie pue¬de desobeder el mandato del rey ni acomodarlo a su gusto, cuando le enoje, con arteras evasivas. El rey será obedecido.
Lord Hertford dijo:
––Tocante a la orden de Su Ma¬jestad el rey en lo que concierne a los libros y otras cosas serias, por ventura agradaría a Vuestra Alteza ocupar vuestro tiempo en plácidos entretenimientos, para no llegar fa¬tigado al banquete y resentirse de ello.
La cara de Tom mostró sorpresa inquisitiva, y se sonrojó al ver que los ojos dé lord St. John se clava¬ban pesarosos en él. Su Señoría dijo:
––Te flaquea aún la memoria y has demostrado sorpresa; pero no te apures, porque esto no persistirá, sino que desaparecerá conforme tu dolencia mejore. Milord de Hert¬ford te habla de la fiesta de la ciu¬dad, a la cual Su Majestad el rey prometió hace unos dos meses que asistiría Tu Alteza. ¿Lo recuerdas ahora?
––Me duele confesar que se me fue de la memoria ––contestó Tom con voz vacilante, y sonrojóse de nuevo.
En este punto anunciaron a lady Isabel y a lady Juana Grey. Am¬bos lores se cruzaron significativas miradas, y Hertford se dirigió veloz¬mente hacia la puerta. Cuando las doncellas pasaron por delante de él dijo en voz baja:
––Os ruego, señoras, que no déis muestras de observar sus rarezas ni mostréis sorpresa cuando le falte la memoria; os dolerá notar cómo se turba con cualquier fruslería.
Entretanto lord St. John estaba diciendo al oído de Tom:
—Suplícote, señor, que conserves constantemente en la memoria el deseo de Su Majestad. Recuerda cuanto puedas y finge recordar todo lo demás. Qué no se percaten de cómo has cambiado tu modo nor¬mal anterior, pues sabes cuán tierna¬mente te tienen en su corazón tus antiguas compañeras de juegos y cuánto pesar habrías de causarles. ¿Quieres, señor, que me quede yo, y tu tío también?
Expresó Tom su asentimiento con un ademán y murmurando una pa¬labra, porque iba aprendiendo ya, y su ingenuo, corazón estaba resuelto a salir lo más airoso que pudiera, conforme al mandato del rey.
A pesar de las muchas precaucio¬nes, la conversación entre los jóvenes fue a veces un tanto embarazosa. Más de una vez, en verdad, Tom se vio a punto de rendirse, y de con¬fesarse incapaz de representar el te¬rrible papel; pero el tacto de la princesa Isabel lo salvó, o una pala¬bra de uno u otro de los vigilantes lores, soltada al parecer por casua¬lidad, tuvo el mismo feliz efecto. Una vez la pequeña lady Juana se volvió hacia Tom y lo dejó sin alien¬to con esta pregunta:
––¿Has presentado hoy tus respe¬tos a Su Majestad la reina, mi se¬ñor?
Vaciló Tom, se veía desazonado, e iba a balbucir algo al azar, cuan¬do lord St. John tomó la palabra y respondió por él, con el suelto des¬embarazó de un cortesano acostum¬brado a afrontar situaciones delica¬das y a estar al punto para ellas:
––Sí, por cierto, señora, y Su Majestad la reina le ha animado mucho en lo tocante al estado de Su Majes¬tad, ¿no es así, mi señor?
Balbució Tom unas palabras que se interpretaron como asentimiento, pero sintió que estaba entrando en terreno peligroso. Poco después se mencionó que Tom no iba a estu¬diar más por entonces, a lo cual exclamó la pequeña Lady:
––¡Es lástima, es lástima! Hacías magníficos progresos. Pero súfrelo con paciencia, porque esto no dura¬rá mucho. Pronto gozarás de la misma instrucción que tu padre, y tu lengua dominará tantas lenguas como la suya, mi buen príncipe.
––¡Mi padre! ––exclamó Tom, fuera de guardia en ese momento––. A fe mía que no es capaz de hablar la suya para que le entiendan sino los cerdos que se revuelcan en las pocilgas; y en cuanto a instrucción de otro género...
1 Alzó la vista y vio una solemne advertencia en los ojos de milord, St. John. Esto le hizo detenerse, son¬rojarse y continuar, apagado y tris¬te:
––¡Ah! Me persigue de nuevo la enfermedad y mi mente desvaría. No he querido mostrar irreverencia para con Su Majestad el rey.
––Lo sabemos, señor ––dijo la princesa Isabel, tomando entre am¬bas manos la de su “hormano”, res¬petuosamente, pero acariciadoramen¬te––. No te preocupes por eso. La falta no es tuya, sino de tu destem¬planza.
––Gentil consoladora eres, dulce señora ––dijo Tom agradecido––, y mi corazón me mueve a darte gra¬cias por ello, si me lo permites¬
Una vez la atolondrada lady Jua¬na le disparó a Tom una sencilla frase en griego. La perspicacia de lady Isabel vio, en la serena impa¬sibilidad de la frente de Tom, que la flecha no había dado en el blan¬co, por lo cual soltó tranquilamente una retahíla de excelente griego re¬lativa a Tom y en seguida desvió la conversación a otros asuntos.
En conjunto transcurrió el tiempo agradablemente, y casi suavemente. Los escollos y arrecifes fueron cada vez menos frecuentes, y Tom se sin¬tió más y más a sus anchas al ver, que todos estaban amorosamente in¬clinados a ayudarlo y a pasar por alto sus equivocaciones. Cuando sa¬lió a la conversación que las damitas habrían de acompañarle por la no¬che al banquete del alcalde mayor, el corazón le dio un salto de con¬suelo y de alegría, porque sintió que ya no se hallaría sin amigos entre aquella muchedumbre de extraños, mientras que, una hora antes, la idea de que ellas fueran con él le habría causado un terror insoporta¬ble.
Los ángeles guardianes de Tom, los dos lores, habían estado menos cómodos en la entrevista que las otras partes. Parecíales enteramente que conducían un enorme navío por un canal peligroso; estaban alerta constantemente y encontraron que su cargo no era luego de niños. Por tanto, cuando al fin la visita de las damas tocaba a su término y anun¬ciaron a lord Guilford Dudley, no sólo pensaron que su carga había sido suficientemente gravosa, sino también que ellos mismos no se ha¬llaban en el mejor estado para hacer retroceder al navío y emprender de nuevo un viaje lleno de ansiedad. Así, pues, respetuosamente aconse¬jaron a Tom que se excusara, lo cual hizo de buena gana, aunque habría podido observarse una leve sombra de desencanto en el semblan¬te de milady Juana cuando oyó que se negaba la entrada al espléndido mozalbete.
Hubo una pausa, una especie de silencio de espera, que Tom no pudo comprender: Miró a lord Hertford, y éste le hizo un signo, pero el niño no lo entendió tampoco. Isabel acu¬dió prontamente en su socorro, con su habitual soltura. Hizo una reve¬rencia y dijo:
––¿Tenemos licencia de Su Gracia el príncipe, mi hermano, para reti¬rarnos?
––Vuestras Señorías ––contestó Tom––, pueden obtener de mí lo que gusten sin más que pedirlo; pero preferiría daros cualquier otra cosa que estuviera en mi poder antes que licencia para privarme de la luz y la bendición de vuestra presencia. Dios os guíe y sea con vosotras.
Al decir esto sonrió por dentro, pensando: ––No en vano he vivido sólo entre príncipes en mis lecturas y he adiestrado mi lengua en sus pulidas y graciosas palabras.
Cuando salieron las ilustres don¬cellas, Tom se volvió fatigado a sus guardianes y dijo:
––¿Tendréis vuestras, señorías la bondad de darme licencia para reti¬rarme a un rincón a descansar?
Lord Hertford dijo:
––A Vuestra Alteza le toca man¬darnos y a nosotros obedecer. Necesario es en verdad que tomes algún reposo, ya que pronto debes em¬prender el viaje a la ciudad.
Tocó una, campanilla y se presen¬tó un paje, a quien se dio orden de solicitar la presencia de sir William Herbert. Este caballero se presentó al instante y condujo a Tom a un aposento interior, donde el primer movimiento del rimo fue alcanzar una copa de agua; pero la tomó un servidor vestido de seda y tercio¬pelo, que hincando una rodilla se la ofreció en una bandeja de oro.
Sentóse después el fatigado cau¬tivo y se dispuso a quitarse las zapa¬tillas, después de pedir tímidamente permiso con la mirada; mas otro oficioso criada, también ataviado de seda y terciopelo, se arrodilló y le ahorró el trabajo. Dos o tres esfuer¬zos más hizo el niño por servirse a si mismo; mas, como siempre se le anticiparon vivamente, acabó por ceder con un suspiro de resignación y diciendo entre dientes: “Maravilla¬me que no se empeñen también en respirar por mi” En chinelas y en¬vuelto en suntuosa bata se tendió por fin a reposar, pero no a dormir, porque su cabeza estaba demasiado llena de pensamientos y la estancia demasiado llena de gente. No podía desechar los primeros, así que per¬manecieron; no sabía tampoco lo bastante para despedir a los segun¬dos, así que también se quedaron, con gran pesar del príncipe y de ellos.
La partida de Tom había dejado solos a sus dos nobles guardianes. Permanecieron un rato meditabun¬dos, y meneando mucho la cabeza y paseando por la estancia. Entonces dijo lord St. John:
––Francamente, ¿qué piensas? Francamente, pues, esto la vida del rey toca a su fin; mi sobrino está loco, loco ascenderá al trono, y loco seguirá. Dios proteja. a Ingla¬terra, que lo habrá menester.
––Así lo parece, ciertamente, pe¬ro ..., ¿no tienes barruntos de si... si...?
Titubeó el personaje y acabó por detenerse. Sin duda sintió que esta¬ba en terreno delicado. Lord Hert¬ford se, paró ante él, miróle a la cara con serenos y francos ojos y dijo:
––Prosigue. Nadie sino yo te oye. ¿Barruntos respecto a qué?
––Me repugna poner en palabras lo que está en mi mente, siendo tú como eres tan cercano a él en la sangre, milord. Mas, solicitando tu perdón si te ofendo, ¿no te parece raro que la locura pueda cambiar tanto su porte y sus modales? Su porte y sus palabras son aún los de un principe, pero difieren en cosas insignificantes de las que acostum¬braba el príncipe anteriormente. ¿No te parece extraño que la locura haya borrado de su memoria las mismas facciones de su padre, las costum¬bres y las observancias que se le deben por los que le rodean, y que, dejándole el latín, le haya quitado el griego y el francés? Milord, no te ofendas, pero libera mi mente de esta inquietud y recibe mi agradecimien¬to. No se me quita de la cabeza su afirmación de que no era el prín¬cipe y...
––Calla, milord, profieres traición. ¿Has, olvidado el mandato del rey? Recuerda que tan sólo escucharte me hago complice de tu delito.
Palideció St. John y se apresuró a añadir:
––He faltado, lo confieso. No me hagas traición. Que tu cortesía me conceda esa merced y no volveré ni a pensarlo ni a hablar más de eso. No te muestres duro conmigo, señor, o estoy perdido.
––Basta, milord. Si no faltas de nuevo, aquí o ante otros, será como si no hubieras hablado. Mas no de¬bes albergar recelos: es el hijo de mi hermana. ¿No me son familiares desde su cuna su voz, su cara, su figura? La locura puede provocar esas cosas tan raras que tú ves en él y más aún. ¿No recuerdas cómo el viejo barón Marley, al volverse loco, olvidó su propia personalidad de se¬senta años para creer que era la de otro? ¿No recuerdas que pretendía ser el hijo de María Magdalena y tener la cabeza hecha de vidrio es¬pañol? A fe mía que no sufría que nadie la tocara, por temor a que una mano atolondrada pudiera romper¬la. Tranquiliza tus barruntos, mi buen señor. Es el mismo príncipe, lo conozco bien, y pronto será el rey. Te convendrá tener esto en mente y pensar en ello más que en lo otro.
Después de un rato más de con¬versación, en la cual lord St. John enmendó su yerro lo mejor fue pudo con repetidas protestas de que su fe era ya arraigada y no podía ser otra vez asaltada por la duda, lord Hert¬ford relevó a su compañero de cus¬todia y solo se sentó a vigilar y aguardar. No tardó en sumirse en la meditación, y, evidentemente, cuanto más pensaba más perplejo se sentía. A poco empezó a dar paseos y a hablar entre dientes:
––¡Oh! Debe ser el príncipe. ¿Ha¬brá alguien en el reino capaz de sostener que puede haber dos per¬sonas, no siendo de la misma sangre y nacimiento, tan extraordinariamen¬te iguales? Y aunque así fuera, mi¬lagro más extraño sería aún que la casualidad pusiera a una de ellas en lugar de la otra. No. Es locura, lo¬cura, locura.
Al cabo de un rato se dijo:
––Porque si fuera un impostor que se diera príncipe, eso sería muy natural; eso sería razonable; pero ¿ha habido jamás impostor alguno que, al ser llamado príncipe por el rey, príncipe por la corte, príncipe por todos, negara su dignidad y su¬plicara contra su exaltación? No. ¡Por el alma de San Jorge, no! Es el verdadero príncipe, que se ha vuel¬to loco.

CAPÍTULO VII

LA PRIMERA COMIDA REGIA DE TOM

Poco después de la una de la tarde, Tom se sometió resignado a la prue¬ba de que le vistieran para comer. Hallóse cubierto de ropas tan finas como antes, pero todo distinto, todo cambiado, desde la golilla hasta las medias. Fue conducido con mucha pompa a un aposento espacioso y adornado, donde estaba ya la mesa puesta para una persona. El servicio era todo de oro macizo, embellecido con dibujos que lo hacían casi de valor incalculable, puesto que eran obra de Benvenuto. La estancia se hallaba medio llena de nobles ser¬vidores. Un capellán bendijo la mesa, y Tom se disponía a empezar, por¬que el hambre en él era orgánica, cuando fue interrumpido por milord el conde de Berkeley, el cual le prendió una servilleta al cuello, por¬que el elevado cargo de mastelero del Príncipe de Gales era heredita¬rio en la familia de aquel noble. Presente estaba el copero de Tom, y se anticipó a todas sus tentativas de servirse vino. También se hallaba presente el catador de Su Alteza el Príncipe de Gales, listo para probar, en cuanto se le pidiera, cualquier platillo sospechoso, corriendo el ries¬go de envenenarse. En aquella época no era ya sino un apéndice deco¬rativo, y rara vez se veía llamado a ejercitar su función; pero tiem¬pos hubo, no muchas generaciones atrás, en que el oficio de catador tenía sus peligros y no era un honor muy deseable. Parece raro que no utilizasen un perro o un villano, pero todas las cosas de la realeza son extrañas. Allí estaba milord D'Arcy, primer paje de cámara, para hacer sabe Dios qué; pero allí estaba y eso basta. El lord primer despen¬sero se hallaba también presente y se mantenía detrás de la silla de Tom, vigilando la ceremonia, a las órdenes del lord gran mayordomo y el lord cocinero jefe, que estaban cerca. Además de éstos contaba Tom con trescientos ochenta y cuatro criadas; pero, por supuesto, no esta¬ban todos ellos en el aposento, ni la cuarta parte, ni Tom tenía noti¬cias de que existieran.
Todos los presentes habían sido bien advertidos a su tiempo de re¬cordar que el príncipe había perdido temporalmente la razón y de tener cuidado de no mostrar sorpresa ante sus desvaríos. Estos “desvaríos” pron¬to se exhibieron ante ellos, pero sólo excitaron su compasión y su pesar, no sus burlas. Era para ellos una gran aflicción ver al amado príncipe en tan lastimoso estado.
El pobre Tom comía casi siempre con los dedos, pero nadie sonrió por esto ni pareció darse cuenta. Inspeccionó su servilleta con curio¬sidad y profundo interés, porque era una pieza de hermoso y delicadísi¬mo género, y dijo ingenuamente:
––Llévatela, te lo ruego, para que no la manche por distracción.
El mantelero hereditario se la lle¬vó con reverente actitud y sin una sola palabra o protesta de ninguna suerte.
Examinó Totn con interés los na¬bos y la lechuga y preguntó qué eran y si eran para comer, porque apenas recientemente se habían em¬pezado a cultivar en Inglaterra, en vez de importarlos de Holanda como lujo.4 Se contesto a su pregunta con grave respeto, y sin manifestar sor¬presa. Cuando hubo terminado el postre, se llenó los bolsillos de nue¬ces, pero nadie pareció reparar en ello, ni perturbarse por ello. Mas al momento fue él quien se perturbó y se mostró confuso, porque era aquél el único servicio que le ha¬bían permitido realizar con sus pro¬pian manos durante la comida, y no dudó de que había hecho algo im¬propio e indigno de un príncipe. En aquel instante empezaron a temblar¬le los músculos de la nariz, y el extremo de este órgano a levantarse y contraerse. Prosiguió esta situa¬ción, y Tom empezó a dar muestras de creciente desazón. Miró suplican¬te, primero a uno y después al otro de los lores que le rodeaban y las lágrimas vinieron a sus ojos. Avan¬zaron con la ansiedad pintada en sus rostros y le rogaron los enterara de su apuro. Tom dijo con verda¬dera angustia:

4. No fue sino a fines de este reinado (Enrique VIII), cuando cualquier tipo de ensalada, ya fuese de zanahorias, nabos u otra variedad de legumbres de ese género, se produjo en Inglaterra. Las pocas legumbres que se usaron antes de aquel periodo eran importadas de Holanda y Flandes. La reina Catalina, cuando deseaba una ensalada con aquellos elementos, se veía obligada a enviar un correo a esos lugares para poder obtenerlas. Hume, Historia de Inglaterra, vol. III, p. 314.

––Solicito vuestra indulgencia, pe¬ro la nariz me pica mucho. ¿Cuál es el uso y la costumbre en este caso? Contestad pronto, os lo ruego, porque, apenas puedo soportarlo po¬co más.
Nadie sonrió; todos se quedaron absolutamente perplejos y se mira¬ron unos a otros con gran aflicción, pidiéndose consejo. ¡Mirad!, esto era un atolladero, y no había nada en la historia inglesa que dijera cómo salir de él. No se hallaba presente el maestro de ceremonias; no había nadie que se sintiera seguro para aventurarse en aquel inexplorado mar ni para arriesgarse a intentar resolver este solemne problema. ¡Cielos! No había rascador hereditario. Entretan¬to, las lagrimas habían desbordado su dique y empezaron a rodar por las mejillas de Tom. La comezón en su nariz pedía alivio con más urgen¬cia que nunca. Finalmente, la natu¬ealeza derribó las barreras de la eti¬queta: Tom elevó en su interior una plegaria de perdón por si obraba mal, y trajo consuelo a los afligidos cora¬zones de sus cortesanos rascándose la nariz por sí mismo.
Terminada su comida, se acercó un lord y le presentó un recipiente de oro, ancho y plano, lleno de fragante agua de rosas, para que se limpiara¬la boca y los dedos; y, a su lado, mi¬lord el mastelero hereditario per¬manecía de pie con una servilleta. Tom contempló el recipiente, per¬plejo por un momento, luego lo llevó a sus labios y bebió un sorbo gravemente. En seguida se la devol¬vió al lord y dijo:
No, no me gusta, milord: su sabor es agradable, pero le falta fuerza.
Esta nueva excentricidad de la perturbada mente del príncipe dejó doloridos los corazones de cuantos le rodeaban, pero el triste espec¬táculo no movió a nadie a risa.
La próxima inconsciente torpeza de Tom fue levantarse y dejar la mesa justo cuando el capellán tomó su lugar detrás de su silla, y, ele¬vadas las manos y cerrados los ojos se disponía a comenzar la acción de gracias. Sin embargo, nadie pareció apercibirse de que el príncipe había hecho algo insólito.
A petición suya, nuestro amiguito fue ahora conducido a su gabinete particular, y lo dejaron solo y libra¬do a su voluntad.
Pendientes de ganchos en el friso de madera estaban las diversas pie¬zas de, una brillante armadura de acero, cubierta toda de bellos dibu¬jos exquisitamente incrustados en oro. Esta marcial panoplia pertene¬cía al verdadero príncipe, regalo reciente de la señora Parr, la reina. Tom se puso las grebes, los guante¬letes, el yelmo empenachado y otras piezas tales que pudiera revestirse sin ayuda, y por un momento pensó pedirla para completar el asunto, pero pensó en las nueces que había traído de la mesa, y en el, placer que sería comérselas sin nadie que le mirase y sin grandes hereditarios que le molestasen con sus servicios indeseables; así que volvió las lin¬das cosas, a sus diversos lugares y pronto estuvo cascando nueces, sin¬tiéndose casi dichosa por primera vez, desde que Dios, en castigo de sus pecados, lo había hecho princi¬pe. Cuando desaparecieron las nue¬ces, dio con unos incitantes libros en un armario, entre ellos uno sobre la etiqueta de la corte inglesa. Aque¬llo era un tesoro. Se tendió en un suntuoso diván y procedió a ins¬truirse con verdadero afán. Dejémos¬lo allí por ahora.

CAPÍTULO VIII

LA CUESTION DEL SELLO

Cerca de las cinco Enrique VIII despertó de una siesta poco refres¬cante y se dijo entre dientes:
––¡Malos sueños, malos sueños! Mi fin está cercana: así lo dicen estos presagios, y mi débil pulso lo confirma. ––Un fulgor perverso ar¬dió en sus ojos, y murmuró––: Sin embargo, no he de morir sino hasta que él vaya por delante.
Sus servidores percibieron que es¬taba despierto, y uno de ellos le pre¬guntó su deseo respecto al lord can¬ciller, que esperaba fuera.
––¡Que entre, que entre! ––excla¬mó el rey con presteza.
El lord canciller entró y se arro¬dilló ante el lecho del rey, dicien¬do¬:
––He dado orden, y, conforme al mandato del rey, los pares del reino, ataviados, se encuentran ahora en el tribunal de la Cámara, donde, habiendo confirmado la sentencia al duque de Norfolk, esperan humil¬demente lo que plegue a Su Ma¬jestad que se haga en este asunto.
El rostro del rey se iluminó de feroz júbilo. Dijo:
––Levantadme. En persona voy a presentarme ante mi Parlamento, y con mi propia mano sellaré el de¬creto que me libra de...
Le falló la voz; una palidez ceni¬cienta borró el color de sus mejillas, y los servidores le recostaron sobre sus almohadas, y apresuradamente lo asistieron con tonificantes. A po¬co, dijo lleno de pesar:
––¡Ah, cuánto he esperado esta dulce hora!, y he que llega demasia¬do tarde, y me veo privado de esta ocasión tan codiciada. ¡pero apre¬suraos, apresuraos!, que otros hagan este feliz oficio, ya que a mí se me niega. Doy mi gran sello en comsión: elige tú los lores que han de componerla, y andad a vuestro tra¬bajo. ¡Apresúrate! Antes que salga el sol y se ponga de nuevo, tráeme su cabeza para que yo la vea.
––Conforme al mandato del rey, así se hará. ¿Querrá Vuestra Ma¬jestad ordenar, que el sello me sea devuelto, de manera que pueda lle¬var adelante el negocio?
––¡El sello!¿Quién guarda el se¬llo sino tú?
––Vuestra Majestad, hace dos días que me lo quitasteis, diciendo que no habría de utilizarse sino hasta que vuestra propia real mano lo usara sobre el decreto del duque de Norfolk.
––Sí, en verdad así lo hice: Lo recuerdo. ¿Qué hice de él?..: Es¬toy muy débil... En estos días la memoria me es traidora tan frecuen¬temente... Es extraño, extraño...
El rey comenzó a mascullar inar¬ticuladamente, meneando de tiempo en tiempo su canosa cabeza débil¬mente, y tratando de recordar lo que había hecho del sello. Por fin, milord Hertford se aventuró a arro¬dillarse y a ofrecer información:
––Señor, si me permitís la osadía, varios de los presentes recuerdan como yo cómo pusisteis el gran se¬llo en manos de Su Alteza el Prín¬cipe de Gales para que lo guardase hasta el día que...
¡Cierto, ciertísimo! ––interrumpió el rey––. Ve por él. ¡Ve el tiem¬po vuela!
Lord Hertford voló hacia Tom, pero volvió ante el rey antes de mu¬cho rato, turbado y con las manos vacías. Se expresó de esta suerte:
––Duéleme, mi señor el rey, ser portador de tan graves y aflictivas nuevas, pero es voluntad de Dios que el príncipe permanezca trastor¬nado, y no recuerda haber recibido el sello. Así he venido al punto a decíroslo, creyendo que sería per¬der un tiempo precioso, y además en vano, que alguno intentara regìstrar la larga serie de cámaras y salones que pertenecen a Su Alteza Real...
Un gruñido del rey interrumpió al lord en este punto. Al cabo de un rato dijo Su Majestad, con acen¬to de profunda tristeza:
––No lo molestéis más, pobre ni¬ño. La mano de Dios se ha posado con fuerza sobre él, y mi corazón se deshace en amorosa compasión, y en pesar de no poder llevar su carga sobre mis propios viejos hom¬bros cargados de dolor, y traerle la paz.
Cerró sus ojos, comenzó a musi¬tar y pronto calló. A poco volvió a abrirlos y miró vagamente en tor¬no, hasta que su mirada descansó en el arrodillado lord canciller. Ins¬tantáneamente su rostro se encen¬dió de ira:
––¿Qué? ¡Tú aquí todavía! Por la gloria de Dios, si no vas en se¬guida a lo de ese traidor, tu mitra holgará mañana por falta de cabeza que adornar.
El tembloroso canciller respondió:
––¡Imploro el perdón de Vuestra Majestad! Sólo esperaba por el se¬llo.
––¿Has perdido el juicio, hom¬bre? El sello pequeño, que antaño solía yo llevar conmigo de viaje, está en mi tesoro. Y, puesto que el gran sello ha desaparecido, ¿no bas¬tará? ¿Has perdido el juicio? ¡Vete! Y escucha: no vuelvas aquí hasta que me traigas su cabeza.
El pobre canciller no tardó en retirarse de esta peligrosa vecindad; ni perdió tiempo la comisión en dar el asenso real a la obra del esclavi¬zado Parlamento, y designado el día siguiente para la decapitación del primer par de Inglaterra, el desafortunado duque de Norfolk.5

5. PENA DE MUERTE PARA NORFOLK
La Cámara de los Pares, sin interrogar al prisionero, sin proceso o evidencia, decreto la pena de muerte en su contra y la pasó a la Cámara de los Comunes.... Estos serviles representantes del pueblo obedecieron las indicaciones de su rey; y éste, habiendo firmado el asentimiento real del documento presentada a la gran comisión, dio órdenes para que Norfolk fuese ejecutada en la mañana del 29 de enero (el día, siguiente).


CAPÍTULO IX

EL ESPECTÁCULO DEL RÍO

A las nueve de la noche toda la extensa ribera frente al palacio ful¬guraba de luces. El río mismo, hasta donde alcanzaba la vista en direc¬ción a la ciudad, estaba tan espesa¬mente cubierto de botes y barcas de recreo, todos orlados con linternas de colores y suavemente agitados por las ondas, que parecía un re¬luciente e ilimitado jardín de flores animadas a suave movimiento por vientos estivales. La gran escalinata de peldaños de piedra que condu¬cía a la orilla, lo bastante espaciosa para dar cabida al ejército de un príncipe alemán, era un cuadro dig¬no de verse, con sus filas de ala¬barderos reales en pulidas arma¬duras y sus tropas de ataviados servidores, revoloteando de arriba abajo, y de acá para allá, con la prisa de los preparativos.
De pronto se dio una orden y de inmediato toda criatura viviente se esfumó de los escalones. Ahora el aire estaba cargado con el silen¬cio del suspenso y la expectación. Hasta donde alcanzaba la vista, po¬día verse a miles de personas en los botes, que se levantaban y se pro¬tegían los ojos del brillo de las lin¬temas y las antorchas, y miraban hacia el palacio.
Una fila de cuarenta o cincuenta barcas reales se dirigió hacia los es¬colones. Estaban ornadas de ricos dorados, y sus altivas proas y popas estaban laboriosamente talladas. Al¬gunas de ellas iban decoradas con banderas y gallardetes, otras, con bro¬cados y tapices de Arrás con es¬cudos de armas bordados; otras con banderas de seda que tenían innu¬merables campanillas de plata pen¬dientes de ellas que lanzaban una lluvia de alegre música cada vez que las agitaba la brisa; otras, de más altas pretensiones, puesto que pertenecían a los nobles de servicio más cercano al príncipe, tenían los costados pintorescamente guardados con escudos suntuosamente blaso¬nados de armas y emblemas. Cada barca real iba remolcada por un patache. Además de los remeros, éstos llevaban unos cuantos hombres de armas de relucientes yelmos y petos, y una compañía de músicos. La vanguardia de la esperada procesión hizo su aparición en la pueda principal: una tropa de alabarderos. “Iban vestidos con calzas de listas negras y leonadas, garras, de tercio pelo adornadas a los lados con ra¬sas de plata, y jubones de paño azul y morado, bordados por delante y por detrás con las tres plumas, el blasón del príncipe, tejidas en oro. Las astas de las alabardas estaban cubiertas de terciopelo carmesí, su¬jeto con clavos dorados y adorna¬das con borlas de oro. Desfilando a derecha e izquierda, formaban dos largas hileras que se extendían des¬de la puerta principal del palacio hasta la orilla del agua. Después se desplegó un grueso paño o tapiz rayado, y unos servidores, ataviados con las libreas de oro y carmesí del príncipe, lo tendieron entre los alabarderos. Hecho esto, resonó den¬tro un floreo de trompetas. Los mú¬sicos del río comenzaran un animado preludio y dos ujieres con varas blancas salieron por la puerta con lento y majestuoso paso. Iban seguidos por un oficial que llevaba la maza municipal, tras el cual venía otro con la espada de la ciudad; luego varios alguaciles de la guarnición de la ciudad, con todos sus aprestos, y con divisas en las mangas. Venía luego el rey de armas de la Jarre¬tera, con su tabardo; lo seguían varios caballeros del Baño, cada uno can una cinta blanca en la manga; luego sus escuderos; después los jue¬ces, con sus togas escarlatas y sus cofias; luego el lord gran canciller de Inglaterra, con su toga escarlata, abierta por delante y, orlada de piel blanca con manchas negras; luego una comisión de regidores con sus capas escarlata, y luego los princi¬pales de las diferentes compañías cívicas en traje de ceremonia. Des¬pués venían doce caballeros fran¬ceses, con espléndidos atavíos, con¬sistentes en jubones de damasco blanco listado de oro, capas cortas de terciopelo carmesí, forradas de tafetán violeta y calzas color carne, y comenzaron a descender por la escalinata. Eran el séquito del em¬bajador francés, e iban seguidos por doce caballeros del séquito del em¬bajador español, vestidos de tercio¬pelo negro sin ningún alomo. En pos de éstos venían varios impor¬tantes nobles ingleses con sus ser¬vidores.”
Sintióse dentro floreo de trompe¬tas, y el tío del príncipe, el futuro gran duque de Somerset, salió de la verja, ataviado con un jubón de bro¬cado negro y una capa “de raso carmesí con flores de oro, y ribe¬teada con redecillas de plata”. Volvióse, se quitó la gorra adornada con plumas, inclinó su cuerpo en profunda reverencia y empezo a re¬troceder de espaldas, saludando a cada escalón. Siguió prolongado son de trompetas y la proclamación: “¡Paso al alto y poderoso señor Eduardo Príncipe de Gales!” En lo alto de los muros de palacio pro¬rrumpió en estrépito atronador una larga hilera de rojas lenguas de fue¬go; la gente apiñada en el río esta¬lló en potente rugido de bienvenida, y Tom Canty, causa y héroe de todo aquello, apareció a la vista, e in¬clinó levemente su principesca ca¬beza:
Iba “magníficamente vestido con un justillo de raso blanco, con pa¬chera de tisú púrpura, salpicado de diamantes y ribeteado de armiño. Sobre esto llevaba una capa de bro¬cado blanco con la corona de tres plumas, forrada de raso azul, ador¬nada con perlas y piedras preciosas y sujeta con un broche de brillan¬tes. De su cuello pendía la orden de la Jarretera y varias condecora¬ciones reales de países extranjeros”, y cada vez que le daba la luz, las joyas resplandecían con deslumbran¬tes destellos. ¡Oh, Tom Canty, naci¬do en un cobertizo, educado en los arroyos de Londres, familiarizado con los andrajos y la suciedad y la miseria!, ¡qué espectáculo es éste!

CAPÍTULO X

LAS PENAS DEL PRÍNCIPE

Dejamos a Juan Canty arrastran¬do al verdadero príncipe hacia Offal Court, con una ruidosa y regocija¬da turba pisándole los talones. En ella sólo hubo una persona que brin¬dó una palabra rogando por el cauti¬vo, y no le hicieron caso: tan grande era el tumulto que apenas incluso se oyó. Continuó el príncipe luchando por su libertad y protestando contra el tratamiento que sufría, hasta que Juan Canty perdió la poca paciencia que le quedaba y con repentino furor levantó su garrote de roble sobre la cabeza del príncipe. El único defen¬sor del chico saltó para detener el brazo del hombre, y el golpe dio en su propia muñeca. Canty rugió:
––¿Quieres entrometerte? ¡Pues ten tu recompensa!
Su garrote se estrelló en la cabeza del mediador. Se oyó un gemido, una forma opaca se hundió en tierra en¬tre los pies de la muchedumbre, y un momento después yacía sola en la oscuridad. La turba continuó, sin que su diversión fuera perturbada por este episodio.
A poco el príncipe se encontró en la morada de Juan Canty, con la puerta cerrada a los entremetidos. A la vaga luz de una vela de sebo, en¬cajada en una botella, descubrió los rasgos principales del repugnante tu¬gurio, y también los de sus ocupan¬tes: Dos desgreñadas muchachas y una mujer de edad madura en cu¬clillas contra la pared en un rincón, con el aspecto de animales habi¬tuados a los malos tratos y en ese momento esperándolos y temiéndo¬los. De otro rincón salió una bruja seca, con el pelo canoso revuelto y perversos ojos. Juan Canty le dijo a ésta:
––Espera, tenemos buena mojigan¬ga. No la estropees hasta que la hayas disfrutado; después, que sea tu mano tan pesada como quieras. Acércate, rapaz; ahora repite tus tonterías, si no se te han olvidado. Di tu nombre. ¿Quién eres?
La ofendida sangre subió una vez más a las mejillas del pequeño prín¬cipe, y éste lanzó una mirada firme e indignada al rostro del hombre y dijo:
––Mala crianza es en uno coma tú mandarme hablar. Te digo ahora, como te he dicho antes, soy Eduardo, Príncipe de Gales, y ningún otro.
La sorpresa apabullante de esta contestación clavó los pies de la vieja al suelo y la dejó casi sin aliento. Miró al príncipe con estúpido asom¬bro, lo que divirtió tanto al bandido de su hijo que lo hizo reventar en un rugido de risa. Mas el efecto fue distinto en la madre y en las herma¬nos de Tom Canty. Su temor a los daños corporales dio paso a una pre¬ocupación de distinta especie. Se ade¬lantaron con los rostros afligidos y desalentados, exclamando:
––¡Oh, pobre Tom, pobre niño! La madre cayó de rodillas ante el príncipe, puso sus manos sobre los hombros del niño y entre las lágrimas que asomaban a sus ojos miró ansio¬samente su rostro. Luego dijo:
––¡Oh, mi pobre niño! ¡Finalmente tus necias lecturas han tenido su efec¬to y te han trastornado el juicio! ¡Ay! ¿Por qué te aferrabas a ellas cuando tanto te prevenía yo en con¬tra? ¡Has desgarrado el corazón de tu madre!
El príncipe la miró y dijo dulce¬mente:
––Tu hijo está bien y no ha per¬dido el juicio, buena mujer. Consué¬late. Llévame al palacio donde se halla, y el rey, mi padre, te lo devol¬verá inmediatamente.
––¿El rey tu padre? ¡Oh, hijo mío! No digas esas palabras, que pueden traerte la muerte, y la ruina para todos los que están cerca de ti. Sa¬cude ese horrible sueño. Recobra tu pobre memoria errante. Mírame. ¿No soy yo tu madre, la que te ha dado el ser y tanto te ha amado?
El príncipe movió la cabeza y dijo pesaroso:
––Dios sabe que me duele afligir tu corazón,, pera verdaderamente nunca he visto tu cara antes.
La mujer cayó sentada al suelo, y, cubriéndose los ojos con las ma¬nos, abrió paso a desgarradores so¬llozos y lamentos:
––¡Que siga el espectáculo! ––gri¬tó Canty––. ¡Eh, Nan! ¡Eh, Bet! ¡Mozuelas sin modales! ¿Estáis en pie en presencia del príncipe? ¡De rodillas, hez de mendigas, y hacedle reverencia!
Continuó esto con una grosera carcajada. Las muchachas empeza¬ron a suplicar tímidamente por su hermano, y Nan dijo:
––Déjalo que se acueste, padre; que descanse, y el sueño curará su locura. Hazlo, te lo ruego.
––¡Hazlo, padre! ––dijo Bet––; está más cansado que de ordinario. Mañana volverá a ser él mismo, y mendigará con diligencia, y no vol¬verá a casa con las manos vacías.
Esta observación apagó la jovialidad del padre, y le recordó el ne¬gocio. Volvióse enojado al príncipe, y dijo:
––Mañana tenemos que pagar dos peniques al dueño de este agujero, dos peniques, adviértelo, todo este dinero por medio año de renta, de lo contrario saldremos fuera de aquí. Muestra lo que has reunidos men¬digando.
El príncipe contestó:
––No me ofendas con tus sórdi¬dos asuntos. Te vuelvo a decir que soy el hijo del rey.
Un recio golpe, de la ancha pal¬ma de Canty en el hombro del niño lo mandó tambaleándose a los bra¬zos de la buena mujer de Canty, quien lo estrechó contra su seno, y lo defendió de una violenta lluvia de puñetazos y bofetadas, interpo¬niendo su propia persona. Las asus¬tadas muchachas se retiraron a su rincón, pero la abuela avanzó muy solícita para asistir a su hijo. El príncipe se separó de la señora Can¬ty exclamando:
––No has de padecer tú por mi causa, señora. Deja que esos cerdos hagan lo que quieran conmigo solo.
Estas palabras encolerizaron a los cerdos a tal grado que pusieron manos a la obra sin pérdida de tiem¬po. Entre ambos apalearon vigoro¬samente al niño, y luego dieron una golpiza a las niñas y a su madre por haber mostrado compasión de la víctima.
¡Ahora ––dijo Canty––, a la cama todos! La diversión me ha fatigado.
Apagóse la vela y se acostó la familia. En cuanto los ronquidos del jefe de la casa y de su madre mostraron que estaban dormidos, las muchachas se deslizaron adonde yacía el príncipe y lo resguardaron tiernamente del frío con paja y an¬drajos; y su madre también se des¬lizó hacia él, y le alisó el pelo, y lloró sobre él, mientras susurraba en sus oídos entrecortadas palabras de consuelo y compasión. Había guardado además un bocado para que lo comiera, mas los dolores del niño le habían quitado todo apetito, por lo menos de mendrugos negros e insípidos. Estaba conmovido por la brava y costosa defensa que ha¬bía hecha de él, y por su conmise¬ración, y le dio las gracias con pa¬labras muy nobles y principescas y le rogó que se fuera a dormir y tratase de olvidar sus penas. Y aña¬dió que el rey, su padre, no dejaría sin recompensa su leal benevolencia y devoción. Este retorno a su “lo¬cura” desgarró de nuevo el corazón de ella, que lo volvió a estrechar una y otra vez contra su pecho, y luego se volvió a su cama, ahogada en lágrimas.
Mientras yacía pensando y lamen¬tándose empezó a deslizarse en su mente la idea de que en aquel niño había algo indefinible de que care¬cía Tom Canty, loco o cuerdo. No podia describirlo, no podía decir exactamente qué era, y, sin embar¬go, su agudo instinto maternal pa¬recía detectarlo y percibirlo. ¿Y si el niño no fuera, después de todo, realmente su hijo? ¡Oh, absurdo! Casi sonrió ante esta idea, a pesar de sus pesares y de sus problemas. Sin embargo, era una idea que no cedía, sino que persistía en domi¬narla. La perseguía, la hostigaba, se aferraba a ella, y se negaba a ser desechada o ignorada. Por fin, per¬cibió que no habría sosiego para ella hasta que idease una prueba que demostrara claramente y sin duda si aquel muchacho era su hijo o no, y así desvanecer estas fatigo¬sas y atormentadoras dudas. ¡Ah, sí!, éste era sencillamente el mejor camino para salir del problema, así que puso su mente a trabajar de inmediato para urdir la prueba. Pero era mucho más fácil proponérselo que conseguirlo.
Dio vueltas en su cabeza una tras otra a prometedoras pruebas pero se vio obligada a desecharlas todas: ninguna de ellas era completamente segura, absolutamente perfecta; y una imperfecta no podía satisfacer¬la. Evidentemente, se rompía la ca¬beza en vano; era casi seguro que tendría que dejar el asunto. Mien¬tras pasaba por su mente este de¬primente pensamiento, su oído captó la respiración regular del niño, y supo que se había dormido. Y mien¬tras escuchaba la respiración acom¬pasada, fue interrumpida por un leve grito de sobresalto, como el que se emite en un sueño perturbado.
Este suceso casual la armó ins¬tantáneamente de un plan que valía más que todas sus maquinaciones combinadas. Al punto se puso fe¬brilmente, pero silenciosamente, a trabajar, a encender de nuevo su vela, diciéndose: “Si entonces lo hu¬biera visto lo habría sabido. Desde aquel día, cuando era pequeño, en que la pólvora estalló en su cara, no ha sido sobresaltado de pronto, ni de sus sueños ni de sus pensa¬mientos, sin llevarse las manos a los ojos, como lo hizo aquel día, y no como lo harían otros, con las pal¬mas hacia dentro, sino siempre con las palmas hacia fuera. Lo he visto cien veces, y no ha variado nunca ni fallado nunca. ¡Sí, pronto lo sa¬bré, ahora!”
Para esto se había escurrido hacía el niño dormido con la vela ta¬pada con la mano. Cuidadosamente, con cautela, se inclinó sobre él, casi sin respirar, en su reprimida exci¬tación, y de pronto le acercó la luz a la cara y golpeó el suelo con los nudillos junto al oído del niño. Los ojos de éste se abrieron asombra¬dos, y dirigió una mirada perpleja en torno, pero no hizo ningún mo¬vimiento especial con sus manos.
La pobre, mujer fue herida sin compasión por la sorpresa y el do¬lor, pero consiguió ocultar sus emo¬ciones y calmar al niño hasta dor¬mirlo de nuevo. Luego se deslizó aparte y habló consigo misma, las¬timosamente, sobre el desastroso re¬sultado de su experimento.
Trataba de creer que la locura de su Tom había desaparecido su habitual ademán, pero no podía conseguirlo.
––No ––se dijo––; sus manos no están locas, no podrían haber olvi¬dado en tan poco tiempo un hábito tan viejo. ¡Oh, es un triste día para mí!
No obstante, la esperanza era aho¬ra tan pertinaz como antes lo había sido la duda; no podía aceptar el veredicto de la prueba. Tenía que intentarlo de nuevo ––el fracasa debe haber sido sólo un accidente––. Así despertó al niño una segunda y una tercera vez, a intervalos, con el mismo resultado que arrojó la primera prueba; luego se arrastró hasta, su cama y se durmió angus¬tiada, diciendo:
––¡Pero no puedo renunciar a él, oh, no, no puedo, no puedo; debe ser mi hijo!
Habiendo cesada las interrupcio¬nes de la pobre madre, y habiendo perdido gradualmente lcs dolores del príncipe su poder de perturbar¬lo, por fin la extrema fatiga cerró sus ojos en un sueño profundo y reparador. Transcurrió hora tras hora, y siguió durmiendo como un bendito. Así pasaron cuatro o cinco horas. Entonces su sopor empezó a aligerarse. De pronto, entre despier¬to y dormido, balbuceó:
––¡Sir William!
Y al cabo de un momento:
––¡Hola, sir William Herbert! Ven acá y escucha el sueño más raro que... ¡Sir William! ¿Escu¬chas? ¡Vaya! He soñado que me convertía en mendigo, y... ¡Hola! ¡Guardias! ¡Sir William! ¡Cómo! ¿No hay aquí ningún ayuda de cámara? ¡Ah!... A fe mía que...
––¿Qué te aqueja? ––preguntó un susurro junto á él––. ¿A quién lla¬mas?
––A sir William Herbert. ¿Quién eres tú?
––¿Yo? ¿Quién habría de ser sino tu hermana Nan? ¡Ah, Tom! Se me había olvidado. Estás todavía loco. ¡Podré niño! Estás todavía loco. ¡Que no hubiera despertado de nue¬vo para verlo! Pero te ruego que controles tu lengua, si no, nos ma¬tarán a todos a golpes.
El asustado príncipe se incorporó parcialmente de un salto, pero un filoso recuerdo de sus doloridos miembros lo hizo volver en sí y se hundió de nuevo en la sucia paja con un gemido y la exclamación:
––¡Ay de mí! ¡Entonces no era un sueño!
En un momento toda la grave pena y la miseria que el sueño ha¬bía desterrado cayeron de nueva sobre él, y comprendió que ya no era un príncipe mimado en un palacio, con los adoradores ojos de una nación en él, sino un mendigo, un paria, vestido de harapos, pri¬sionero en un antro digno solo de animales y viviendo con mendigos y ladrones.
En medio de su dolor cobró con¬ciencia de alegres ruido y voces, en apariencia sólo, a una o dos man¬zanas de distancia. Al momento se sintieron varios golpes a la puerta; Juan Canty cesó de roncar y dijo:
––¿Quién llama? ¿Qué quieras? Una voz contestó:
––¿Sabes, sobre quién has dejado caer tu garrote?
––No. Ni lo sé ni me importa.
––Puede que pronto cambies de opinión, y si quieres salvar tu cue¬llo, sólo huyendo, puedes salvarte. En este momento el hombre está entregando el espíritu. ¡Es el cura, el padre Andrés!
––¡Dios santo! ––exclamó Can¬ty. Despertó a su familia y orde¬no ásperamente––: ¡Arriba todos y huyamos, o quedaos aquí a morir!
Apenas cinco minutos más tarde la familia Canty estaba en la calle, y huyendo para salvar la vida. Juan Canty asía al príncipe por la muñeca y lo hacía correr por el oscuro ca¬mino haciéndole en voz baja esta advertencia:
––¡Cuidado con tu lengua, loco insensato, y no digas nuestro nom¬bre! Yo tomaré un nombre nuevo, de inmediato, para engañar el ol¬fato de los perros de la ley. ¡Cuida¬do con tu lengua, te lo ordeno!
Gruñó estas palabras al resto de la familia:
––Si por casualidad nos separa¬mos, que cada cual vaya al Puente de Londres; el que llegue hasta la última tienda de ropa del Puente, que espere allí a los demás, luego todos juntos huiremos a Southwark.
En ese momento la partida salió de repente de la oscuridad a la luz, y no sólo a la luz, sino al centro de una multitud de gentes que can¬taban, bailaban y vociferaban api¬ñadas en el frente del río. Había una hilera de fogatas que se exten¬día por ambos lados del Támesis hasta donde alcanzaba la vista. El Puente de Londres estaba ilumina¬do, lo mismo que el Puente de Southwark. Todo el río brillaba con los fulgores y el lustre de las luces de colores; y constantes estallidos de fuegos artificiales llenaban los cie¬los con una intrincada mezcla de esplendores y de una espesa lluvia de chispas deslumbrantes que casi convertían la noche en día; por do¬quiera, había grupos de juerguistas; todo Londres parecía estar allí.
Juan Canty lanzó un furioso ju¬ramento y ordenó la retirada, pero era demasiado tarde. Él y su tribu fueron devorados por aquella abi¬garrada colmena humana e irreme¬diablemente separados unos de otros en un instante. No estamos consi¬derando al príncipe parte de la tri¬bu; Canty seguía reteniéndolo con el puño. El corazón del príncipe latió acelerado por la esperanza de escaparse. Un fornido barquero, bastante excitado por el licor, fue empujado rudamente por Canty en su esfuerzo por abrirse paso a tra¬vés de la multitud; puso su enorme mano en el hombro de Canty y dijo:
––¿Dónde tan de prisa, amigo? ¿Corrompes tu alma con asuntos sórdidos cuando todos los hombres leales y fieles están de fiesta?
––Mis asuntos son míos; no te conciernen ––respondió Canty ás¬peramente––. Quita la mano y déja¬me pasar.
––Pues ésa es tu índole, no pasa¬rás hasta que hayas bebido a la salud del Príncipe de Gales; yo te lo mando ––dijo el barquero cerrán¬dole resueltamente el paso.
––¡Dame la copa, pues, y apre¬súrate, apresúrate!
Para entonces se había desperta¬do el interés de otros juerguistas, que exclamaron:
––¡La copa, la copa! Haced que el bribón malgeniudd beba en la copa, si no, lo echaremos de pasto a los peces.
Trajeron una enorme copa; el bar¬quero, asiéndola por una de sus asas y con su otra mano sostenien¬do el extremo de una servilleta ima¬ginaria; se lo presentó a Canty de manera cumplida y tradicional Este tuvo que asir el asa contraria con una de sus manos y quitar la tapa con la otra, conforme a la antigua costumbre,6 lo cual dejó un segun¬do las manos libres al príncipe, desde luego. No perdió el tiempo, sino que se sumergió entre el bosque de piernas que lo rodeaba y desapare¬ció. Un momento después no habría sido mas difícil de hallar, bajo aquel agitado mar de vida, si sus oleadas hubieran sido las del Atlántico y el niño una moneda perdida.

6. LA COPA DEL AMOR
La copa del amor, y las curiosas ceremonias que se observaban al beber de ella, son anteriores a la historia de Inglaterra. Parece que todo ello es impor¬tación danesa. Hasta donde pueda saberse, la copa del amor siempre se ha bebido en los banquetes ingleses. La tradición nos relata la ceremonia de esta mera: en los tiempos primitivos, se tenía gran cuidado de que las dos manos de ambos bebedores estuviesen ocupadas; mientras el suplicante pedía el amor y la fidelidad a la amada, ella aprovechaba la oportunidad para clavarle un puñal.

Pronto se dio cuenta de esto, y al instante se ocupó de sus propios asuntos, sin acordarse más de Juan Ganty. Se dio cuenta también de otra cosa, a saber, que un fingido Príncipe de Gales estaba siendo fes¬tejado por la ciudad, en su lugar. Fácilmente coligió que el niño men¬digo, Tom Canty, se había aprove¬chado deliberadamente de aquella estupenda oportunidad y se había convertido en usurpador.
Por consiguiente, no podía seguir más que un rumbo: encontrar el camino hacia el Ayuntamiento, dar¬se a conocer y denunciar al impos¬tor. También resolvió que a Tom se le debería conceder un tiempo razonable para la preparación de su ánima, y después ser colgado, arras¬trado y descuartizado, conforme a la ley y el uso de la época, en casos de alta traición.

CAPÍTULO XI

EN EL AYUNTAMIENTO

La falúa real, seguida de su es¬pléndida flotilla, se encaminó ma¬jestuosamente par el Támesis abajo entre la maraña de botes ilumina¬dos. El aire estaba cargado de mú¬sica; y las orillas del río tremolando por la alegría de las llamaradas; la lejana ciudad se tendía en el suave resplandor luminoso de sus incon¬tables hogueras invisibles; por en¬cima de ella se elevaban al cielo muchas esbeltas espirales, incrusta¬das de luces centelleantes, que en su lejanía parecían enjoyadas lanzas arrojadas a lo alto. A medida que navegaba la flotilla, era saludada desde las márgenes con un continuo clamor de vivas e incesantes cente¬llas y truenos de la artillería.
Para Tom Canty, medio enterrado en sus almohadones de seda, estos sonidos y este espectáculo eran una maravilla inefablemente sublime y asombrosa. Para sus amiguitas, que iban a su lado, la princesa Isabel y lady Juana Grey, no eran nada.
Llegada a Dowgate, la flotilla su¬bió por el límpido Walbrook, cuyo cauce lleva ahora dos siglos oculto a la vista bajo terrenos edificados, hacia Bucklersbury, dejando atrás casas y pasando bajo puentes llenos de juerguistas y brillantemente ilu¬minados; por fin vino a detenerse en una dársena, donde está ahora Barge Yard, en el centro de la an¬tigua ciudad de Londres. Tom des¬embarcó, y él y su vistoso cortejo cruzaron Cheapside, e hicieron un corto paseo entre la Judería Vieja y la calle Basinghall, hasta el Ayun¬tamiento..
Tom y sus damitas fueron recibi¬dos con el debido ceremonial por el alcalde y los principales de la ciudad, con sus cadenas de oro y sus trajes de gala escarlata, y fue¬ron conducidos bajo un rico dosel ceremonial situado en lo alto del gran salón, precedidos por heraldos haciendo la proclama, y por la Maza y la Espada de la Ciudad. Los lo¬res y las damas que habían de asistir a Tom y a sus dos pequeñas ami¬gas tomaron su lugar detrás de sus sillas correspondientes.
En una mesa más baja tomaron asiento los grandes de la corte, con otros huéspedes de noble condición, y los magnates de la ciudad. Los comunes ocuparon sus lugares en multitud de mesas en el piso prin¬cipal del salón. Desde su aventajado lugar, los gigantes Gog y Magog, antiguos guardianes de la ciudad, contemplaban el espectáculo con ojos familiarizados con él desde tiempos inmemoriales. Se oyó un toque de clarín y una proclama, y un despensero gordo apareció por la pared izquierda, seguido de sus ayudantes, que llevaban con impre¬sionante solemnidad un regio solo¬millo de buey, humeante y dispuesto a ser trinchado.
Después de las oraciones, Tom, ya instruido, se levantó ––y con él todos los allí presentes–– y bebió de una portentosa copa con la prin¬cesa Isabel; la pasó luego a lady Juana Grey y después circuló por toda la asamblea. Así comenzó el banquete.
A medianoche el festín estaba en su apogeo. Luego vino uno de esos pintorescos espectáculos, tan admi¬rados en aquellos antiguos tiempos. Aún existe una descripción de él en el singular estilo de un cronista que lo presenció
“Habiéndoseles hecho espacio, pronto entraron un barón y un con¬de, ataviados a la turcas con largos mantos salpicados de oro; sombre¬ron de terciopelo carmesí, con gran¬des vueltas de oro; ceñían dos espa¬das, llamadas cimitarras, pendientes de grandes tahalíes de oro. Venían después todavía otro barón y otro conde, con largos ropajes de raso amarillo con rayas de vaso blanco al través, y en cada lista blanca traían otra de raso carmesí, a la usanza rusa, con sombreros de piel blanca con manchas negras; cada uno de ellos llevaba un hacha pe¬queña en la mano y botas con pykes [puntas de casi un pie de largo], vueltas hacia arriba. Y después de ellos venía un caballero, luego el lord gran almirante, y con él cinco nobles con jubones de terciopelo carmesí, escotados por detrás y por delante hasta el esternón, sujetos por el puño con cadenas de plata; y sobre esto, capas cortas de raso carmesí y en las cabezas sombreros a la manera de los danzantes, con pluma de faisán. Éstos iban vestidos a la usanza prusiana. Los hacheros, que eran cerca de un centenar, iban de raso carmesí y verde, como mo¬ros, sus caras negras. Venía después un mommarye. Luego los ministri¬les, disfrazados, bailaron; y lores y damas bailaron también tan desafi¬nadamente, que era un placer con¬templarlos.”
Y mientras Tom, en su elevado asiento, observaba esta “desatinada” danza, absorto en su admiración de la deslumbradora mezcla de colores caleidoscópicos que ofrecía el arre¬molinado torbellino de vistosas figu¬ras, el andrajoso pero verdadero Príncipe de Gales proclamaba sus derechos y sus agravios, denuncian¬do al impostor y clamando entrada ¡a las puertas del Ayuntamiento! La muchedumbre gozaba extraordina¬riamente con el episodio y se aba¬lanzaba desnucándose para ver al pequeño alborotador. Pronto empe¬zaron a burlarse y a mofarse de él con el propósito de incitarlo a más y mayor divertida furia. Lágrimas de tristeza le saltaron a los ojos pero se contuvo y retó a la turba regia¬mente. Siguieron otras burlas, nue¬vas mofas lo punzaron, y exclamó:
––Os vuelvo a decir, hato de pe¬rruchos indecentes, que soy el Prm¬cipe de Gales; y tan abandonado y solo como estoy, sin nadie que diga una palabra a mi favor o me ayude en mi necesidad, aun así no me des¬pojaréis de mi derecho, que he de mantener.
––Aunque seas príncipe o no, lo mismo da; eres un chico gallardo y no te faltan amigos. Aquí estoy yo a tu lado para probarlo. Y te digo que peor amigo podrías tener que Miles Hendon, sin cansar tus pier¬nas en la búsqueda. Descansa tu lengua, hijo mío. Yo hablo el len¬guaje de estas ratas de coladera como mi lengua nativa.
El que hablaba era una especie de don César de Bazán por su traje, su aspecto y su porte. Era alto, del¬gado y musculoso. Su jubón y sus calzas eran de rico género, pero mar¬chitos y raídos, y su adorno de en¬caje estaba tristemente deslucido; su lechuguilla, estaba ajada y estropea¬da; la pluma de su sombrero ali¬caído estaba rota y tenía aspecto sucio y poco respetable. Al costado llevaba un largo estoque en una oxi¬dada vaina de hierro; su actitud fanfarrona lo delataba de inmediato como un espadachín en campaña. Las palabras de esta fantástica figu¬ra fueron recibidas con una explo¬sión de júbilo y risas. Algunos gri¬taron: “¡Es otro príncipe disfraza¬do!” “¡Cuidado con lo que hablas, amigo, parece que es peligroso!” “En verdad lo parece: mira sus ojos.” “Separa de él al chico.” “Al abrevadero de los caballos con él.”
Instantáneamente, a impulsos de esta feliz idea, una mano cayó sobre el príncipe; tan instantáneamente, la larga espada del desconocido estaba fuera, y el mediador cayó al suelo gracias a un sonoro golpe de, plano. Al momento gritaron docenas de voces: “¡Matad al perro, matadlo, matadla!”, y la turba se cerró sobre el guerrero, que arrimó la espalda contra una pared y empezó a golpear a ciegas con su larga arma como un loco. Sus víctimas caían acá y allá, pero la chusma pasaba sobre los de¬rribados y se abalanzaba con inde¬clinable furia contra el campeón. Los momentos de éste parecían contados, su desgracia cierta, cuando, de pron¬to, sonó una trompeta, una voz gritó: “¡Paso al mensajero del rey!”, y una tropa de jinetes llegó cargando sobre la multitud, que se apartó del peligro tan rápidamente como se lo permi¬tieron las piernas. El valiente desco¬nocido cargó al príncipe en sus brazos y pronto estuvo alejado del peligro y de la multitud.
Volvamos al interior del Ayunta¬miento. De pronto, por encima de la alegre algazara de la fiesta, se dejó oír el repique de un clarín. Al ins¬tante se hizo el silencio; luego se alzó una sola voz ––la del mensajero del palacio—, el cual empezó a co¬rrer una proclama, toda la multitud en pie, atenta. Las últimas palabras, solemnemente pronunciadas, fueron:
––¡El rey ha muerto!
Todos en la gran reunión dobla¬ron da cabeza sobre el pecho de consuno; permanecieron así unos momentos, en profundo silencio; luego cayeron a la vez de rodillas, tendieron sus manos hacia Tom, y resonó un poderoso grito que pare¬ció cimbrar el edificio:
––¡Viva el rey!
Los asombrados ojos del pobre Tom vagaron sobre este pasmoso espectáculo, y finalmente se posa¬ron un momento, como en sueños, sobre las arrodilladas princesas que tenía a su lado, y luego sobre el conde de Hertford. Una resolución súbita se mostró en su rostro. Dijo, en voz baja, al oído de lord Hert¬ford:
––Respóndeme en verdad, por tu fe y por tu honor. Si yo aquí diera una orden, la cual nadie sino un rey tuviera el privilegio y la pre¬rrogativa de dar, ¿sería obedecido tal mandato, y ninguno habría que pudiera decirme que no?
––Ninguno, mi señor, en todos estos dominios. En tu persona ––resi¬de la majestad de Inglaterra. Tú eres el rey; tu palabra es ley:
Tom respondió en voz alta y gra¬vemente, con––gran animación:
––Entonces sea la ley del rey. ley de misericordia desde este día, y nunca mas sea ley de sangre. Le¬vantaos y marchad. ¡A la Torre, y decid que el rey decreta que el du¬que de Norfolk no debe morir!7

7. LA SALVACIÓN MILAGROSA DEL DUQUE DE NORFOLK
Si Enrique VIII hubiese vivido unas horas más, su orden para la eje¬cución del duque da Norfolk se hubiera llevado a cabo. “Pero al llegar a la Torre la noticia de que el rey había expirado aquella noche, el lugarteniente difirió el obedecer el decreto; y el consejo no juzgó conveniente que comenzase un nuevo reinado con la muerte del más prominente noble del reino, que había sido condenado por una sentencia tan injusta y tiránica.” Hume's England, vol. III, p. 307.

Estas palabras fueron alcanzadas y corrieron diligentemente de boca en boca a lo largo y ancho del sa¬lón, y cuando Hertford se apresu¬raba a salir resonó otro prodigioso grito:
––¡El reinado de la sangre ha ter¬minado! ¡Viva Eduardo, rey de In¬glaterra!

CAPÍTULO XII

EL PRÍNCIPE Y SU SALVADOR

Tan pronto Miles Hendon y el príncipe niño se vieron lejos de la turba, se encamnaron hacia el río por callejuelas y veredas angostas. No hallaron obstáculo en su cami¬no hasta que llegaron cerca del Puen¬te de Londres; pero entonces se to¬paron de nuevo con la muchedum¬bre, sin haber soltado aún Hendon la muñeca del príncipe, es decir, del rey. Ya había trascendido la terrible noticia, que Eduardo supo a un tiempo por miles de voces: “El rey ha muerto.” Esta nueva es¬tremeció el corazón del pobre niño abandonado y le hizo temblar de pies a cabeza. Comprendiendo la enormidad de su pérdida, se sintió invadido por amargo dolor, porque el inflexible tirano que tanto terror ocasionaba a los demás había sido siempre dulce con él. Asomaron las lágrimas a sus ojos y le borraron la visión de todos los objetos. Por un instante se sintió la más infeliz, abandonada y desamparada de las criaturas de Dios. Después otro gri¬to estremeció la noche en muchas millas a la redonda: “¡Viva el rey Eduardo VI!”, y esto hizo cente¬llear los ojos del niño y le estreme¬ció de orgullo hasta las yemas de los dedos.
“¡Ah! pensó––. ¡Qué grande y qué extraño parece! ¡Soy rey!” Nuestros dos amigos se abrieron lentamente camino por entre la mu¬chedumbre que llenaba el puente. Esta construcción, que tenía más de seiscientos años de vida sin haber dejado de ser un lugar bullicioso y muy poblado, era curiosísima, por¬ que una hilera completa de tiendas y almacenes, con habitaciones para familias encima, se extendía a am¬bos lados y de, una a otra orilla del río. El puente era en sí mismo una especie de ciudad, que tenía sus posadas, cervecerías, panaderías, mercados, industrias manufacture¬ras y hasta su iglesia. Miraba a los dos vecinos que ponía en comuni¬cación ––Londres y Southwark––, considerándolos buenos como subur¬bios, pero por lo demás sin particu¬lar importancia. Era una comunidad cerrada, por decirlo así, una ciudad estrecha con una sola calle de un quinto de milla de largo, y su po¬blación no era sino la población de una aldea. Todo el mundo en ella conocía íntimamente a sus vecinos, como había tenido antes conocimien¬to de sus padres y de sus madres, y conocía además todos sus pe¬queños asuntos familiares. Contaba con una aristocracia, por supues¬to, con sus distinguidas y viejas fa¬millas de carniceros, de panaderos y otros por el estilo, que venían ocupando las mismas tiendas desde hacía quinientos o seiscientos años, y sa¬bían la gran historia del puente desde el principio al fin, con todas sus misteriosas leyendas. Eran familias que hablaban siempre en lenguaje del puente, tenían ideas propias del puente, mentían a boca llena y sin titubear, de una manera emanada de su vida en el puente. Era aquella una clase de población que había de ser por fuerza mezquina, igno¬rante y engreída. Los niños nacías en el puente, eran educados en él, en él llegaban a viejos y, finalmente, en él morían sin haber puesto los pies en otra parte del mundo que no fuera el Puente de Londres. Aquella gente tenía que pensar, por razón natural, que la copiosa e in¬terminable procesión que circulaba por su calle noche y día, con su confusa algarabía de voces y gritos, sus relinchos, sus balidos y su aho¬gado patear, era la casa más extra¬ordinaria del mundo, y ellos mis¬mos, en cierto modo, los propietarios de todo aquello. Y tales eran, en efecto ––o por lo menos como tales podían considerarse desde sus ven¬tanas, y así lo hacían mediante su alquiler––, cada vez que un rey o un héroe que volvía daba ocasión a algunos festejos, porque no había sitio como aquél para poder con¬templar sin interrupción las columnas en marcha.
Los hombres nacidos y educados en el puente encontraban la vida de un tedio insoportable en cualquier otro sitio. La historia nos dice de uno de estos hombres que abandonó el puente a los sesenta y un años y se retiró al campo; pero no fue más que para ponerse, nervioso y dar vueltas en la cama; no podía con¬ciliar el sueño, pues la profunda calma rústica era penosa, horrible y opresiva. Cuando por fin se hartó de ella, volvió corriendo a su an¬tigua lar, hecho un espectro,dema¬crado y huraño, y se dio sosegada¬mente al descanso y a los sueños agradables bajo la adormecedora mú¬sica de las agitadas aguas y el estré¬pito y el bullicio y la algazara del Puente de Londres.
En el tiempo al cual nos referi¬mos, el puente suministraba a sus hijos “lecciones de cosas” en la his¬toria inglesa, a saber, unas lívidas y medio corrompidas cabezas de hombres famosos, clavadas en picas de hierro en el centro del antepecho del puente. Mas dejémonos de digresiones.
La guarida de Hendon estaba en la pequeña posada del puente. Al acercarse el caballero a la entrada con su amiguito, dijo una voz bron¬ca:
––¡Ah! ¿Has aparecido ya? ¡No volverás a escaparte, yo te lo ase¬guro! Como el machacarte los hue¬sos hasta hacértelos papilla pueda enseñarte algo, no nos harás esperar otra vez.
Al decir esto, Juan Canty alargó la mano para agarrar al muchacho, mas Miles Hendon se interpuso, di¬ciendo:
––No tan aprisa, amigo. Eres, a fe mía, demasiado brusco. ¿Qué tie¬nes que, ver con este muchacho?
––Por si tu negocio es entrome¬terte en los ajenos, he de decirte que es mi hijo.
––¡Eso es mentira! ––exclamó fu¬rioso el reyecito.
––Bien dices, y te creo, hijo mío, tanto si tienes la cabeza sana como si estás loco. Pero sea o no tu padre este rufián despreciable, da lo mis¬mo, no ha de tenerte para pegarte y abusar, como ha amenazado, si prefieres permanecer conmigo.
––¡Sí, sí! No lo conozco. Lo abo¬rrezco, y moriré antes de irme con él.
––Entonces está decidido, no hay más que decir.
––¡Eso ya lo veremos! ––exclamó Juan Canty, tratando de pasar por el lado de Hendon para agarrar al niño––. Por fuerza...
––Si te atreves a tocarlo, piltrafa con vida, te ensarto como a un pato ––dijo Hendon cerrándole el paso y llevando la mano al puño de la es¬pada.
A esto retrocedió Canty, y Hen¬don siguió:
––Te prevengo que he tomado bajo mi protección a este mucha¬cho cuando una chusma de tu cala¬ña quería maltratarlo y acaso lo habría matado. ¿Imaginas que lo voy a entregar ahora a un destino peor? Porque tanto si eres su padre como si no ––y a fe mía creo que mien¬tes––, una muerte con decoro y rá¬pida sería mucho mejor para él que la vida en unas manos tan rudas como las tuyas. Sigue, pues, tu ca¬mino, y luego, porque no me gusta decir palabras de balde, ya que no me es natural ser paciente con ex¬ceso.
Juan Canty se apartó murmuran¬do amenazas y maldiciones, y des¬apareció de la vista, tragado por la multitud. Handon subió tres tramos de escalera hasta su cuarto en com¬pañía del niño, después de ordenar que les sirvieran de comer. Era una pobre pieza, con una destartalada cama y algunos muebles viejos, y alumbrada vagamente por dos mo¬ribundas velas. El rey niño se arras¬tró hasta la cama y se tendió en ella, casi exhausto de hambre y de fatiga. Había estado en pie gran parte del día y de la noche (enton¬ces eran las dos o tres de la ma¬ñana), y no había comido nada. Soñoliento, bulbueió:
––Ruégate que me llames cuando esté puesta la mesa. ––Y cayó inme¬diatamente en profundo sueño.
Vagó una sonrisa por los ojos de Hendon, que dijo para si:
––Por Dios que este arrapiezo se le mete a uno en casa y le usurpa la cama con gracia y soltura tan natu¬rales como si fuera el dueño, sin pedir permiso ni ofrecer excusas ni nada que se le parezca. En sus arre¬batos de locura se ha llamado Prín¬cipe de Gales, y lo cierto es que sostiene bravamente su carácter. ¡Pobre ratoncillo sin amigos! Sin duda su mente se ha desequilibrado por los malos tratos. Bien; pues yo seré su amigo. Yo lo he salvado, y algo en él me atrae con harta fuer¬za. Siento ya cariño por este rapaz que sabe hablar tan bien. ¡Con qué marcial actitud ha hecho frente a la sórdida ralea y le ha dirigido su reto! ¡Y qué cara tan linda, tan dul¬ce y tan gentil tiene, ahora que el sueño ha conjurado sus desazones y sus pesares! Yo le enseñaré, curan¬do su enfermedad. Sí; seré, su her¬mano mayor, y cuidaré de él y por él velaré. Y los que quieran manci¬llarle o maltratarle ya pueden en¬cargar la mortaja, porque la habrán menester, aunque por ello me que¬men vivo.
Inclinóse sobre el muchacho, y tras contemplarlo con bondadoso y compasivo interés, le dio unos tier¬nos golpecitos en la mejilla y le alisó los enmarañados rizos con la enorme y atezada mano. Un escalo¬frío recorrió el cuerpo del niño, y Hendon dijo entre dientes:
––Ha sido una tontería dejarlo descansar ahí sin taparlo, y que su cuerpo vaya a padecer dolores reu¬máticos. ¿Qué haré ahora? Si lo levanto y lo meto dentro de la cama, se despertará; y tiene mucha necesi¬dad de reposo..
Miró en torno en busca de algo con qué cubrirlo; pero, no hallan¬do nada, se quitó el jubón y envol¬vió en  él al muchacho, diciendo:
––Como estoy acostumbrado a los arañazos del viento'y al poco abrigo, no me importará el frío.
Y se puso a dar paseos por el aposento para mantener en circula¬ción la sangre, monologando como siempre:
––Su trastornada mente le persua¬de de que es el Príncipe de Gales. Será cosa rara tener con nosotros a un Príncipe de Gales ahora que el que era príncipe ya no es príncipe, sino rey. Porque su pobre espíritu tiene un tema solo, y no compren¬derá que ahora debe dejar de ser príncipe y llamarse rey.... Si mi padre vive aún, después de estos siete años en que no he sabido nada de mi casa en mi calabozo en tie¬rra extraña, acogerá bien al pobre niño y por mi amor le concederá generoso albergué. Lo mismo hará mi buen hermano mayor, Arturo. Mi otro hermano, Hugo... Pero le rom¬peré la crisma si se interpone, el muy zorro y desalmado. Sí. Hacia allá nos iremos y sin tampoco per¬der momento.
Entró un criado con humeante comida, que dejó sobre la mesita de pino, arrimó las sillas y partió, de¬jando que unos huéspedes tan mo¬destos se sirvieran a sí mismos. Ce¬rróse la puerta, tras él, y el ruido del portazo despertó al niño, que de un salto se sentó en la cama y lanzó una alegre mirada en torno. Luego a su rostro asomó una expresión ofendida y sus labios musi¬taron con un profundo suspiro:
–––¡Ay, mísero de míl ¡No era más que un sueño!
Luego reparó en el jubón de Miles Mendon, miró al dueño de la pren¬da, comprendió el sacrificio que ha¬bía hecho por él, y le dijo gentil¬mente:
––Eres bueno conmigo. Sí, muy bueno conmigo. Toma esto y pón¬telo; yo no lo necesitaré más.
Levantóse luego y se acercó al aguamanil del rincón, donde se que¬dó esperando. Hendon le dijo con alegre acento:
––Ahora vamos a tomar una re¬confortante sopa y un buen bocado, porque todo es sabroso y está a punto. Entre eso y el sueño que has echado, volverás a ser otra vez un hombrecito, ya verás.
El niño no contestó, sino que lanzó una mirada llena de grave sorpresa y con cierto aire de im¬paciencia al imponente caballero de la espada. Hendon se quedó perplejo y dijo:
––¿Qué pasa?
––Buen señor, quisiera lavarme.
––¡Ahl ¿Nada más eso? No pidas permiso a Miles Hendon para nada de lo que desees. Puedes servirte a tus anchas de cuanto le pertenece, con entera libertad.
El niño siguió quieto. Es más, una o dos veces dio con el pie unos golpecitos de impaciencia. Hendon se sintió del todo perplejo. Por fin dijo:
––Pero ¿a qué esperas?
––Te ruego que eches el agua y no gastes tantas palabras.
Hendon, reprimiendo una carca¬jada y diciéndose: “¡Por todos los diablos, esto es, admirable”, avanzó con viveza y cumplió la orden del pequeño insolente. Luego se apartó con una especie de estupefacción, hasta que lo despertó de ella una or¬den: “¡Pronto! ¡La toalla!” Cogió la toalla bajo las mismas narices del niño y se la entregó sin más. Des¬pués procedió a reconfortarse con un lavatorio, y, mientras lo hacía, su hijo adoptivo se sentó a la mesa y se preparó para comer. Vivamen¬te acabó Rendon con sus ablucio¬nes, cogió la otra silla y se disponía a sentarse también, cuando el niño le dijo indignado¬
—¡Vive Diosl ¿Vas a sentarte en presencia del rey?
Este golpe sacudió a Hendon de arriba abajo. Dijo en su interior: “La locura de este pobre niño está a la altura de los tiempos. Ha cam¬biado con el gran cambio que ha sobrevenido en el reino, y ahora se imagina ser el rey. Bueno; le segui¬remos el humor, ya que no hay otro camino; no vaya a ser que me man¬de a la Torre.¬
Y satisfecho de esta broma, apar¬tó la silla de la mesa, se situó detrás del rey y se dispuso a servirle de la manera más cortesana de que era capaz.
Mientras el rey comía se ablandó un poco el rigor de su real digni¬dad, y con su creciente satisfacción experimentó el deseo de hablar, y dijo:
––Creo que te llamas Miles Hen¬don, si no he oído mal.
––––Sí, señor ––replicó Miles, que se dijo en seguida: “Para seguir la vena de este pobre niño loco debo llamarle señor' y majestad. No debo, hacer las cosas a medias, ni detenerme ante nada respecto al pa¬pel que represento, pues de lo con¬trario lo representaré mal y no ser¬viré bien a esta caritativa y buena causa.”
El rey se entonó con un segundo vaso de vino y dijo:
––Quisiera conocerte. Cuéntame tu historia. Tu, conducta es generosa y noble. ¿,Has nacido noble?
––Pertenecemos a la cola de la nobleza, señor. Mi padre es baronet, uno de los pequeños lores, por ser¬vicios caballerescos. Se llama sir Ri¬cardo Hendon, de Hendon Hall, junto a Monk's Holm, en Kent.
––Se me había ido el nombré de la memoria. Sigue. Cuéntame tu his¬toria.
––No es muy larga, señor, pero acaso a falta de cosa mejor pueda divertir a Vuestra Majestad. Mi pa¬dre, sir Ricardo, es muy rico y de natural en extremo generoso. Murió mi madre siendo yo niño; tengo dos hermanos: Arturo, el mayor, cuya alma es como la de su padre, y Hugo, menor que yo, que es un espíritu mezquino, codicioso, trai¬dor, vicioso, artero..., un reptil. Así fue desde su cuna; así era diez años ha, cuando lo vi por última vez: un bribón de diecinueve años. Entonces yo tenía veinte y Arturo veintidós. No queda nadie más de mi familia, salvo lady Edita, mi prima, que entonces tenía diecisés años. Era hermosa, gentil y buena. Es hija de un conde, la última de su familia, y heredera de una gran for¬tuna y de un título caducado. Mi padre era su tutor. Yo la amaba y ella me amaba a mí, pera contrajo nupcias con Arturo desde la cuna, y sir Ricardo no quiso consentir que se rompiera el contrato. Arturo quería a otra doncella y nos dijo que tuviéramos ánimo y no perdié¬ramos la esperanza de que el tiempo y la suerte, de consumo, traerían algún día un feliz suceso a nuestra causa. Hugo codiciaba la hacienda de lady Edita, aunque fingía amar¬la; pero siempre fue su hábito decir una cosa y pensar otra. Mas todas sus artes se perdieron con la don¬cella. Hugo pudo engañar a mi pa¬dre, pero a nadie más. Mi padre le quería más que a los otros y confia¬ba en él y en él creía, porque era el hijo menor y los demás lo odiaban, cualidad esta que siempre ha sido parte a granjear el amor de un pa¬dre. Hugo tenía un hablar suave y persuasivo y un admirable don para la mentira, y éstas son prendas que ayudan mucho a despertar un afecto ciego. Yo estaba furioso.,., podría ir más allá, y decir que furiosísnno, aunque era una furia demasiada ino¬cente, puesto que a nadie dañaba sino a mí, ni trajo vergüenza a nadie ni pérdida alguna, ni llevaba en sí ningún germen de crimen ni de bajeza, ni de nada que no corres¬pondiera a mi noble condición.
Sin embargo, mi hermano Hugo supo sacar partido de esta furia mía, al ver que la salud de nuestro her¬mano Arturo distaba mucho de ser buena; porque esperaba que su muer¬te podría beneficiarle si yo me qui¬tara de en medio, por lo cual... Pero éste sería un cuento muy largo y no vale la pena de referirlo a Vuestra Majestad. En pocas pala¬bras diré que mi hermano logró ar¬teramente acrecentar mis defectos hasta convertirlos en crímenes, y ter¬minó su rastrera obra hallando en mi aposento una escala de seda ––lle¬vada por él mismo–– y convencien¬do a mi padre con ella, y con la declaración de criados sobornados y de otros bellacos, de que yo me pro¬ponía robar a Edita y tomarla por mujer con evidente reto a su volun¬tad.
Dijo mi padre que tres años de destierro de mi casa y de Inglaterra podrían hacer de mí un soldado y un hombre, y enseñarme un algo de prudencia. Hice largas pruebas en las guerras continentales, en que supe en demasía lo que eran golpes, duras privaciones y aventuras, pero en la última batalla me tomaron prisionero, y en los siete años que han transcurrido desde entonces me he visto encerrado en un calabozo en tierra extraña. A fuerza de inge¬nio y de valor conseguí poro fin verme libre, y huí hacia aqui en seguida; y ahora acabo de llegar y me encuentro pobre de dineros y ropa, y más pobre todavía en conocimien¬tos de lo que en estos siete tristísi¬mos años ha acontecido en Hendon Hall y a su gente. Y con esto mi pobre historia queda referida a Vues¬tra Majestad.
––Te han agraviado vergonzosa¬mente ––exclamó el reyecito con cen¬telleantes ojos––; pera yo te vengaré. Por la cruz te la juro. El rey lo ha dicho.
“¡Dios mío. Brava imaginación tie¬ne! A fe mía que no es un espíritu vulgar, pues si lo fuera, loco o cuer¬do, no podría tejer un cuadro tan verosímil y deslumbrante y tan falto de realidad. ¡Pobre cabecita enferma! No te faltará un amigo y un amparo mientras yo me cuente entre los vi¬vos. No te separaré nunca de mi lado. Serás mi favorito y mi camarada. Y se curará, sí. Volverá a. verse curado, y entonces ganará un nombre y yo podré decir con orgullo: “Sí; es mío.” Yo lo recogí cuando era un pobre rapaz sin hogar, pero vi lo que lleva¬ba dentro y dije que algún día se oiría hablar de su nombre. Miradlo, observadlo. ¿Tenía yo razón?”
El rey habló con aire y tono pen¬sativos:
––Me has salvado de la injuria y de la vergüenza.. Acaso has salvado también mi vida, y con ello mi co¬rona. Semejante servicio pide rica recommpensa. Dime tus deseos, y si están dentro del alcance de mi poder real, los verás satisfechos.
Esta fantástica declaración sacó a Hendon de sus meditaciones. Se dis¬ponía a dar las gracias al rey y dejar a un lado el asunto, diciendo que no había hecho sino cumplir con su deber y que no deseaba recompensa alguna, cuando acudiendo una idea más sensata a su mente, le pidió la venia de callarse unos instantes y meditar en la graciosa oferta, lo cual el rey aprobó gravemente, diciendo que era mejor no precipitarse en asunto de tanta importancia.
Miles reflexionó unos momentos y se dijo: “Sí, eso es. Por cualquier otro medio sería imposible conseguir¬lo. Y, en verdad, mi experiencia de estas horas pasadas me ha enseña¬do que sería harto trabajoso e in¬conveniente proseguir como hasta ahora. Sí, lo propondré. Ha sido una feliz casualidad que no haya dejado perder la ocasión.” Después de esto dobló una rodilla y dijo:
––Mi modesto servicio no ha tras¬pasado el límite del más simple deber de un vasallo, y por consi¬guiente no tiene ningún mérito. Pero ya que Vuestra Majestad se digna considerar que merece alguna re¬compensa, me atrevo a hacer una petición al efecto Cerca de cuatro¬cientos años atrás, como Vuestra Majestad no ignora, estando enemis¬tados Juan, rey de Inglaterra, y el rey de Francia, se decretó que dos campeones combatieran en la pales¬tra para poner término a la disputa con lo que se llama juicio de Dios. Reunidos los dos reyes, y el rey de España para ser testigo de la dispu¬ta y juzgarla, apareció el campeón francés; mas era tan temible, que nuestros caballeros ingleses se nega¬ron a medir sus armas con él. Así el asunto, que era muy grave, estu¬vo a punto de resolverse contra el monarca inglés por falta de cam¬peón. En la Torre se hallaba lord De Courcy, el más poderoso brazo de Inglaterra, despojado de sus ho¬nores y posesiones, y consumiendo¬se en largo cautiverio. Apelóse a él, que accedió y compareció armado para el combate; mas no bien divisó el francés su recio cuerpo y oyó su famoso nombre, huyó a escape, y la causa del rey de Francia quedó perdida. El rey Juan devolvió a De Courcy sus títulos y posesiones, y le dijo: “Manifiéstame tu deseo y lo conseguirás, aunque me cueste la mi¬tad de mi reino.” A lo que De Cour¬cy, de hinojos como yo estoy ahora, contestó: “Pido, pues, solo una cosa., señor mío, y es que yo y mis des¬cendientes tengamos y conservemos el privilegio de permanecer cubier¬tos en presencia del rey de Ingla¬terra mientras su trono perdure.” Concedióse la gracia como Vuestra Majestad sabe; y como en estos cua¬trocientos años no ha habido nunca un momento en que la familia haya carecido de herederos, hasta el día de hoy el jefe de la antigua casa tiene aún el sombrero o el yelmo puesto ante la majestad del rey, sin impedimento alguno, y nadie más puede hacerlo. Invocando este pre¬cedente en ayuda de mi ruego, su¬plico al rey que me conceda esta gracia y privilegio ––para más que suficiente recompensa mía–– y nin¬guna otra cosa, a saber: que yo y mis herederos para siempre poda¬mos sentarnos en presencia, de Su Majestad el rey de Inglaterra.
Levantaos, sir Miles Hendon, caballero ––dijo gravemente el rey dándole el espaldarazo con la espa¬da de Hendon––. Levantaos y sen¬taos. Tu petición queda concedida. Mientras subsista Inglaterra y per¬dure la corona, no caducará tu pri¬vilegio.
Apartóse Su Majestad meditan¬do y Hendon se dejó caer en una silla junto a la mesa, diciéndose:
“Ha sido una feliz idea, que me ha traído un gran consuelo, porque tenía ya las piernas fatigadísimas. Si esto no se me hubiera ocurrido, acaso habría tenido que estar en pie semanas enteras, hasta que se cure el seso mi pobre muchacho.”
Después de lo cual prosiguió di¬ciéndose:
“Heme aquí convertido en caba¬llero del Reino de los Sueños y de las Sombras. Es una situación pere¬grina y extraña en verdad para un hombre tan positivo como yo. No quiero reírme, de ninguna manera, ¡Dios me libre!, porque esta, que para mí es tan falto de substancia, es real para él. Y para mí en cierto modo tampoco es una falsedad, por¬que refleja verdaderamente el espí¬ritu dulce y generoso de este chi¬co.” Y terminó, después de una pausa: “¡Ah! ¡Si me llamara con mi hermoso título delante de gen¬tes! ¡Qué singular contraste entre mi gloria y mi porte! Pero no me importa: llámeme como quiera y como le agrade, que yo estaré con¬tento.”

CAPÍTULO XIII

LA DESAPARICIÓN DEL PRINCIPE

Pronto invadió a ambos camara¬das una pesada somnolencia. Dijo el rey, refiriéndose a sus vestidos: Quítame estos andrajos.
Hendon desnudó al niño sin di¬sentir, ni proferir una palabra, lo arropó en el lecho y miró en tomo del aposento, diciéndose, condolido:
“Me ha vuelto a quitar la cama como antes... ¿Qué hago yo aho¬ra,?”
El reyecito observó su perplejidad y la disipó con unas palabras, di¬ciendo soñoliento:
Tú dormirás atravesado en la puerta y la guardarás.
Y un momento después se habían desvanecido todas sus desazones en un profundísimo sueño.
“Corazón sencillo; debería haber nacido ––se dijo Hendon lleno de admiración––.  Representa su pa¬pel a maravilla.”
Y después se tendió en el suelo al través de la puerta, diciendo con contento:
––Peor lecho he tenido en estos siete años. Ponerle reparos a esto sería una ingratitud para El de arri¬ba.
Cayó dormido cuando apuntaba el alba, y hacia el mediodía se le¬vantó, destapó con el mayor cuida¬do a su dormido pupilo y con un bramante le tomó medidas. El rey despertó en el momento de termi¬nar Miles su obra; quejóse de frío y le preguntó qué era lo que estaba haciendo.
––Hecho está ya, señor mío ––contestó Hendon––. Tengo que¬hacer fuera, pero no tardaré en vol¬ver. Duérmete otra vez, que lo has menester. Déjame que te cubra tam¬bién la cabeza. Así entrarás más pronto en calor.
Antes de terminar Hendon estas palabras el rey estaba de nuevo en el país de los sueños. Miles salió sin hacer ruido y volvió a entrar, también de puntillas, a los treinta minutos, con un traje de segunda mano, completo, de niño, de tela barata y mostrando señales de uso, pero limpio y apropiado a la esta¬ción del año. Sentóse y empezó a examinar su compra, diciéndose en¬tre dientes:
––Una escarcela mejor provista habría comprado cosa mejor, pero cuando ella está medio vacía, debe uno contentarse con lo que hay...

 Vivía en nuestra ciudad una mujer...
En nuestra ciudad ella moraba

“Parece que se ha movido... Ten¬dré que cantar en clave no tan alta. No estaría bien turbar su sueño con la jornada que le espera, pobre mu¬chacho... Esta prenda está bastan¬te bien ... Con una puntada aquí y otra allá, quedará adecuada. Esta otra es mejor, si bien no le ven¬drán mal tampoco unas cuantas puntadas. Estos zapatos están de muy buen uso, y con ellos tendrá los piececitos secos y calientes. Son cosa nueva para él, pues sin duda está acostumbrado a ir descalzo, lo mis¬mo en los veranos que en los in¬viernos... ¡Ojalá que el hilo fuera pan! ¡Con cuán poco dinero se compra lo necesario para un año! Y además, le dan a uno de balde una aguja tan brava y grande como ésta solo por caridad. Ahora me va a costar un demonio enhebrarla.”
Y así fue. Como han hecho siem¬pre los hombres, y como harán pro¬bablemente hasta el final de los tiempos, Hendon mantuvo la aguja quieta y trató de pasar la hebra por su ojo, es decir, al revés de como lo hacen las mujeres. Una y otra vez el hilo erró el blanco, pasando ora a un lado de la aguja ora al otro, y en ocasiones doblándose; pero era paciente, pues más de una vez en su vida de campaña había experimentado dificultades semejan¬tes. Por fin enhebró la aguja, tomó la prenda que le estaba esperando, se la puso sobre las rodillas y em¬pezó su trabajo.
––La posada está pagada, inclu¬yendo el desayuno que ha de venir, y aún me queda lo bastante para comprar un par de burros y sufra¬gar nuestros despendios menudos en los dos o tres días que han de me¬diar hasta que lleguemos a la abun¬dancia que nos espera en Hendon Hall.

Que amaba a su ma...

––¡Caramba! Me he clavado la aguja en la uña... No importa. Esto no es novedad, pero no me hace gracia tampoco... Allí estare¬mos muy alegres, pequeño, no lo dudes; Tus trastornos desaparecerán y tu destemplanza lo mismo.

Que amaba a su marido con pasión,
Mas otro hombre...

––¡Éstas sí que son unas punta¬das magníficas! ––exclamó levantan¬do el vestido y contemplándolo con admiración––. Tienen una grandeza y una majestad, que a su lado esas pobres puntaditas del sastre son miserables y plebeyas.

Que amaba a su marido con pasión,
Mas otro hombre...

––¡Ea! Ya está. Es un trabajo de primera, y hecho con sobrada rapi¬dez. Ahora voy a despertarlo, lo vestiré, le echaré agua, le daré de comer, nos iremos al mercado junto a la posada del Tabardo de South¬wark, y... Dignaos levantaros, se¬ñor... ¡No responde! ¿Qué es esto? No tendré más remedio que profa¬nar su sagrado cuerpo tocándolo, puesto que su sueño es sordo a mis palabras. ¡Qué!
Jaló las mantas. El niño había desaparecido.
El soldado miró un momento a su alrededor sin que su asombro pu¬diera expresarse en palabras. Por primera vez observó que también faltaban las andrajosas ropas de su pupilo, y entonces empezó a echar juramentos y a llamar furioso al posadero.
––¡Habla, aborto de Satanás, o es llegada tu última hora! ––––rugió el soldado, dando tan salvaje salto hacia el mozo, que éste perdió unos instantes el habla, de espanto y sor¬presa––. ¿Dónde está el muchacho?
Con entrecortadas y temblorosas palabras dio el criado la informa¬ción que sé le pedía.
––Apenas habías salido de aquí, señor, cuando llegó un mozalbete corriendo y dijo que vuestra volun¬tad era que el muchacho fuera a reunirse con vos en el extremo del puente, por el lado de Southwark. Yo lo traje aquí, y cuando despertó el niño y le di el recado, gruñó un poco, porque lo despertaban “tan temprano”, como él dijo, pero al punto se puso sus harapos y se fue con el mozalbete, diciendo que me¬jor habría sido que vos hubiérais venido en persona en vez de enviar a un extraño; y así... .
¡Y así que eres un imbécii, un necio incapaz! ¡Maldita sea toda tu casta! Pero acaso no haya en ello nada majo. Quizá no se proponen hacerle daño. Voy en su busca. Pre¬para la mesa. ¡Espérate! Las ropas de la cama estaban puestas como si taparan a alguien. ¿Ha sido casua¬lidad?
No lo sé, señor. Yo he visto que el mozalbete andaba removién¬dolas; quiero decir, el que ha venido por el niño.
––¡Truenos y centellas! Lo han hecho para engañarme, está claro que se proponían ganar tiempo. Es¬cucha. ¿Venía solo el mozalbete?
––Completamente solo, señor.
––¿Estás seguro?
––Segurísimo.
––Piénsalo bien. Haz memoria. Tómalo con calma.
Después de un momento de me¬ditar, dijo el criado:
––Cuando llegó no venía nadie con él;. pero ahora recuerdo que al salir los dos y meterse entre la mu¬chedumbre del puente, un hombre mal encarado ha salido de un sitio cercano, y cuando se unían a ellos...
––¡Y después qué! ¡Saca fuera lo que sabes! ––estalló la impaciencia de Hendon interrumpiéndole.
––En aquel momento se confun¬dieron entre la gente y desaparecie¬ron, y no vi mas porque me llamó el amo, que estaba furioso porque se le había olvidado la carne encar¬gada por el escribano; aunque yo tomo a todos los santos por testigos de que el reñirme por el olvido fue¬ra como llevar a juicio un niño antes de nacer, por pecados come...
––¡Quítate de mi vista,    idiota! ¡Tus sandeces me vuelven loco! ¡Es¬pera! ¿Adónde vas? ¿No puedes aguardar un instante? ¿Se fueron hacia Southwark?
––Así es, señor. Porque, como he dicho antes respecto de esa mal¬dita carne, el niño que no ha nacido no tiene más culpa que...
––¿Aún estás aquí? ¿Y charlando todavía? ¡Vete, si no quieres que te estrangule!
El servidor desapareció. Hendon salió tras él, pasó por su lado y bajó la escalera de dos en dos peldaños refunfuñando:
Ha sido ese maldito villano que pretendía ser su padre. ¡Te he per¬dido, pobrecillo! Es un pensamiento muy amargo. ¡Tanto como había llegado ya a quererte! ¡No! ¡Por vida del infierno, no te he perdido! No te he perdido, porque registraré todo el país hasta que vuelva a en¬contrarte. ¡Pobre niño! Allá queda su desayuno... y el mío, pero ya no tengo hambre: así, que se lo coman los ratones. ¡Aprisa, aprisa, eso es!
Mientras rápidamente se abría paso por entre la ruidosa muche¬dumbre que llenaba el puente, se dijo varias veces, aferrándose a esa idea como si fuera especialmente placentera:
––Ha gruñido, pero se ha ido... Se ha ido, sí, porque ha creído que se lo pedía Miles Hendon. . . ¡Po¬bre muchacho! ¡No lo habría hecho por otro, lo sé muy bien!

CAPÍTULO XIV

¡EL REY HA MUERTO! ¡VIVA EL REY!

Al romper el alba aquella misma mañana, Tom Canty se estremeció al salir de un profundo sueño y abrió los ojos en la oscuridad. Per¬maneció en silencio unos instantes, tratando de analizar sus confusos pensamientos e impresiones, y de po¬nerlos en orden; de pronto estalló con voz arrebatada, pero sofocada:
––Lo veo claro, lo veo claro. Loa¬do sea Dios, que por fin estoy des¬pierto. ¡Ven, alegría! ¡Huye, pesar! ¡Hola, Nan! ,¡Bet! Sacudid la paja y venid a mi lado para que haga penetrar en vuestros incrédulos oí¬dos el sueño más insólito que han evocado jamás los espíritus de la noche para dejar pasmada el alma de un hombre. ¡Hola, Nan! ¡Digo! ¡Bet!
Una vaga forma apareció a su lado y una voz le dijo:
––¿Te dignas darme tus órdenes?
––¡Mis órdenes! ¡Ah, Dios mío! Conozco tu voz. Habla. ¿Quién soy yo?
––¿Tú? A fe mía que anoche eras el Príncipe de Gales; hoy eres su graciosa Majestad, el rey Eduardo de Inglaterra. `
Tom enterró la cabeza en la al¬mohada y dijo con voz plañidera:
––¡Ay de mí! No era un sueño. Ve a descansar, buen señor, y déja¬me con mis penas.
Durmióse Tom de nuevo, y al cabo de un rato tuvo este agrada¬ble sueño. Soñó que era verano y que estaba jugando en la hermosa pradera llamada Goodman's Fields, cuando un enano de sólo un pie de estatura, con largas barbas rojas y enorme joroba, se le apareció de pronto y le dijo: ––Cava junto a este tronco––. Hízolo así y se en¬contró doce peniques nuevos y re¬lucientes, una riqueza asombrosa. Pero no fue esto lo mejor, porque el enano le dijo:
––Te conozco. Eres un muchacho bueno y todo lo mereces. Terminaron tus desazones, porque ha llega¬do la hora de tu recompensa. Cava aquí cada siete días y siempre en¬contrarás el mismo tesoro: doce pe¬niques nuevos y brillantes. No se lo digas a nadie y guarda el secreto.
Cuando desapareció el enano, Tom voló a Offal Court con su pre¬mio, diciéndose: ––Cada noche daré un penique a mi padre. Él creerá que me lo han dado de limosna, se alegrará su corazón y no me pegará más. Cada semana daré un penique al buen sacerdote que me enseñó cuanto sé; y para mi madre, Bet y Nan, serán los otras cuatro. Se aca¬baron el hambre y los harapos, se acabaron los temores, los apuros y los malos tratos.
En sueños llegó a su sórdido ho¬gar, respirando apenas, pero con los ojos brillantes de agradecido entu¬siasmo. Echó cuatro peniques en el regazo de su madre y exclamó:
––Son para ti todos ellos. Para ti y para Nan y Bet. Y lo he ganado honradamente, no mendigando ni ro¬bando.
La dichosa y asombrada madre lo estrechó contra su corazón y excla¬mó:
––Se hace tarde. ¿Le placerá a Vuestra Majestad levantarse?
¡Ah! No era ésta la respuesta que Tom esperaba.
Estaba despierto. Abrió los ojos y vio arrodillado junto a su lecho al primer lord de la cámara, ricamente vestido. La belleza del sueño desva¬necióse y el pobre muchacho cono¬ció que era cautivo y rey. La es¬tancia estaba llena de cortesanos con capas de púrpura ––el color de luto–––– y de nobles servidores del monarca. Tom se sentó en la cama, y por entre las gruesas cortinas de seda miró tan selecta compañía.
Comenzó el grave asunto del ves¬tirse, y un cortesano tras otro fue¬ron arrodillándose para rendir ho¬menaje y, ofrecer al niño rey su pésame por la irreparable pérdida, mientras seguían vistiéndole. Al prin¬cipio él primer escudero del servicio tomó una camisa, que pasó al pri¬mer lord de las jaurías, quien la pasó al guarda mayor del bosque de Windsor, quien la pasó al tercer lacayo de la Estola, quien la pasó al canciller real del ducado de Lan¬cárter, quien la pasó al jefe dei guardarropa, quien la pasó a uno de los heraldos, quien la pasó al condestable de la Torre, quien la pasó al mayordomo jefe de servicio, quien la pasó al gran mantelero he¬reditario, quien la pasó al lord gran almirante de Inglaterra, quien la pasó al arzobispo de Cantorbery, quien la pasó al primer lord de la cámara, el cual tomó lo que que¬daba de ella y se lo puso a Tom. ¡Pobre muchachito!, la escena le recordó la cuerda de cubos en un incendio.
Cada prenda a su turno tuvo que pasar por este lento y solemne ca¬mino, y, consecuentemente, Tom se aburrió de lo lindo con la ceremo¬nia. Tanto se aburrió, que experi¬mentó casi un sentimiento de grati¬tud cuando al fin vio que sus largas medias de seda comenzaban a lle¬gar a lo largo de aquella fila, y se dijo, que se aproximaba el fin de este ceremonial. Pero se alegró de¬masiado, pronto. El primer lord de la cámara recibió las medias y se dis¬ponía a cubrir con ellas las piernas de Toro, cuando asomó a su rostro un rubor repentino y apresurada¬mente las devolvió a las manos del arzobispo de Cantorbery, con expre¬sión de asombro, y susurró: ––Mi¬rad, milord ––señalando algo rela¬cionado con las medias. El arzobispo palideció, se puso colorado y pasó las medias al lord gran almirante, cuchicheando: ––Vea, milord––. Las medias volvieron a recorrer toda la fila, pasando por el primer mayor¬domo del servicio, el condestable de la Torre, uno de los tres heraldos, el jefe del guardarropa, el.canciller real del ducado de Lancáster, el tercer lacayo de la Estola, el guarda mayor, del bosque de Windsor, el segundo caballero de cámara, el pri¬mer lord de las jaurías ––siempre con el acompañamiento de la frase de asombro y susto: ––Ved, mi¬lord––, hasta que finalmente llegaron a manos del primer escudero del servicio, quien miró un momento con desencajado semblante lo que había dado origen al incidente y susurró con bronca voz: ––¡Por mi vida! ¡Se ha escapado un punto! ¡A la Torre con el custodio mayor de las medias del rey! ––Después de lo cual se apoyó en el hombro del pri¬mer lord de las jaurías para reco¬brar las perdidas fuerzas, mientras traían otras medias nuevas sin carre¬ra ninguna.
Pero todas estas cosas habían de tener un fin, y así, con el tiempo, Tom Canty se halló en estado de saltar de la cama. El funcionario destinado al efecto echó el agua, el funcionario destinado al efecto diri¬gió la operación, el elevado funcio¬nario destinado al efecto apercibió una toalla, y al cabo Tom pasó sin detrimento por la etapa purificadora y quedó listo para recibir los servi¬cios del peluquero real. Cuando, por fin, salió de las manos de este maestro, ofrecía una graciosa figu¬ra, tan linda como la de una don¬cella, con su capa y su trusa de raso púrpura y su gorra con pluma del mismo color. Se dirigió con toda pompa al aposento del desayuno, pa¬sando en medió de su séquito de cortesanos, y a su tránsito éstos re¬trocedían abriendo calle y doblaban la rodilla.
Después del desayuno fue condu¬cido con regia pompa y acompañado de los grandes dignatarios y de su guardia de cincuenta caballeros pen¬sionistas, que llevaban hachas de combate doradas, al salón del trono, donde comenzó a despachar los ne¬gocios de Estado. Su “tío” lord Hertford, se puso junto al trono para ayudar con buenos consejos a la mente regia. Comparecieron el cuerpo de los ilustres próceres nom¬brados albaceas por el fenecido rey, para pedir la aprobación de Tom a ciertos actos, más bien por ceremo¬nia, si bien no lo era enteramente, puesta que aún no existía Protector. El arzobispo de Cantorbery dio cuen¬ta del decreto del consejo de alba¬ceas referente a las exequias de su difunta majestad y terminó par leer las firmas de los albaceas, a saber: el arzobispo de Cantorbery, el lord canciller de Inglaterra, Guillermo lord St. John, Juan lord Russell, Eduardo conde de Hertford, Juan vizconde de Lisle, Cuthbert, obispo de Durham...
Tom no prestaba atención, pues una de las primeras cláusulas del documento le tenía perplejo. En este punto, dijo en voz baja a lord Hert¬ford:
––¿Qué día han dicho que fijaban para el entierro?
––––El 16 del mes que viene, ma¬jestad.
––¡Qué locura! ¿Se conservará?
¡Pobre muchacho! Aún era no¬vato en las costumbres de la realeza y estaba acostumbrado a ver que a las pobres muertos de Offal Court los enterraban con una prisa muy dis¬tinta. Sin embargo, lord Hertford lo tranquilizó con unas palabras.
Un secretario de Estado presentó una orden del consejo señalando el día siguiente a las once de la mañana para la recepción de los em¬bajadores extranjeros, y solicitó el asentimiento del rey.
Tom dirigió una mirada interro¬gadora a Hertford, quien murmuró:
––Vuestra Majestad debe dar su consentimiento. Vienen a manifes¬tar el dolor de sus reales amos por la gran desgracia que ha caído sobre Vuestra Majestad y sobre el reino de Inglaterra.
Hizo Tom lo que le pedían.
Otro secretario de atado empezó a leer un preámbulo concerniente a los gastos de la casa del difunto rey, que habían ascendido a veintiocho mil libras durante los seis meses an¬teriores; cantidad tan grande que dejó a Tom estupefacto; y aún más cuando se enteró de que veinte mil libras estaban aún pendientes de pago, y lo mismo fue cuando apare¬ció que las arcas del rey estaban a punto de quedarse vacías y sus mil doscientos criados en apuros por la falta de pago de los salarios que les debían. Tom dijo con vivo te¬mor:
––Es evidente que iremos a la miseria. Es necesario y pertinente que tomemos una casa más peque¬ña y despidamos a los criados, ya que no sirven más que para ocasio¬nar retrasos y para molestarle a uno con memoriales que conturban el espíritu y avergüenzan el alma, pues sólo son a propósito para una mu¬ñeca sin cabeza ni manos, o que no sepa servirse de ellas. Ahora me acuerdo de una casita que hay frente a la pescadería en Billingsgate...
Una fuerte presión en el brazo de Tom interrumpió sus palabras y le hizo sonrojarse, pero ninguno de los presentes dio muestras de haberse fijado en el extraño discurso del monarca.
Un secretario dio cuenta de que en atención a que el difunto rey había dispuesto en su testamento que se otorgara el título de duque al conde de Hertford y se elevara a su hermano, sir Thomas Seymour, a la dignidad de par, y al hijo de Hertford a un condado, junto con parecidas mercedes a otros grandes servidores de la corona, el consejo había resuelto celebrar sesión el 16 de febrero para la entrega y confir¬mación de tales honores, y que en¬tretanto, no habiendo designado el difunto rey por escrito sumas con¬venientes para el sostenimiento de tales dignidades, el Consejo, que co¬nocía sus deseos particulares a este respecto, había creído conveniente otorgar a Seymour “quinientas libras de tierra”, al hijo de Hertford “ocho¬cientos libras de tierra”, con más de “trescientas libras de tierras del primer obispado que quedara vacan¬te”, si a ello accedía Su Majestad reinante.
Iba Tom a decir algo referente a la conveniencia de empezar por el pago de las deudas del difunto rey antes de despilfarrar todo aquel di¬nero, pero un oportuno apretón del previsor Hertford en su brazo le evitó tal locura; y el niño dio su asenso real sin comentario alguno, mas no sin cierto disgusto que mos¬tró su rostro. Mientras reflexionaba sobre la facilidad con que estaba haciendo milagros extraños y sor¬prendentes, cruzó por su cabeza una idea feliz. Por que no hacer a su madre duquesa de Offal Court y darle Estado. Pero al momento bo¬rró esta idea un triste pensamiento. Él no era más que, rey de nombre, pues aquellos graves veteranos grandes nobles eran sus amos. Como para ellos su madre no era sino crea¬ción de una mente enferma, no ha¬rían más que escuchar su proyecto con incredulidad y en seguida man¬darían por el médico.
Tediosamente prosiguió el aburri¬do trabajo. Leyéronle memoriales, proclamas, patentes y toda clase de papeles fatigosos, formulistas y can¬cillerescos, relativos a los negocios públicos; y por fin Tom suspiró patéticamente diciéndose:
––¿Qué ofensa habré cometido para que Dios me haya privado de la campiña, del aire libre y de la luz del sol para encerrarme aquí y hacerme rey y afligirme de esta suerte?
Por fin su pobre mente embrolla¬da hizo que cabeceara, e inclinó la cabeza sobre un hombro. Y los ne¬gocios del reino quedaron suspen¬didos por falta de un augusto factor, el poder de ratificación. Sobrevi¬no el silencio en torno del dormido niño y los sabios del reino cesaron en sus deliberaciones.
Durante el mediodía, Tom pasó unas horas deliciosas, previa la ve¬nia de sus custodios Hertford y St. John, en compañía de la princesa Isabel y la pequeña lady Juana Grey, aunque el ánimo de ambas estaba harto abatido por el gran golpe que había caído sobre la casa real. Al final de la visita, su “hermana ma¬yor” ––que fue después la “María la Sanguinaria” de la historia–– le dejó frío con una solemne entrevista que no tuvo sino un mérito a los ojos del niño: su brevedad. Permaneció Tom unos momentos solo y luego fue admitido a su presencia un niño de unos doce años, cuyo vestido, salvo la blanca gorguera y los en¬cajes de las muñecas, era negro; justillo, medias y todo lo demás. No llevaba otra señal de luto que un lazo de cinta morada en el hombro. El niño avanzó titubeando, con la cabeza inclinada y desnuda, e hincó una rodilla delante de Tom. Éste lo contempló un momento y después le dijo:
––Levántate, muchacho. ¿Quién eres y qué deseas?
Levantóse el niño con graciosa soltura, pero con expresión atemo¬rizada en el semblante, y dijo:
––Con certeza debes recordarme, señor. Soy tu “niño-azotes”.
––¿Mi niño-azotes?
––El mismo, señor. Soy Hum¬phrey... Humphrey Marlow. Apercibióse Tom de que éste era alguno sobre el que sus guardianes deberían haberle informado. La si¬tuación era delicada. ¿Qué haría? Dar a entender que conocía a aquel chico, y después demostrar a las primeras palabras que no lo había visto nunca antes. No; esto no podía suceder. En su ayuda vino una idea. Trances como aquél podíán ocurrirle con bastante frecuencia, cuando la urgencia de los negocios separara, como a menudo separaría, de su lado a Hertford y a St. John, que eran miembros del consejo de albaceas. Por consiguiente, acaso convendría idear por sí mismo un plan para hacer frente a tales con¬tingencias. Sí; sería una sabia idea. Haría la prueba con aquel niño y vería hasta qué punto podía salir airoso. Así, se pasó la mano por la frente con actitud de perplejidad, y dijo:
––Ahora me parece recordarte, pero mi cabeza está tan trastornada por el dolor...
––¡Ah, mi pobre señor! ––excla¬mó el “niño-azotes” con verdadero sentimiento. Y añadió para sí: ––¡Po¬brecito! Era verdad lo que decían, que se ha vuelto loco. Pero infeliz de mí, que ya se me olvidaba. Me han dicho que está prohibido apa¬rentar que se ha dado uno cuenta de ello.
––Es extraño cómo me falla la memoria estos días ––dijo Tom––. Pero no te preocupes... Ya me voy corrigiendo. A veces un indicio cual¬quiera basta para recordarme las cosas y los nombres que se me ha¬bían olvidado. (Y no sólo ésos, a fe mía, sino hasta los que no he oído nunca..., como verá este chi¬co.) Despacha tu asunto.
––Es cosa de poca monta, señor, pero lo mencionaré si Vuestra Ma¬jestad me permite. Dos días ha, cuando Vuestra Majestad se equi¬vocó tres veces en griego..., en la lección de la mañana... ¿Recuer¬da?
––Sí; me parece que sí. (Y no miento mucho... Si yo me hubie¬ra metido con el griego no habría cometido tres faltas, sino cuarenta.) Sí, sí, ahora recuerdo.
––El profesor, airado por lo que llamaba vuestra incuria y dejadez, prometió que me azotaría de firme por ellas, y...
––¿Azotarte a ti? ––exclamó Tom asombrado hasta perder la presen¬cia de ánimo––. ¿Por qué te han de azotar a ti por faltas mías?
––¡Ah! Vuestra Majestad olvida otra vez. Siempre me azotan cuan¬do Vuestra Majestad no sabe la lección.
––Cierto, cierto. Se me olvidaba. Tú me enseñas en privado..., y si se me olvida, él dice que ejerces tu oficio mal...
––¡Oh, mi señor! ¿Qué palabras son ésas? ¿Yo, el más humilde de vuestros criados, podría presumir de enseñaros a vos?
––¿Entonces qué te pueden repro¬char? ¿Qué enigma es éste? ¿Me he vuelto yo loco, o el loco eres tú? Cuéntame, expláyate.
––Pero, su buena Majestad, nada hay que necesite explicación. Nadie puede poner, sus manos en la sagra¬da persona del Príncipe de Gales; por consiguiente, cuando él falla, los golpes me los llevo yo, y eso es lo justo y lo conveniente, porque éste es mi oficio y mi manera de vivir.8

8. EL  “NIÑO_AZOTES”
Jáime I y Carlos II tuvieran “niño-azotes” cuando eran pequeños, para que soportasen los castigos en su lugar cuando no sabían bien las lecciones; por eso me he aventurado a proporcionar una a mi pequeño príncipe para mis propios propósitos.

Tom se quedó mirando al mu¬chacho y diciéndose:
––Ésta es cosa peregrina, una ex¬traña y curiosa profesión. Me mara¬villa que no hayan contratado a un muchacho para que se peine y se vista por mí ––¡ojalá lo hicieran!––. Si lo hicieran sería capaz de llevar¬me los azotes en persona, y daría gracias a Dios por el cambio.
Y prosiguió en voz alta:
––¿Y te han pegado, pobre ami¬go, conforme a la promesa?
––No, señor. Mi castigo fue seña¬lado para el día de hoy, y por for¬tuna será levantado, por no ser pro¬pio de los días de luto que han caído sobre nosotros. Yo lo se, y por eso me he atrevido a venir para recordar a Vuestra Majestad su graciosa promesa de interceder en mi favor..
––¿Con el maestro, para salvarte de los azotes?
––¡Ah! ¿Lo recuerda Vuestra Ma¬jestad?
––Ya ves que mi memoria se en¬mienda. Tranquilízate, que yo cui¬daré de que tu espalda quede libre del castigo.
¡Oh! ¡Gracias, mi buen señor! ––exclamó el niño hincando de nue¬vo la rodilla––. Tal vez he ido de¬masiado lejos, y no, obstante...
Al ver que Humphrey vacilaba, Tom lo animó diciéndole que estaba “en vena de gracias”.
––Entonces lo diré, porque ello está muy cerca, de mi corazón. Pues¬to que no sois ya Príncipe de Gales, sino rey, podréis ordenarlos todo como queráis, sin que nadie os diga que no. Por lo tanto, no es razón que os incomodéis más tiempo con abu¬rridos estudios, sino que queméis los libros y ocupéis vuestro espíritu en cosas menos tediosas. Pero así yo quedaré arruinado, y mis pobres hermanas huérfanas conmigo.
¿Arruinado? Por favor, dime cómo.
––Mis espaldas son mi pan, mi buen señor. Si quedan ociosas, mo¬riré de hambre. Si vos cesáis de estudiar, habré perdido mi empleo, pues no necesitaréis niño-azotes. ¡No me despidáis!
Esta patética angustia conmovió a Tom profundamente. Con regio arranque de generosidad dijo:
––No te desconsueles más, mu¬chacho. Tu oficio será permanente en ti y tu especialidad tuya siempre.
Luego dio al niño un golpecito en el hombro con lo plano de la espada, exclamando:
––Levántate, Humphrey Marlow, Gran Niño-Azotes Hereditario de la casa real de Inglaterra. Borra tus pesares. Yo volveré a mis libros y estudiaré tan mal, que en justicia tendrán que triplicarte el salario: ¡de tal manera aumentará el nego¬cio de tu oficio!
El agradecido Humphrey respon¬dió fervorosamente.
––¡Gracias, tú, el más noble de los señores! Tu generosidad de prín¬cipe sobrepuja a los sueños de la fortuna. Ahora seré feliz por el res¬to de mis días, y toda la casa de Marlow después de mí.
Como Tom tenía bastante inge¬nio para comprender que era un muchacho que le podría ser útil, animó a Humphrey a que siguiera hablando, y el chico no se hizo de mucho rogar, pues estaba encanta¬do creyendo que ayudaba a la “cu¬ra” de Tom, porque siempre, tan pronto como había tratado de re¬córdar la perturbada mente los dife¬rentes pormenores de su experiencia y aventuras en la real sala de escue¬la y en los demás sitios del palacio, observaba que Su Majestad “recor¬daba” las circunstancias con toda claridad. Al cabo de una hora, Tom se halló en posesión de muy valiosa información sobre personajes y asuntos de la corte y así resolvió abre¬varse a diario en aquella fuente. A este fin daría orden de que admi¬tieran a Humphrey a su regia pre¬sencia cada vez que llegara, siempre que la Majestad de Inglaterra no estuviera ocupada con otras gentes.
Apenas había despedido a Hum¬phrey, cuando entró lord Hertford con más zozobras para Tom.
Dijole que los lores del consejo, temiendo que algún informe exage¬rado de la deteriorada salud del rey pudiera haberse filtrado y divulga¬do, consideraban prudente y mejor que Su Majestad comenzara a co¬mer en público al cabo de uno o dos días, pues su tez sana y su buen porte, y su andar firme, ayudado por un reposo de su talante y bue¬nas maneras y por la gracia de sus gestos, tranquilizaría el sentir gene¬ral, en caso de que se hubieran di¬fundido graves rumores, mejor que cualquier otra cosa que pudiera dis¬currirse.
Procedió luego el conde con mu¬cha delicadeza a instruir a Tom en los usos propios de las ceremonias de Estado, con el pretexto de “re¬cordarle” cosas que él ya sabía; pero con gran satisfacción suya ob¬servo que Tom necesitaba muy poca ayuda en ese terreno, ya que se ha¬bía valido de Humphrey, el cual le había dicho que a los pocos días tendría que empezar a comer en público, cosa que el muchacho sabía por murmuraciones de la corte. Pero Tom guardó para sí estos hechos.
Viendo tan mejorada la memoria real, el conde se aventuró a hacer unas cuantas pruebas; como quien no quiere la cosa, para averiguar hasta dónde había llegado la me¬joría. Los resultados fueron felices en los puntos en que subsistía la huella de Humphrey, y en el todo, el conde se sintió muy complacido y animado. Tanto lo estaba, que to¬mando la palabra dijo con voz lle¬na de esperanza:
––Ahora estoy convencido de que si Vuestra Majestad se digna poner un poco más a prueba su memoria, resolverá el enigma del gran sello; una pérdida que fue ayer de impor¬tancia, aunque ya no la tiene hoy, puesto que sus servicios terminaron con la vida de nuestro difunto rey. ¿Quiere Vuestra Majestad dignarse hacer el experimento?
Tom quedóse en babia, porque el gran sello era un objeto del que él no tenía el menor conocimiento. Después de un momento de titu¬bear, levantó inocentemente la vista y preguntó:
––¿Cómo era, milord?
El conde se sobresaltó casi im¬perceptiblemente, diciéndose:
—Su juicio divaga otra vez: Ha sido mala cosa ponerlo a prueba. Y con disimulo encauzó la con¬versación hacia otros temas, con el propósito de apartar el desdichado sello de los pensamientos de Tom, propósito que consiguió fácilmente.

CAPÍTULO XV

TOM COMO REY

Al día siguiente llegaron los em¬bajadores extranjeros con sus mag¬níficos séquitos, y Tom los recibió sentado en su trono con debida ce¬remonia. El esplendor de la escena deleitó su vista y encendió su ima¬ginación, mas como la audiencia fue larga y tediosa, lo mismo que la mayoría de los discursos, lo que empezó como un placer, poco tardó en convertirse en aburrimiento y nostalgia. Tom decía de cuando en cuando las palabras que Hertford ponía en sus labios, y procuraba salir airoso; pero era demasiado no¬vato en tales asuntos y estaba harto desazonado para conseguir algo más que un mediano éxito. Aparentaba un porte bastante regio, pero su mente no alcanzaba a sentirse rey. Y fue grande su alegría cuando la ceremonia terminó.
La mayor parte de aquel día fue un día a pájaros, como él decía en su interior, en trabajos pertenecien¬tes a su real oficio. Aun las dos horas dedicadas a ciertos pasatiem¬pos y recreos regios, fueron para él más bien una carga que otra cosa, pues había sobra de restricciones y de ceremoniosas observancias. No obstante, pasó una hora, en privado, con el “niño-azotas”, la cual con¬sideró como una ganancia cierta, puesto que en ella obtuvo diversión, y a la vez, informes útiles.
El tercer día del reinado de Tom Canty llegó y transcurrió lo mismo que los otros; pera en cierto modo se despejó un algo la nube que en¬volvía al niño, el cual se sintió me¬nos incómodo que al principio. Iba poco a poco acostumbrándose a las circunstancias y al medio que le rodeaba. Dolíanle aún sus cadenas, pero no constantemente, y se daba cuenta de que la presencia y el ho¬menaje de los grandes le afligían y turbaban menos cada hora que pa¬saba.
A no ser por un solo temor habría mirado sin grave disgustó la proxi¬midad del día cuarto. Era aquel en que debía empezar a comer en pú¬blico. Habría asuntos más graves en el programa, porque tendría Tom que presidir un consejo en que ha¬bría de exponer sus miras y dictar sus órdenes respecto a la política que debería seguirse can vanas na¬ciones extranjeras, desperdigadas por todo el mundo; también sería elegi¬do oficialmente Hertford para el importante cargo de lord protector, y otras cosas notables estaban seña¬ladas; mas para Tom todo era in¬significante, comparado con la prue¬ba de tener que comer solo, ante una muchedumbre de ojos fijos en él y una multitud de bocas que cu¬chicheaban comentarios sobre sus actos y sus torpezas, si era tan des¬dichado que las cometiese.
Pero como nada podía detener la llegada del cuarto día, este vino y encontró alicaído y absorto al pobre Tom, que no podía sacudir su mal humor. Los deberes ordinarios de la mañana le aburrieron más de la cuenta, y una vez más experimentó la pesadumbre de su cautiverio.
Muy avanzado el día estuvo en una sala con una grande audiencia, conversando con el conde de Hertford, y esperando de muy mal ceño la hora señalada para la visita de gran número de encumbrados fun¬cionarios y cortesanos.
Al cabo de un rato, mientras Tom se había acercado a una ventana, pudo ver con interés la vida y el movimiento de la gran vía que pa¬saba junto a las puertas del palacio (y no con interés ocioso, sino con vehementísimo deseo de su corazón de tomar parte en su bullicio y libertad), de hombres, mujeres y ni¬ños de la más baja y pobre condi¬ción que se acercaban desordena¬damente por esa ancha vía.
––Quisiera saber qué es todo eso ––exclamó con toda la curiosidad de un niño ante tal acontecimiento.
––Eres el rey ––respondió solem¬nemente el conde con una reveren¬cia––. ¿Tengo tu venia para obrar?
––¡Oh, sí, con mil amores! ––ex¬clamó Tom con alegría. Y añadió para sí con viva satisfacción––: En verdad que el ser rey no es todo aburrimiento, pues conlleva sus com¬pensaciones y sus ventajas.
Llamó el conde a un paje y lo envió al capitán de la guardia con esta orden:
––¡Deténgase a la muchedumbre y pregúntese la causa de ese bulli¬cio! ¡De orden del rey!,
Unos segundos más tarde una lar¬ga procesión de guardias reales, cu¬biertos de deslumbrante acero, salió, por las puertas y se formó al través de la vía, frente a la multitud. Volvio un mensajero para decir que la turba iba siguiendo a un hombre, una mujer y una muchacha, que iban a ser ejecutados por delitos contra la paz y la dignidad del rei¬no.
¡La muerte y una muerte vio¬lenta–– para aquellos pobres desdi¬chados! Esta idea retorció las fibras del corazón, de Tom.
El sentimiento de la compasión se apoderó de él, con exclusión de to¬das las demás consideraciones. No pensó un momento en las leyes in¬fringidas ni en el dolor o el daño que aquéllos tres criminales habían ocasionado a su víctima. No pudo pensar, más que en el patíbulo y en el terrible destino que pendía sobre las cabezas de los condenados. Su interés le hizo olvidar por un mo¬mento que él no era sino la falsa sombra de un rey, no su esencia, y antes de darse cuenta profirió la orden:
––¡Traedlos aquí!
Púsose como escarlata y afloró a sus labios algo así como una excusa, pero, al observar que su orden no había provocado sorpresa en el con¬de ni en el paje de confianza, re¬primió las palabras que se disponía a pronunciar. El paje, de la manera mas natural, hizo una profunda re¬verencia y, andando de espaldas, salió de la cámara para dar la orden. Tom experimentó un sobresalto de orgullo, y al recordar su idea de las compensadoras ventajas que tenía el oficio real, se dijo:
––En verdad –– es lo que yo solía imaginar cuando leía los cuentos dei viejo sacerdote, y me figuraba ser príncipe, que dictaba leyes y daba órdenes a todo el mundo, diciendo: “Hágase esto, hágase lo otro”, sin que nadie se opusiera a mi volun¬tad.
Abriéronse entonces las puertas, fueron anunciados unos tras otros varios títulos sonoros, seguidos de los personajes que los poseían, y la estancia se llenó al punto de gente noble y distinguida. Pero Tom ape¬nas se dio cuenta de la presencia de aquellas personas, tan excitado esta¬ba y tan absorto en aquel otro asunto más interesante. Sentóse distraído en su sillón oficial y dirigió los ojos a la puerta, con señales de impaciente expectación; al ver lo cual los cir¬cunstantes no se permitieron pertur¬barlo, sino que empezaron a charlar unos con otros una entremezcla de negocios públicos y chismes.
Se oyó al cabo de un rato que se acercaban los mesurados pasos de hombres de armas, y los culpa¬dos entraron a la presencia del rey, custodiados por un alguacil y con una, escolta formada por un piquete de la guardia real. El funcionario civil dobló la rodilla delante del rey y se apartó a un lado. Los tres con¬denados arrodilláronse también, y así permanecieron, en tanto que la guardia se situaba detrás del sillón de Tom. Éste miró con curiosidad a los prisioneros. Algo del vestido o del mismo aspecto del reo había suscitado en él un vago recuerdo.
––Creo que he visto a ese hombre en otra ocasión, pero no puedo re¬cordar cómo ni cuándo.
En aquel momento el hombre le¬vantó de pronto la vista, y volvió a inclinar la cabeza, pues no le era posible soportar el imponente porte de la realeza; mas aquel breve vis¬tazo a su rostro fue bastante para Tom, que se dijo:
Ahora recuerdo. Sí, es el des¬conocido que sacó a Giles Witt del Támesis, y le salvó la vida aquel día tan crudo y tan ventoso de Año Nuevo; acción brava y valerosa. ¡Lástima que haya cometido otras que son bajas, hasta verse en este triste estado! No se me han olvi¬dado ni el día ni la hora, por razón de que poco después, al darlas once, la abuela Canty me dio una paliza de tal calibre y severidad, que to¬das las anteriores, y las que le si¬guieron, comparadas con ella, no fueron sino caricias y mimos.
Ordenó Tom que salieran un ins¬tante de su presencia la mujer y la niña, y luego se dirigió al alguacil diciéndole:
Buen caballero, ¿cuál es el de¬lito de este hombre?
Hincó una rodilla en tierra el interpelado, y respondió:
––Señor, ha quitado la vida, me¬diante veneno, a un súbdito de Vues¬tra Majestad.
La compasión de Tom por el preso y su admiración al valiente salvador de un niño que se ahogaba experimentaron tremendo golpe.
––¿Está probado el delito? ––pre¬guntó.
––Con toda evidencia, señor.
Suspiró Tom y dijo:
––Llévatelo, porque ha merecido la muerte. Es una lástima, pues era un corazón valeroso... Quiero de¬cir que tiene aspecto de eso.
El preso cruzó las manos con fuer¬za y las retorció desesperadamente, clamando al mismo tiempo al “rey” con desgarradas y grandes voces:
––¡Oh, mi señor y rey! Si puedes apiadarte de los perdidos, ten pie¬dad de mí. Soy inocente. Lo que me imputan no se ha probado ni mu¬cho menos. Pero no hablo de eso. Se ha dictado contra mí una senten¬cia, y no puede ser alterada; mas en mi desesperación te suplico una gracia, porque mi destino es peor de lo que puede imaginarse. ¡Una gracia, una gracia, oh, mi señor y rey! ¡Que tu regia compasión acce¬da a mi ruego! ¡Da orden de que me ahorquen!
Tom estaba asombrado. No era esto lo que él había previsto.
––Por mi vida que es extraña la gracia que pides. ¿No era ésa la muerte que te preparaban?
––¡Oh, mi señor! No era ésa. Se ha mandado que me hiervan vivo.
Esa horrenda sorpresa que con¬llevaban estas palabras, casi hizo saltar a Tom de su silla. En cuanto pudo recobrarse exclamó:
¡Se hará según tu voluntad, in¬feliz! ¡Aunque hubieras envenenado a cien hombres, no deberías sufrir tan miserable muerte!
El prisionero se inclinó hasta to¬car el suelo con el rostro, y estalló en frenéticas exclamaciones de gra¬titud, que terminaron de esta suerte:
Si alguna vez, lo que Dios no quiera, llegaras a conocer el infor¬tunio, ¡ojalá se recuerde y se recom¬pense tu bondad para conmigo en el día de hoy!
Tom se volvió al conde de Hert¬ford y le dijo:
––Milord, ¿es concebible que ha¬ya podido dictarse una sentencia tan feroz contra ese hombre?
––Ésa es la ley, señor, para los envenenadores: En Alemania los mo¬nederos falsos son hervidos en aceite hasta que mueren, pero no echán¬dolos de súbito, sino dejándolos caer poco a poco atados a una cuerda; primero los pies, luego las piernas, después...
––¡Oh! ¡No sigas, milord, te lo ruego!, ¡no puedo soportarlo! ––ex¬clamó Tom cubriéndose los ojos con las manos para apartar de sí la ho¬rrible escena––. Te ruega que orde¬nes que se cambie esa ley... ¡Que no haya más pobres criaturas so¬metidas a ese tormento!
El semblante del conde mostró profunda satisfacción, porque era hombre de impulsos generosos, cosa no muy frecuente en su clase en aquella edad feroz.
––Esas nobles palabras tuyas ––di¬jo–– han sellado la condena de esa ley. La historia lo recordará en ho¬nor de tu casa real.
El alguacil se disponía  a llevarse al preso, mas Tom le hizo un signo de que esperara y le dijo:
––Quiero enterarme mejor de este asunto. Dice ese hombre que su cri¬men no se le probó. Cuéntame lo que sepas de ello.
––Con la venia de Vuestra Ma¬jestad. En el juicio se demostró que ese hombre entró en una casa de la aldea de Islington, donde había un enfermo; tres testigos dicen que en¬tró a las diez de la mañana y otros dos que unos minutos más tarde. El enfermo estaba a la sazón solo y durmiendo. Ese hombre no tardó en salir y proseguir su camino. El enfermo murio al cabo de una ho¬ra, desgarrado por espasmos y es¬tremecimientos.
––¿Vio alguien cómo le daba el veneno? ¿Se ha encontrado el ve¬neno?
––Cabalmente, no, señor.
––Entonces, ¿cómo se sabe que murió envenenado?
––Porque los doctores atestigua¬ron que nadie muere de esos sínto¬mas sino por veneno.
Ésta era una prueba de gran peso en aquellos crédulos tiempos. Tom comprendió su formidable carácter y dijo:
––Los médicos saben su oficio. Digamos que tuvieran razón. El asunto presenta mal cariz para este pobre hombre.
––Pero no fue eso todo, Majestad. Hay más y peor. Muchos testifica¬ron que una bruja, que después des¬apareció de la aldea, nadie sabe adónde, vaticinó, y lo dijo en se¬creto a varias personas, que el en¬fermo moriría envenenado, y que, además, le daría el veneno un des¬conocido de pelo castaño y de ropas comunes y usadas; y así este preso respondía a la descripción. Dígnese Vuestra Majestad dar a esa circuns¬tancia el solemne peso que merece, en vista de que fue vaticinada.
Éste era un argumento de tre¬mendo peso en aquellos días de su¬perstición. Tom se dijo que no había más que hablar, y que, si de algo valían las pruebas, la culpa de aquel hombre estaba demostrada. Sin em¬bargo, ofreció una tabla de salvación al preso diciéndole:
––Si puedes alegar algo en tu favor, habla.
––Nada que pueda ser de prove¬cho señor. Soy inocente, mas no puedo demostrarlo. No tengo ami¬gos, pues si los tuviera podría pro¬bar que no estuve aquel día en Is¬lington. También podría demostrar que, a la hora que dicen, estaba a más de una legua de distancia, por¬que me hallaba en la Escalera Vieja de Wapping. Y aun podría demos¬trar que cuando dicen que estaba quitando una vida, estaba salván¬dola. Un niño que se ahogaba...
––¡Calla! Alguacil, dime qué día se cometió el delito.
––A las diez de la mañana, o unos minutos más tarde, del la primero de año...
––Entonces que el preso quede en libertad. ¡Es la voluntad del rey! A estas palabras tan poco propias de una majestad, siguió otra sonrojo, y el niño encubrió su poco decoro lo mejor que pudo añadien¬do:
––Me enfurece que se ahorque a un hombre con pruebas tan pobres y tan descabelladas.
Un susurro de admiración recorrió la asamblea. No era admiración por la orden que dictaba Tom, por¬que la conveniencia o la necesidad de perdonar a un convicto de envenenamiento eran cosas que ninguno de los presentes se hubiera creído con derecho a discutir ni a admirar; no. La admiración era por la inte¬ligencia y la decisión que Tom ha¬bía demostrado. Algunos que co¬mentaban en voz baja, decían:
––Éste no es un rey loco; está en su sano juicio.
––¡Cuán cuerdamente ha hecho las preguntas!
––¡Y cuán digna de como solía ser su antepasado ha sido su con¬tundente manera de zanjar el asun¬to!
––¡Dios sea loado! ¡Se fue su mal!
––Éste no es un ser débil, sino un rey. Ha nacido con el genio de su padre.
Como el ambiente, estaba tan dis¬puesto al aplauso, necesariamente llegó algo de ello al oído de Tom Canty, con el efecto de ponerle muy a sus anchas, y llenar su manera de obrar de muy placenteras sensacio¬nes.
No obstante, su juvenil curiosi¬dad pronto superó esas halagüeñas ideas y sentimientos. Tenía ganas de saber qué clase de delito podían haber cometido la mujer y la niña; y así, por su mandato, trajeron a su presencia a las dos aterradas y sollozantes criaturas.
––¿Qué es lo que han hecho éstas? ––preguntó al alguacil.
––Se les imputa, señor, un negro crimen y bien probado, por lo cual los jueces han decretado, con apego a la ley, que sean ahorcadas. Se han vendido al diablo. Tal es su crimen.
Tom se estremeció. Habíanle en¬señado a detestar a la gente que cometía tan viciosa acción. Sin em¬bargo, como no estaba dispuesto a privarse del placer de saciar su cu¬riosidad, preguntó:
––¿Cómo y cuándo sucedió esto?
––Una noche de diciembre, en una iglesia en ruinas, Majestad. Tom se estremeció de nuevo.
––¿Quién estaba presente?
––Esas dos, y el otro.
––¿Han confesado?
––No, señor. Ellas lo niegan.
––¿Entonces cómo se supo?
––Porque ciertos testigos las vieron encaminarse allá, Majestad. Esto provocó sospechas, y sus efectos las han confirmado y justificado. En particular está demostrado que, por el perverso poder que así obtuvie¬ron, invocaron y provocaron una tormenta, que devastó toda la co¬marca. Cuarenta testigos han decla¬rado que hubo tormenta, y con fa¬cilidad se habrían podido encontrar mil, porque todos tuvieron razón para recordarla, ya que fueron sus víctimas.
––Ciertamente esto es un grave asunto.
Luego, tras darle vueltas un mo¬mento en su imaginación a aquel grave delito, preguntó:
––¿Y no fue también esa mujer víctima de la tormenta?
Varias cabezas ancianas entre los allí presentes hicieron movimientos como de alabar la prudencia de la pregunta, mas el alguacil no vio nada de importancia en ella y respondió sin rodeos:
—Sí, por cierto, señor, y más que nadie. Su casa resultó destrozada, y ella y la niña quedaron sin techo.
––A mi ver le costó caro el poder de hacer tan mal tercio. La enga¬ñaron, por poco que pagara por ello; y si pagó con su alma y la de su hija, eso demuestra que está loca, y estando loca no sabe lo que hace, y por consiguiente, no delinque.
Las cabezas de los ancianos asin¬tieron en reconocimiento a la sabi¬duría de Tom, una vez más, y uno de ellos murmuró: “Si el rey, está loco, de acuerdo con el diagnóstico, es entonces una locura de tal jaez que mejoraría la cordura de algunos que yo me sé si por la gentil pro¬videncia de Dios pudieran ellos con¬tagiarse.”
––¿Qué edad tiene la niña? ––pre¬guntó Tom.
––Nueve años.
––Por las leyes de Inglaterra, ¿puede una niña celebrar pactos y venderse a sí misma, milord? ––in¬terrogó Tom, dirigiéndose a un en¬tendido juez.
––La ley no permite que un niño celebre ningún pacto importante ni intervenga en él, señor, pues consi¬dera que su razón no está capaci¬tada para tratar con la razón madura y los planes perversos de las perso¬nas mayores que él. El diablo pue¬de comprar a un niño, si se lo propone, y el niño convenir en ello, pero no a un inglés, porque en este último caso el trato sería nulo e inválido.
Parece cosa harto poco cristiana y mal discurrida ––exclamo Tom con sincero entusiasmo–– que la ley de Inglaterra niegue a los ingleses privilegios que concede al diablo.
Este nuevo modo de considerar el asunto provocó muchas sonrisas, y quedó en la memoria de muchos, para ser repetido en la corte como prueba de la originalidad de Tom, así como de sus progresos hacia su salud mental.
La vieja culpable había cesado de sollozar y estaba pendiente de la palabra de Tom, con creciente in¬terés y mayor esperanza. Diose cuenta el niño, y sintió que sus sim¬patías se inclinaban hacia ella en su peligrosa y desamparada situa¬ción. Luego preguntó:
––¿Cómo lograron provocar la tormenta?
––Quitándose sus medias, señor. Esto dejó asombrado a Tom y aumentó su febril curiosidad.
––¡Es maravilloso! ––exclamó con vehemencia––. ¿Produce siempre esa acción tan terribles efectos?
––Siempre, señor. Por lo menos, si la mujer lo desea y pronuncia las palabras necesarias, bien con la lengua, bien de pensamiento.
Tom se volvió a la mujer y dijo con impetuoso celo:
––¡Ejerce tu poder! ¡Quisiera ver una tempestad!
Palidecieron súbitamente las me¬jillas de los supersticiosos circuns¬tantes, a quienes invadió un deseo general, aunque escondido, de lar¬garse más que de prisa. Se le escapó todo esto a Tom, que no pensaba en otra cosa sino en el exigido ca¬taclismo. Al ver la expresión de perplejidad en el rostro de la mujer, añadió: excitado:
No temas, nada te pasará. Es más... quedaras libre. No te tocará nadie. ¡Da muestras de tu poder!
––¡Oh, rey y señor! No lo tengo. Se me ha acusado falsamente.
––Hablas por temor. Ten bien puesto el corazón; no sufrirás daño. Provoca una tormenta, por peque¬ña que sea. No quiero nada en gran¬de ni dañoso, antes bien prefiero lo contrario. Hazlo y salvarás tu vida; quedaréis libre tú y tu hija, con el perdón del rey, y a salvo de daño o maldad de nadie del reino.
Prosternose la mujer y protestó bañada en llanto que no tenía po¬der para hacer el milagro, pues de tenerlo defendería de buen grado la vida de su hija solamente, con¬tenta de perder la suya, si por su obediencia al mandato del rey pu¬diera alcanzar tan preciada gracia.
Insistió Tom y la mujer persistió en su declaración. Finalmente dijo el niño:
––Me parece que esa mujer ha hablado verdad. Si mi madre estu¬viera en este lugar y tuviera poderes del diablo, para semejantes funcio¬nes, no habría vacilado un momento en provocar la tormenta y dejar en ruinas todo el país, a cambio de ob¬tener la salvación de mi vida a cual¬quier precio que fuere. Todas las madres están vaciadas en el mismo molde. Quedas libre, buena mujer..., y lo  tu hija..., porque yo te creo inocente. Ahora no tienes ya que temer, una vez perdonada... Quítate las medias, y si puedes pro¬vocar una tormenta, yo te haré rica.
La redimida criatura lanzó a voces su gratitud y se dispuso a obe¬decer, mientras Tom la contemplaba con avidez y algo de temor. Al propio tiempo los cortesanos mani¬festaron visible desasosiego e inquie¬tud. La mujer desnudó sus piernas y las de la niña, y evidentemente hizo todo lo posible por recompen¬sar la generosidad del rey con un terremoto, pero la prueba resultó un fracaso y un desencanto. Tom sus¬piró y dijo
––Vamos, buena mujer, no te molestes más; tu poder se, ha des¬vanecido. Vete en paz y sigue tu caminó, y si alguna vez recuperas tal poder, no me olvides y darme una tormenta. 9

9. Durante el reinado de Enrique VIII, las envenenadores eran, por ley del parlamento, condenados a ser hervidos hasta morir. Esta medida fue abolida en el reinado siguiente.
En Alemania, aún en el siglo XVII este espantoso castigo se aplicaba a los monederos falsos y a todo falsificador. Taylor, el Poeta del Agua, describe una ejecución que presenció en Hamburgo, en 1616. El jurado dio su veredicto en contra de un monedero falso y se pronunció porque se le “hirviese en aceite hasta morir: no que se le lanzase de una sola vez al aceite hirviendo, sino que sujeto a una especie de pértiga, con una cuerda pasada baja los brazos, se le hiciese sumergir poco a poco en el aceite; primero los pies, luego las piernas, y así hasta quemar todo el cuerpo, desprendiéndose la carne ds los huesos». Dr. J. Hammond Trumbull, Las Leyes Azules, falso y verdadero.

El FAMOSO CASO DE LAS MEDIAS
Una mujer y su hija, de nueve años, fueran ahorcadas en Huntingdon por haber vendido sus almas al diabla, desencadenando una espantosa tormeta ¡al quitarse las medias! Ibid., p. 20.

CAPÍTULO XVI

LA COMIDA DE GALA

Acercábase la hora de la comida, y, por extraño que parezca, la idea no ocasionó a Tom sino un leve desasosiego, pero sin terror alguno. Lo que le ocurrió por la mañana había fortalecido en extremo su con¬fianza; el pobrecillo estaba ya más acostumbrado a su extraño ambien¬te, después de cuatro días, que lo habría estado una persona mayor al cabo de todo un mes. Nunca se vio más sorprendente ejemplo de la fa¬cilidad de un niño para amoldarse a las circunstancias.
Aprovechemos nuestro privilegio, y corramos a la gran sala del ban¬quete para echarle un vistazo, mien¬tras Tom se encuentra listo para una ocasión tan imponente. Es un aposento espacioso, de columnas y pilastras doradas y paredes y techos con pinturas. En la puerta se yer¬guen dos fornidos guardias, rígidos como estatuas, vestidos de ricos y pintorescos trajes y armados de ala¬bardas. En una galería alta, que corre en tomo de toda la sala, hay una banda de músicos y compacta concurrencia de uno y otro sexo, brillantemente ataviada. En el cen¬tro del salón, sobre la tarima, está la mesa de Tom. Dejemos ahora que hable el viejo cronista:
“Un caballero entra en el aposen¬to con una vara, y tras él otro, que trae un mantel; después de haberse arrodillado ambos tres veces con la mayor veneración, tienden el man¬tel sobre la mesa, y se retiran am¬bos tras una nueva genuflexión. Vie¬nen luego otros dos, uno también con vara y otro con un salero, un plato y pan. Guando han hecho sus genuflexiones como los dos anterio¬res, y colocado dichos objetos sobre la mesa, se retiran con las mismas ceremonias realizadas por los prime¬ros. Por fin, vienen dos nobles ri¬camente vestidos, uno de ellos con un trinchante, y después de haberse postrado tres veces de la manera más reverente, se acercan y frotan la mesa con pan y sal, dando mues¬tras de tanto respeta como si el rey estuviera presente.”
Así terminan los solemnes preli¬minares. Luego, a lo lejos se oyeron en los corredores el estruendo de las trompetas, y el confuso grito de “¡Paso al rey, paso a la majestad del rey!” Estas voces se repiten una y otra vez, acercándose más y más, y de pronto, casi en nuestras barbas, suena la nota marcial y la voz de “¡Paso al rey!”, y aparece el bri¬llante cortejo, que cierra filas a la puerta, con acompasada marcha. De¬jemos hablar otra vez al cronista:
“Vienen primero barones, condes y caballeros de la Jarretera, todos ricamente vestidos y con la cabeza descubierta. Sigue después el canci¬ller, entre otros dos personajes, uno de los cuales lleva el cetro real y el otro la espada de Estado en su vaina roja, cubierta de flores de lis y oro y con la punta hacia arriba. Luego viene el mismo rey, a quien al apa¬recer saludan doce trompetas y mu¬chos tambores, con gran estruendo de las salvas, mientras en las gale¬rías se levantan todos de sus asien¬tos: ––¡Dios salve al rey!–– Vienen luego los nobles de su corte, y a su derecha e izquierda marcha su guar¬dia de honor, sus cincuenta caba¬lleros pensionarios, con doradas ha¬chas de combate.”
Todo era hermoso y agradable. Tom sentía que le latía coa mas fuerza el corazón, y a sus ojos aso¬maba una luz de alegría. Avanzaba con la mayor gracia, tanto más cuanto que estaba ausente de ella, pues su espíritu estaba deleitado y absorto en el alegre espectáculo y los sones que le rodeaban; y ade¬más nadie puede verse feo con ro¬pas ricas y bien portadas, una vez que se ha acostumbrado un poco a ellas, especialmente en el momento en que no se da cuenta de que las lleva. Tom recordó sus instruccio¬nes y respondió a los saludos con una leve inclinación de su cabeza emplumada y un cortés: “Gracias, mi buen pueblo.”
Sentóse a la mesa sin quitarse su gorro, y lo hizo sin el menor em¬barazo, porque el comer con el go¬rro puesto era la única costumbre regia en que los reyes y los Canty se hallaban en terreno conocido, ya que ninguno de ellos aventajaba a los otros en esa familiaridad con el gorro. Rompió filas el cortejo, se agrupó pintorescamente y todos per¬manecieron con las cabezas descu¬biertas.
Al son de alegre música entraron luego los' alabarderos de palacio, los hombres más altos y más fuertes de Inglaterra, que eran cuidadosamente escogidos al efecto; mas dejaremos que el cronista nos lo siga contan¬do:
“Entraron los alabarderos de pa¬lacio, desnuda la cabeza, vestidos de escarlata con rosas de oro en la espalda, y éstos fueron y vinieron trayendo cada vez una serie de man¬jares, servidos en vajilla de plata. Estos manjares eran recibidos por un caballero, en el mismo orden en que los traían, y colocados sobre la mesa, en tanto que el catador daba a comer a cada guardia un bocado del plato que había traído, por te¬mor al veneno.”
Hizo Tom una buena comida, aunque se daba cuenta de que cen¬tenares de ojos seguían cada bocado hasta sus labios y le miraban mien¬tras lo comía, con un interés que no habría sido mas intenso si se hubiera tratado de un mortífero ex¬plosivo y hubieran esperado que vo¬lara el rey lanzando sus miembros por el recinto. Cuidaba Tom de no apresurarse y también cuidaba de no hacer nada por sí mismo, sino de esperar a que el funcionario com¬petente se arrodillara ante él y lo hiciera. Salió del paso sin un error: ¡impecable y preciado triunfo!
Cuando al fin terminó el yantar y salió Tom en medio de su bri¬llante séquito, con los oídos ensor¬decidos por el clamor de las trom¬petas, de los tambores y miles de aclamaciones, se dijo que, si ya ha¬bía pasado lo peor, que era comer en público, sería una experiencia que sin inconveniente soportaría va¬rias veces cada día, si con ello podía liberarse de algunos de los más te¬rribles requerimientos de su oficio regio.

CAPÍTULO XVII

FU-FU PRIMERO

Corrió Miles Hendon hacia el fi¬nal del puente por el lado de South¬wark, con los ojos muy vivos en busca de las personas que perseguía, con la esperanza de alcanzarlas de un momento a otro; pero en esto se llevó un chasco. A fuerza de pre¬guntar, pudo seguir sus huellas parte del camino al través de Southwark, pero allí cesaba toda traza, y el soldado quedó perplejo en cuanto a lo que debía de hacer. No obs¬tante, continuó lo mejor que pudo sus esfuerzos durante el resto del día. Al caer la noche se encontró rendido de piernas, medio muerto de hambre y con su deseo más le¬jos que nunca de verse realizado. Así pues, cenó en la posada del Tabardo y se fue a la cama, resuelto a salir muy de mañana y registrar de arriba abajo la ciudad. Cuando estaba acostado pensando y planean¬do, comenzó de pronto a razonar de la siguiente manera:
––¿Escapará el niño del lado del rufián, su supuesto padre, si le es posible? ¿Volverá a Londres en bus¬ca de sus antiguos parajes? No. No lo hará, porque querrá evitar que lo atrapen de nuevo. ¿Pues entonces, que hará? No habiendo tenido ami¬gos ni protectores en el mundo hasta que se encontró a Miles Hen¬don, tratará, claro, de hallarme otra vez, siempre que estos trabajos no le obliguen a acercarse a Londres y al peligro. Se encaminará a Hen¬don Hall. Eso es lo que hará, por¬que sabe que yo me propongo diri¬girme a mi casa, y en ella esperará hallarme.
Sí, para Hendon, el caso era cla¬rísimo. No debía perder más tiempo en Southwark, sino moverse en se¬guida a través de Kent en dirección a Monk's Holm, registrando el bos¬que e inquiriendo durante su mar¬cha.
Volvamos ahora al desaparecido reyecito.
El rufián a quien él mozo de la posada del puente había visto “a punto de alcanzar” al mozalbete y al rey, no se unió precisamente a ellos, sino que se quedó atrás y si¬guió sus pasos. Nada dijo. Llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo, y tenía el ojo del mismo lado cubier¬to por un gran parche verde. Co¬jeaba un tanto, y usaba para, apo¬yarse un palo de roble. El mozalbete condujo al rey en un tortuoso rodeo a través de Southwark y no tardó en dar en la carretera real, más allá del pueblo. Eduardo, que estaba ya incomodado, dijo que se detendría allí, pues a Hendon le correspondía ir a él y no a él ir a Hendon. No soportaría semejante insolencia y se pararía allí mismo. El mozalbete dijo:
––¿Quieres quedarte aquí, cuando tu amigo yace herido en aquel bos¬que? Sea, pues.
El rey cambió de actitud al ins¬tante y exclamó:
––¿Herido? ¿Y quién se ha atre¬vido a herirlo? Pero ésa es otra cuestión. ¡Sigamos, sigamos! ¡Más de prisa! ¿Tienes plomo en los pies? ¿Está herido? ¡Aunque quien lo hi¬rió sea el hijo de un duque, se arre¬pentirá dé ello!
Quedaba todavía un trecho hasta el bosque, pero lo cruzaron rápida¬mente. El mozalbete miró en torno, vio una rama hincada en el suelo con un andrajo atado y siguió él camino al interior del bosque, bus¬cando ramas similares y hallándolas a trechos. Evidentemente eran guías para el lugar a que se encaminaba. De pronto llegó a un claro, donde se veían los ruinosos restos de una casa de labor y cerca de allí un granero que empezaba a desmoro¬narse. Por ningún lado había seña¬les de vida y un profundo silencio reinaba en el lugar. El muchacho entró en el granero, seguido muy de cerca por el ansioso rey. Nadie allí. Eduardo lanzó al mozo una mirada de sorpresa y recelo, y pre¬guntó:
––¿Dónde está?
Respondióle una burlona caca¬jada: Al instante el niño montó en cólera, agarró un leño, y se dispo¬nía a atacar al mozo cuando llegó a sus oídas otra carcajada sardóni¬ca, proferida por el mismo rufián cojo que los había seguido a dis¬tancia. Volvióse el rey y preguntó colérico:
––¿Quién eres tú? ¿Qué haces por aquí?
––Déjate de tonterías y tranqui¬lízate. No es tan bueno mi disfraz que pretendas no conocer a ta pa¬dre.
––Tú no eres mi padre. No te conozco. Soy el rey. Si has escon¬dido a mi criado, búscamelo en seguida o te costará caro lo que has hecho.
Con fuerte y mesurada voz re¬plicó Juan Canty:
––Es evidente que están loco, y me repugna castigarte; pero si me provocas, lo haré. Tus palabras no pueden hacernos daño aquí, donde no hay oídos que escuchen tus lo¬curas; sin embargo, bueno será que tu lengua se ejercite en hablar con cautela, para que no pueda perju¬dicamos cuándo cambiemos de pa¬raje. He cometido un asesinato y no puedo permanecer en casa, ni tú tampoco, porque necesito tus ser¬vicios. Mi nombre ha cambiado por prudentes razones. Ahora es Hobbs, Juan Hobbs. Tú te llamas Jack. Procura conservarlo en la memoria. Dime, ¿dónde está tu madre? ¿Dón¬de tus hermanas? No han acudido al lugar donde las habíamos citado. ¿Sabes dónde han ido?
El rey respondió de mal temple:
––No me perturbes con esos acer¬tijos. Mi madre ha muerto. Mis hermanas están en palacio.
El mozo estalló en una carcajada de mofa y Eduardo lo habría ata¬cado si Canty ––o Hobbs, como ahora se llamaba–– no lo hubiera impedido, diciendo:
––Déjalo, Hugo, no lo molestes. Su mente desvaría y tus cosas le irritan Siéntate, Jack, y estáte en paz, que, pronto tendrás un bocado que comer.
Pusiéronse Hobbs y Hugo a ha¬blar en voz baja y el rey se apartó cuanto pudo de su desagradable compañía. Retiróse a la penumbra del rincón más lejano del granero, donde encontró que el suelo estaba cubierto con un montón de paja. Allí se tendió, cubriéndose con la paja a guisa de manta, y no tardó en quedar absorto en sus pensamien¬tos. Muchos pesares tenía, mas los pormenores quedaban casi olvida¬dos por el supremo de ellos, la pér¬dida de su padre. A todo el mundo el nombre de Enrique VIII le pro¬ducía escalofríos y le sugería la idea de un ogro, cuyas fauces respira¬ban destrucciones y cuyas manos repartían azotes y muerte; pero para aquel níño el nombre no evocaba más que sensaciones de placer. La figura que invocaba tenía un sem¬blante todo bondad, y afecto, Trajo el niño a la memoria una larga serie de escenas de cariño entre su padre y él, y meditó compla¬cido en ellas mientras fluían sin amargura sus lágrimas, testimonio de cuán honda y verdadera era la pena de su corazón. Conforme pasó la tarde, Eduardo, abrumado por sus pesadumbres, cayó poco a poco en un sueño tranquilo y reparador.

Al cabo de mucho tiempo ––no podía decir cuánto–– pugnaron sus sentidos por volver a la realidad; y mientras con los ojos aún cerrados se preguntaba vagamente dónde es¬taba y qué le había sucedido, notó un murmullo, el repentino caer de la lluvia , en el techo. Invadió su cuerpo una sensación de placidez, que al poco rato fue rudamente interrumpida por un coro de risas chillonas y de sarcásticas carcaja¬das. Sobresaltó al niño desagrada¬blemente y le hizo asomar la cabeza para ver de dónde procedía la in¬terrupción. Sus ojos vieron un cua¬dro repugnante y espantable. En el suelo, al otro extremo del granero, ardía una alegre fogata y en tomo de ella, fantásticamente iluminados por los rojizos resplandores, se des¬perezaban o se tendían en el suelo los más abigarrados grupos de be¬llacos harapientos y rufianes de uno o sexo que el niño hubiera do soñar o conocer en sus lec¬turas. Eran hombres recios y for¬nidos, atezados por la intemperie, de pelo largo y cubiertos de capri¬chosos andrajos. Había mozos de mediana estatura y rostros horribles vestidos de la misma manera; ha¬bía mendigos ciegos con los ojos tapados o vendados, lisiados con piernas de palo o muletas, enfer¬mos con purulentas llagas mal cu¬biertas por vendas; había un buho¬nero de vil traza con sus baratijas, un afilador, un calderero y un bar¬bero cirujano con las herramientas de su oficio. Algunas de las mujeres eran niñas apenas adolescentes, otras se hallaban en la edad primaveral, otras eran brujas viejas y arrugadas; pero todas ellas gritonas, morenas y deslenguadas, todas desaliñadas y sucias. Había tres niños esmirriados y un par de perros hambrientos con cuerdas al cuello, cuyo oficio era guiar a los ciegos.
Caía la noche; la cuadrilla ter¬minaba de comer y comenzaba la orgía. El jarro de aguardiente pasaba de boca en boca. Se sintió un grito general.
––¡Que canten el Murciélago y Dick!
Se levantó uno de los ciegos, y se preparó quitándose el parche que le tapaba los sanos ojos y el con¬movedor cartel que rezaba la causa de su calamidad. El Murciélago se desembarazó de su pata de palo y ocupó su puesto al lado de su com¬pañero, haciendo gala a sus piernas sanas, y fuertes. Luego prorrumpie¬ron ambos en un canto alegre, que al final de cada estancia recibía el refuerzo de toda la cuadrilla en ani¬mado coro. Cuando llegaron al fin de la.canción, el entusiasmo de los semi¬borrachos había llegado a tal punto que todos lo compartieron y empe¬zaron a cantar otra vez desde el principio, armando tal estruendo de voces canallescas que hizo temblar las vigas.
Siguieron hablando, y en el curso de la conversación apareció que “Juan Hobbs” no era ni con mucho nuevo recluta, sino que en tiempos pasados se había adiestrado en la cuadrilla. Refirióles su última haza¬ña, y cuando dijo que “por acci¬dente” había matado a un hombre, expresaron todos su aprobación, y al añadir el bellaco que el hombre era cura, fue aplaudido por todos y con todos tuvo que beber. Co¬nocidos antiguos le saludaban con alegría y los novatos se sentían orgu¬llosos de estrecharle la mano. Preguntáronle por qué había permane¬cido apartado tantos meses, y él respondió
––Londres es mejor que el cam¬po y más seguro desde hace unos años, porque las leyes son muy du¬ras y se ponen en práctica con todo rigor. Si no me hubiera ocurrido ese accidente, me habría quedado. Había resuelto no volver a aventu¬rarme por la campiña, pero el “ac¬cidente” ha dado al traste con todo.
Preguntó cuántas personas figuraban en la cuadrilla, y el jefe d ella respondió:
––Veinticinco en números redondos. Los más de ellos están aquí pero los otros se encaminan hacia el este, durante el invierno. Nosotros vamos a ir en su seguimiento cuando amanezca.
––No veo a Wen entre los honrados hombres que me rodean. ¿Dónde estará?
––¡Pobre muchacho! Ahora se alimenta de azufre, y harto irritante por cierto para un paladar tan de¬licado. Lo mataron en una reyerta a mediados del verano.
––¡Cuánto lo siento! Wen era hombre de talento y valeroso.
––Cierto que lo era. Bess, la ne¬gra, su coima, es de los nuestros to¬davía, pero se ha ido hacia el este. Muchacha lista y de conducta or¬denada. Nadie la ha visto borracha más de cuatro días por semana.
––La recuerdo muy bien aún. Era muy estricta, digna de todo enco¬mio. Su madre fue algo más libre y menos escrupulosa. Una bruja turbulenta, fea y de mal carácter, pero adornada por un talento muy superior a lo común.
––Por lo mismo la perdimos. Su don de quiromancia y otros géneros de adivinación le granjearon al fin nombre y fama de bruja. La ley la asó viva a fuego lento. Me conmo¬vió, y sentí como una especie de ternura, ver de qué manera tan gen¬til se enfrentó con su suerte, blas¬femando y vituperando a toda la multitud que absorta la contempla¬ha, mientras las llamas subían la¬miéndole la cara y le chamuscaban los pelos y chisporroteaban alrede¬dor de su cabeza cana.... ¿Blasfe¬mando he dicho? ¡Ya lo creo que blasfemando! Si mil años vivieras, no oirías blasfemias más en su pun¬to ¡Ay! Su arte murió con ella. Quedan ahora imitaciones inocuas y serviles, pero no blasfemias de veras.
El jefe suspiró y otro tanto hicie¬ron sus oyentes. Por un instante cayó una losa de silencio sobre todos los reunidos, porque aun los parias tan endurecidos como aquéllos no son absolutamente negados al sentimiento, sino que experimen¬tan una sensación fugaz de aflicción a grandes intervalos y en circuns¬tancias particularmente favorables, verbigracia, en casos como aquél, en que el genio y el arte se fueron sin dejar heredero. Sin embargo, un interminable trago en ronda no tardó en restaurar los ánimos de los pla¬ñideros.
––¿Les ha ido mal a otros de nuestros amigos? ––preguntó Hobbs.
––A algunos, sí. Sobre todo a los recién llegados, tales como mendi¬gos hambrientos y sin hogar, que vagaban por el mundo porque les quitaron las tierras para convertirlas en dehesas para ovejas. Se dedica¬ron a pedir limosna y fueron azo¬tados, amarrándolos a una carreta, desnudos de la cintura arriba, hasta manarles la sangre. Luego volvieron a mendigar, los azotaron otra vez y les cortaron una oreja. Mendigaron por tercera vez ––¿qué iban a hacer los pobres diablos? y fueron mar¬cados en las mejillas con hierro can¬dente y luego vendidos como escla¬vos. Se escaparon, los pescaron y los ahorcaron. La historia terminó pronto. Otros han escapado, menos mal. Venid aquí, Yokel, Bums y Hodge...., enseñad vuestros adornos.
Avanzaron los aludidos, se quita¬ron los harapos y dejaron al descu¬bierto las espaldas, cruzadas de an¬tiguas costuras dejadas por el látigo. Uno se levantó el pelo y enseñó en donde antaño tuvo la oreja izquier¬da; otro enseñó una marca en el hombro, la letra V, y una oreja mutilada. El tercero dijo:
Yo soy Yokel, y fui en otro tiempo un labrador próspero, con una esposa amante y chiquillos; y ahora soy algo muy distinto por mi estado y profesión. Mi mujer y mis hijos murieron. Tal vez estén en el cielo, o tal vez... en el otro si¬tio... Pero, ¡Dios sea loado!, ya no tienen nada que ver con Inglarterra. Mi buena madre, que era de conducta intachable, trató de ganar¬se el pan asistiendo a los enfermos, pero uno de ellos se murió sin que el médico supiera de qué, y por lo tanto quemaron a mi madre por bruja, mientras mis niños lo con¬templaron, gimiendo. ¡Ley de In¬glaterra! ¡Levantad el vaso y beba¬mos todos juntos a la salud de las misericordiosas leyes inglesas, que la libraron del infierno de Inglate¬rra! ¡Gracias, camaradas, gracias a todos! Yo pedí limosna de casa en casa con mi mujer, llevando a los famélicos niños; pero como es un delito tener hambre en Inglaterra, nos desnudaron y nos llevaron por tres pueblos dándonos azotes. ¡Be¬bamos todos otra vez por las pia¬dosas leyes inglesas, porque su látigo se bebió la sangre de mi María, y así llegó muy pronto su bendita li¬bertad! Ahora duerme en la ben¬dita tierra, a salvo de todo daño; y los niños... Los niños, mientras la ley me iba azotando de pueblo en pueblo, se murieron de hambre. ¡Bebed, muchachos, bebed, aunque no sea más que una gota, por los pobres niños que no hicieron nunca daño a nadie! Yo volví a mendigar en busca de un mendrugo, y me pusieron en la picota y perdí una oreja... Mirad, aquí está lo que de ella queda. Volví a pedir limos¬na, y, para que no se me olvide, aquí tenéis lo que resto de la otra. Volví otra vez, y me vendieron como esclavo. Aquí, en la mejilla, debajo de esta mancha, si me lavara, po¬dríais ver la S roja que dejó la mar¬ca del hierro al rojo vivo. ¡Esclavo! ¿Comprendéis esta palabra? ¡Un es¬clavo inglés es el que tenéis delan¬te! Me he escapado de mi amo, y cuando me encuentren ––¡caiga la maldición del cielo sobre la tierra que lo ha ordenado!––, cuando me encuentren, me ahorcarán.10

10. Un rey tan joven y un campesino tan ignorante podían equivocarse y esto es un ejemplo. Este campesino sufría el peso de una ley por anticipado; el rey mostraba su indignación contra una ley que todavía no existía: porque este odioso estatuto se creó precisamente durante el reinado del pequeño rey. Sin embargo, sabemos, por lo humano de su carácter, que nunca pudo ser sugerido par él.

Una voz vibrante se dejó oír en el enrarecido aire:
––¡Eso no sucederá! ¡Y en este día le ha llegado el fin a esa ley! Todos se volvieron y vieron la fantástica figura del rey niño, que se acercaba veloz. Cuando emergió a la luz y se reveló claramente, hubo un estallido general de pre¬guntas.
––¿Quiénese ¿Qué    ¿Quién eeres tú, muñeco?
El niño permaneció imperturba¬ble en medio de aquellos sorpren¬didos e interrogadores rostros, y respondió con majestuosa dignidad:
––Soy Eduardo, rey de Inglaterra. Siguió a esto una explosión de car¬cajadas, en parte de mofa y en parte de júbilo, por la excelencia del chis¬te.
Eduardo se sintió ofendido y dijo con aspereza:
––¿Así agradecéis la regia merced que os he prometido, vagabundos desorejados?
Dijo más, con colérica voz y exci¬tados ademanes, pero todo se perdió en el torbellino de carcajadas y de expresiones de mofa. “Juan Hobbs” hizo varios intentos de ser oído por encima, de aquel barullo, y al fin lo consiguió diciendo:
––Camaradas, es mi hijo, un so¬ñador, un loco, loco perdido. No le hagáis caso. Se cree el rey.
––Soy el rey ––dijo Eduardo, vol¬viéndose hacia él––, y lo sabrás a su tiempo y a tu costa. Has confe¬sado un asesinato y por él te ahor¬caran.
––¿Tú me harás traición? ¿Tú? Si te pongo la mano encima...
––¡Alto, alto! ––dijo él vigoroso jefe de la cuadrilla, interponiéndose –– a tiempo de salvar al rey, y recal¬cando esta ayuda con unos puñeta¬zos que derribaron a Hobbs por tierra––. ¿No tienes respeto ni a los reyes ni a los que usan puños de encajes? Si vuelves a ofender mi presencia, te estrangularé con mis propias manos. ––Y agregó dirigién¬dose a Su Majestad––: Haces mal en dirigir amenazas a tus camara¬das, muchacho, y debes guardar la lengua para hablar mal de ellos en parte alguna. Sé rey enhorabuena, si eso satisface tu locura, pero que no sea ello un mal para nadie. No vuelvas a decir lo que has dicho, esto es traición. Seremos malos en cosas de poca monta, pero no tanto que hagamos traición a nuestro rey. En esto somos corazones amantes y leales. Repara si digo la verdad. Ahora, todos juntos: “¡Tenga larga vida Eduardo, rey de Inglaterra!”
––“¡Tenga larga vida Eduardo, rey de Inglaterra!”
La respuesta de la heterogénea chusma fue proferida con tan esten¬tóreas voces que hizo que el destar¬talado edificio vibrara todo. El ros¬tro de Eduardo resplandeció de placer un instante, e inclinó su ca¬beza al tiempo que decía con grave simplicidad:
––Gracias, mi buen pueblo. Esta inesperada ocurrencia oca¬sionó a todos convulsiones de rego¬cijo. Cuando volvió de nuevo algo parecido a la calma, dijo el jefe con firmeza, pero con acento bo¬nachón:
Déjate de tonterías, niño, que eso no es prudente ni está bien. Como broma puede pasar, pero es¬coge cualquier otro titulo.
Un calderero expresó a voces una idea.
––Fu-fu I, rey de los tontos.
El título hizo fortuna al instante, y todos respondieron  con un tre¬mendo aullido:
––¡Viva Fu-fu I, rey de los ton¬tos!
A lo cual siguieron vociferacio¬nes, maullidos y carcajadas.
nadie!
––¡Subidle sobre el pavés y coro¬nadle.
––¡Ponedle el manto real!
––¡Dadle el cetro!
––¡Entronizadle!
Estos y otros mil gritos estalla¬ron a un tiempo, y, casi antes de que la pobre victima pudiera tomar aliento, viose coronada con una jo¬faina de peltre, envuelta en una manta en jirones, entronizada sobre un tonel y provista, a guisa de cetro, del soldador del calderero. Luego todos se hincaron en tomo de él y prorrumpieron en un coro de sar¬cásticos gemidos y de burlonas sú¬plicas, mientras se enjugaban los ojos con las mangas o con los delantales mugrientos y andrajosos.
––¡Sé benigno para nosotros, oh dulce rey!
––¡No pisotees a estos gusanos que te imploran, qh noble majes¬tadi
––¡Compadécete de tus esclavos y consuélalos con un puntapié re¬gio!
––¡Alégranos y caliéntanos con tus benignos rayos, oh flamante sol de la soberanía!
––¡Santifica la tierra con la pi¬sada de tu pie, para que podamos comer el polvo y ennoblecernos!
––¡Dígnate escucharnos, oh señor, para que los hijos de nuestros hijos puedan hablar de tu regia condes¬cendencia, y sentirse felices y or¬gullosos para, siempre!
Pero el chusco calderero hizo la mofa mejor de la noche y se llevó los debidos honores. Arrodillado, fingió besar los pies del rey; re¬chazado con indignación, empezó a pedir a todos un andrajo para pe¬gárselo en la. cara, en donde fue tocado por los pies, diciendo que debía preservarlo del contacto del aire vulgar y que haría su fortuna saliendo al camino real y exponién¬dolo a la vista mediante cien che¬lines por mostrarlo; se puso tan di¬charachero, que fue la envidia y la admiración de toda aquella sarnosa ralea.
A los ojo del pequeño monarca asomaron lágrimas de vergüenza y de indignación. Y en el fondo de su corazón pensaba:
—Si les hubiera inferido el más tremendo agravio, no podrían ser más crueles. Y, sin embargo, no he hecho más que ofrecerles mi bon¬dad..., y así me tratan por ello.

CAPÍTULO XVIII

EL PRINCIPE Y LOS VAGABUNDOS

Despertóse al romper el alba la tropa de vagabundos y prosiguió su marcha. Las nubes estaban muy bajas, cenagoso el suelo y el cierzo invernal cortaba. Toda la alegría ha¬oía desaparecido. Algunos de ellos, hoscos y silenciosos, otros irritables y petulantes, y ninguno de buen hu¬mor. Todos estaban sedientos.
El jefe puso a “Jack” al cuidado de Hugo, con algunas instrucciones y órdenes a Juan Canty para que se mantuviera alejado del niño y lo dejara en paz.
Y así previno a Hugo que no se tratara con demasiada rudeza al muchacho.
A poco, el tiempo mejoró y las nubes se fueron en parte. Ceso la cuadrilla de tiritar y se suavizó el humor de todos. Fuéronse poniendo más y más alegres, y, finalmente, empezaron a embromarse uno a otros, y a insultar a los viandantes que encontraban por el camino. Esto denunciaba que despertaban una vez más a la apreciación de la vida y sus alegrías. El temor que todo el mundo les tenía se mostraba en que todos los viandantes les cedían el pa¬so y tomaban a bien sus groseras in¬solencias. Una de sus maldades con¬sistía en arrancar la ropa tendida en los setos, a la vista de sus dueños, quienes no decían esta boca es mía, pues al parecer se mostraban agra¬decidos de que no se llevaran tam¬bién los setos.
No tardaron en invadir una pe¬queña casa de labor donde se ins¬talaron a sus anchas, mientras el tembloroso labriego y su gente va¬ciaban la despensa para darles des¬ayuno. Acariciaban por debajo del mentón a la mujer y a las hijas, mientras recibían el condumio de sus manos, y hacían bromas vulga¬res acerca de ellas, acompañadas de epítetos insultantes y de zafias, car¬cajadas. Arrojaban los huesos y las verduras al aldeano y a sus hijos, a quienes tenían sin cesar haciendo de criados, y aplaudían tumultuosa¬mente cuando se decía un chiste gracioso. Acabaron por golpear en la cabeza a una de las hijas, ofendida por alguna de sus familiaridades. Cuando se despidieron, amenazaron con volver para quemar la casa so¬ore las mismas cabezas de la familia si llegaba a oídos de la justicia al¬guna noticia de sus fechorías.
A eso del mediodía, después de una caminata larga y tediosa, se de¬tuvo el grupo detrás de un seto en las afueras de un pueblo grande. Diose una hora para descansar, y todos se dispersaron para entrar al pueblo por diferentes puntos, y de¬dicarse a sus diversas profesiones. “Jack” fue enviado con Hugo, y am¬bos anduvieron de acá para allá al¬gún tiempo. Hugo, en busca de una ocasión para hacer “un negocio”, pero sin encontrar ninguna, por lo que acabó diciendo:
––No veo nada que robar. Éste es un lugar despreciable. Pero men¬digaremos.
––¿Mendigaremos? Sigue tú tu oficio, que bien te sienta, pero yo no mendigaré.
––¡Que no mendigarás! ––excla¬mó Hugo mirando al rey con sorpresa––. Pero dime, ¿desde cuándo te has reformado?
––¿Qué quieres decir?
––¿No has pedido limosna toda tu vida por las calles de Londres?
––¿Yo, idiota?
––Ahorra cumplidos, que así te durará más la provisión. Dice tu padre que has mendigado toda tu vi¬da. ¿Es que ha mentido? Acaso ten¬drás la audacia de decir que ha mentido ––dijo sarcásticamente Hu¬go.
––¿Ese a quien tú llamas mi pa¬dre? Sí, ha mentido.
––Mira, compañero, no abuses tanto de esa chanza de la locura. Empéala para tu diversión y no para tu daño. Si le cuento lo que has dicho te despellejará.
––Puedes evitarte el cuidado. Yo se lo diré.
––Me gusta tu valor, en verdad, pero no comparto tu juicio. Bas¬tantes palizas y vapuleos se lleva uno en esta vida, sin que salga de su camino para provocarlos. Pero procedamos en paz. Yo le creo a tu padre. No dudo que sea capaz de mentir, no dudo que mienta cuando llega la ocasión, porque los mejores de nosotros lo hacemos; pero aquí no hay nada que lo valga. Un hom¬bre sensato no malgasta en tonto una mercancía tan valiosa como es la mentira. Pero vámonos de aquí; y puesto que te ha dado por renun¬ciar a pedir limosna, ¿en qué nos ocuparemos? ¿Robaremos cocinas?
––Deja ya esa necedad. Me im¬pacientas.
Hugo replicó colérico:
––Escucha, camarada; no quieres mendigar, no quieres robar... Sea. Pero yo te diré lo que has de ha¬cer; me servirás de vigilante mien¬tras yo mendigo. Niégate a ello, si te atreves.
Iba el rey a replicar despectiva¬mente, cuando le dijo Hugo inte¬rrumpiéndole:
––¡Calla! Allí viene un hombre de cara bondadosa. Ahora me voy a desplomar como si tuviera un ata¬que. Cuando se llegue a mí ese hombre, tú empezarás a gemir, y caerás de rodillas, haciendo ver que lloras. Luego gritarás como si tu¬vieras metidos en la tripa todos los demonios del dolor, y dirás: “¡Oh, señor, es mi pobre hermano enfer¬mo, y no tenemos a nadie! ¡En nombre de Dios, mirad con piadosos ojos a un pobre enfermo, abando¬nado y miserable! Dad aunque sea un penique à un ser desamparado de Dios y a punto de morir.” Y ten en cuenta que no has de cesar de gemir hasta que le saquemos el peni¬que, pues de lo contrario te arre¬pentirás.
Inmediatamente empezó Hugo a gemir, a gruñir, a poner los ojos en blanco y a tambalearse, y cuan¬do el desconocido estuvo cerca se tendió en el suelo delante de él, lanzando un grito, y empezó a retor¬cerse en el polvo al parecef en agonía.
––¡Oh, Dios mío! ––exclamó el benévolo desconocido––. ¡Pobrecillo, pobrecillo! ¡Cómo debe de sufrir! Déjame que te ayude.
––¡Oh, noble señor! Dios os ben¬diga por ser tan principal caballero, pero me causa muchos dolores que me toquen cuando me da el ataque. Mi hermano dirá a vuestra –– exce¬lencia cuánto me dobla y cuál es mi angustia al ponerme así. Un pe¬nique, señor, un penique para com¬prar un poco de alimenta, y dejadme con mis males.
––¿Un penique? Tres te daré, des¬amparada criatura ––dijo el desco¬nocido llevándose la mano a la bolsa con nervioso apresuramiento––. To¬ma, pobre muchacho, tómalos y que te hagan buen provecho. Ahora ven acá, hijo mío, y ayúdame a llevar a tu pobre hermano a aquella casa, donde...
––Yo no soy su hermano –dijo el rey, interrumpiendo.
––¡Cómo! ¿Que no eres su her¬mano?
––Óiganlo ––gruñó Hugo, que no dejó de rechinar los dientes––. ¡Nie¬ga a su propio hermano... cuando está con un pie en la tumba! Muchacho, duro de corazón eres por cierto si éste es tu her¬mano. ¡Por vergüenza tuya! ¿No ves que apenas puede mover pie ni ma¬no? Si no es tu hermano, ¿quién es pues?
––Un mendigo y un ladrón. Cuan¬do le habéis dado el dinero os ha robado el bolsillo, y haríais una mi¬lagrosa curación si dejarais caer vuestro bastón sobre sus espaldas y dejar lo demás a la Providencia.
Mas Hugo no esperó el milagro. En un momento estaba en pie y corriendo cual el viento, seguido por el caballero y sin dejar de dar gran¬des gritos en su fuga. El rey, dando gracias al cielo por su propia liber¬tad, huyó en dirección opuesta, y no aminoró el paso hasta que estuvo fuera del maléfico alcance del villa¬no. Tomó el primer camino que se le ofrecía y no tardó en dejar muy atrás la aldea. Siguió corriendo lo más de prisa qué pudo durante va¬rias horas, sin dejar de mirar ner¬viosamente hacia atrás por si le per¬seguían, mas al fin le dejaron los temores, y le llegó una agradable sen¬sación de seguridad. Entonces diose cuenta de que tenía hambre, y de que estaba muy cansado. Hizo alto en una granja; mas cuando se dis¬ponía a hablar, le atajaron y le des¬pidieron con rudeza. Sus andrajos hablaban en contra suya.
Siguió andando, ofendido, indigna¬do y resuelto a no volver a exponerse a semejante trato; pero el hambre es el amo del orgullo. Así, cuando em¬pezo a caer la noche, hizo otro in¬tento en una nueva casa de labor, pero allí escapó peor que antes, por¬que le dirigieron palabras gruesas y le amenazaron con prenderle por va¬gabundo como no se largara más que de prisa.
Vino la noche, glacial y encapota¬da, y aún seguía vagando el pobre monarca, con los pies doloridos. Se veía obligado a moverse sin cesar, porque cada vez que se sentaba a descansar un momento el frío le pe¬netraba hasta los huesos. Todas sus sensaciones, mientras andaba en la solemne oscuridad y la solitud sin fin de la noche, eran nuevas y ex¬trañas para él. A trechos oía voces que se aproximaban, pasaban y se desvanecían en el silencio; como no veía, de los cuerpos a quienes perte¬necían, más que un bulto informe y móvil, todo aquello tenía algo de espectral y pavoroso que le hacía estremecerse. Divisaba, a veces, el parpadeo de una luz, siempre muy lejana, se diría que casi en otro mundo. Si oía el cencerrillo de una oveja era vago, distante y confuso. Los ahogados mugidos del rebaño llegaban hasta él con el viento de la noche, cadencias que se desea¬necían en desolados sanes. De cuan¬do en cuando escuchaba el desga¬rrado aullido de un perro a través del invisible espacio del campo y del bosque. Todos los sonidos eran re¬motos y hacían pensar al reyecito que toda vida y toda actividad es¬taban muy lejanas de su persona, y que se hallaba, abandonado y sin amigos en meio de una soledad inconmensurable.
Siguió avanzando entre la pavo¬rosa fascinación de aquella nueva experiencia, sobresaltado a veces por el suave murmullo de las hojas se¬cas sobre su cabeza, que parecían cuchicheos humanos, y dio de sope¬tón con la luz cercana de una lin¬terna. Retrocedió hasta las sombras y esperó. La linterna alumbraba junto a la puerta de un granero que, estaba abierta. El rey esperó algún tiempo... No se sentía el menor rumor, y nadie se movía. El estar quieto le dio tanto fría, y el hos¬pitalario granero era tan tentador, que el niño, por fin, resolvió arries¬garlo todo y entrar. Echó a andar de puntillas, y en el momento de cruzar el umbral oyó voces a sus espaldas. Se agazapo detrás de un tonel dentro del granero, y vio en¬trar a dos labradores, que llevaban la linterna, y empezaron a hacer sus faenas sin dejar de hablar. Mientras se movían en torno con la luz, el rey no dio descanso a sus ojos, y fijándose muy bien en lo que pare¬cía ser un pesebre de buen tamaño, al otro extremo del granero, se pro¬puso acercarse a él a tientas cuando lo dejaran solo. Observó también la situación de una pila de mantas para dos caballos a la mitad del ca¬míno, con intento de requisarlas para una noche para uso de la corona de Inglaterra.
Por fin los hombres terminaron y se fueron, cerrando tras sí la puerta y llevándose la linterna. El tembloroso rey se encaminó hacia las mantas, tan rápidamente como se lo.permitían las tinieblas. Las to¬mó, y, sin tropezar, llegó a tientas al pesebre. Con dos mantas se hizo una cama y luego se tapó con las dos restantes. A la sazón se sentía un monarca feliz, aunque las mantas eran viejas y delgadas, y no de mu¬cho abrigo, y además exhalaban un penetrante olor caballuno que casi le ahogaba.
Aunque el rey estaba hambriento y helado, estaba al propio tiempo tan cansado y soñoliento que esto último empezó a conseguir ventaja sobre lo primero; y no tardó el niño en caer en un estado de semiincons¬ciencia. Entonces, cuando estaba a punto de perder por completo de vista este mundo, sintió que algo lo tocaba. Despertóse del todo al ins¬tante, jadeando para tomar aliento. El gélido horror de aquel misterio¬so contacto a oscuras casi suspen¬dió los latidos de su corazón. Que¬dóse inmóvil, ¿escuchó sin respirar apenas, pero nada se movió y no sintió el menor ruido., Siguió el rey escuchando y esperó unos instantes, que le parecieron eternos; pero todo siguió quieto y en silencio. Así vol¬vió al fin el niño a caer en la somnolencia, pero de pronto sintió el mismo misterioso contacto. Era siniestro; aquel leve toque de una presencia silenciosa e invisible, y llenó al niño de fatídicos temores.
¿Qué hacer? Pregunta a la que no sabía qué responder. ¿Dejaría aquel albergue tan cómodo para escapar del inescrutable horror? Pero, ¿adón¬de ir? No podía salir del granero, y la idea de andar a ciegas acá y acullá, en la sombra, dentro de esa prisión de cuatro paredes ¿acosado sin cesar por aquel fantasma, que a cada momento le daría en las me¬jillas o en los hombros, era intole¬rable; ¿era mejor permanecer don¬de estaba y soportar toda la noche aquella muerte en vida? No. En¬tonces, ¿qué le quedaba por hacer? ¡Ah! No había más que un cami¬no, bien lo entendía. Debía alargar el brazo y dar con aquella cosa.
Era muy fácil pensarlo, pero di¬fícil hacer acopio de valor para llevarlo a cabo. Tres veces extendió tímidamente la mano en la oscu¬ridad, pero la apartó de repente con un estremecimiento, no por haber encontrado nada, sino porque es¬taba seguro de que iba a encon¬trarlo. Pero a la cuarta vez palpó un poco más lejos y su mano res¬baló sobre algo suave y caliente. Esto le dejó casi petrificado de es¬panto. Su ánimo se hallaba en tal estado que no podía imaginar que aquello fuera más que un cuerpo recién muerto, y no frío aún. Dijose que sería mejor morir que tocarlo otra vez; pero se le ocurrió este erróneo pensamiento porque no co¬nocía la fuerza inmortal de la cu¬riosidad humana. Poco rato había transcurrido cuando su mano em¬pezó a tocar, otra vez, temblorosa¬mente, contra todo juicio y con¬sentimiento, pero sin embargo con persistencia. Encontró un mechón de pelo largo. Se estremeció, pero siguió tocando y encontró algo que parecía una cuerda caliente. ¡Siguió la cuerda hacia arriba y se halló con una inocente ternera! Porque la cuer¬da no era tal cuerda, sino la cola del animal.
Sintióse el rey hondamente aver¬gonzado de sí mismo por haber experimentado tal espanto y horror ante una cosa tan insignificante como es una ternera dormida; mas no debió haber pensado así, por¬que lo que le había asustado no era la ternera, sino un terrible no se qué sin vida representado por la misma, y cualquier otro niño en aquellos tiempos supersticiosos habría hecho y padecido lo mismo que él.
Sintióse encantado el rey no sólo de ver que encantado animal era una ter¬nera, sino también de tenerla en su compañía, porque se había sentido tan solo y desamparado, que acogió con agrado como camarada aun a aquel humilde animal. Se había vis¬to tan maltratado, tan afrentado por sus propios semejantes, que fue para él un verdadero consuelo hallarse al ¬fin en la sociedad de un ser que por lo menos tenía corazón tierno y animo apacible, por más que, no tuviera atributos más elevados, por lo cual Eduardo decidió prescindir de etiquetas y hacerse amigo de la ternera.
Mientras acariciaba el caliente lomo del animal ––porque éste se hallaba muy cerca y al alcance de su mano–– se le ocurrió que podía utilizarlo en más de una forma, y así volvió a arreglar su camastro colocándose cerca de la ternera; luego se acurrrucó junto al lomo de ésta, echó las mantas sobre sí mis¬mo y su amiga, y al cabo de unos minutos estaba tan calientito y có¬modo como en las mejores noches de su lecho de plumas en el real palacio de Westminster.
Al punto vinieron a su mente pensamientos placenteros; la vida adquirió un cariz más alegre. Es¬taba liberado de las garras de la servidumbre y del crimen, libre de la compañía de villanos y brutales forajidos. Estaba caliente, cobijado; es decir, era feliz. Soplaba el viento de la noche en pavorosas ráfagas que hacían estremecer y temblar el viejo granero, y luego su fuerza ex¬piraba a intervalos, y continuaba mugiendo y gimiendo por los rinco¬nes... Pero todo ello era una agradable música para el rey, una vez arropado y cómodo. Soplara y en¬fureciérase cuanto quisiera, azotara y golpeara, gimiera y rugiere, al rey no le importaba, antes bien gozaba con ello. Se acurrucó más cerca de su amiga, con sibaritismo de cálida alegría, y como un bendito perdió la conciencia del mundo y se sumió en un sueño profundo y sin pesa¬dillas, en paz y sosiego. A lo lejos aullaban los perros, mugían melan¬cólicamente las vacas y el viento seguía rugiendo, en tanto que furio¬sos aguaceros se abatían sobre el tejado; mas la Majestad de Ingla¬terra siguió durmiendo imperturba¬ble, y otro tanto la ternera, animal sencillo, y que no se turbaba fácil¬mente por las tempestades, ni le causaba embaraza dormir con un rey.

CAPÍTULO XIX

EL PRÍNCIPE CON LOS ALDEANOS

Al despertar el rey a la mañana siguiente, se encontró con que una rata mojada, pero precavida, se ha¬bía colado en el granero durante la noche, y junto a su mismo lecho se había habilitado una cómoda cama. Al verse perturbada en su reposo se escapó corriendo. Eduar¬do sonrió y dijo:
––¡Pobre tonta! , ¿Por qué tienes tanto miedo? Yo estoy tan desam¬parado como tú. Sería una infamia en mí dañar a los desvalidos, cuan¬do tan desvalido estoy yo. Además, te debo gratitud por el buen agüero, porque cuando un rey ha caído tan bajo que las mismas ratas toman por cama su cuerpo, eso significa en verdad que su suerte va a cam¬biar, puesto que está claro que no puede bajar más.
Levantóse y salió del pesebre en el precisa momento en que se oían voces infantiles. Abrióse la puerta del granero y entraron dos niñitas, que en cuanto vieron a Eduardo enmudecieron y se quedaron inmó¬viles, mirándole con viva curiosi¬dad. No tardaron en cuchichear en¬tre sí y luego se acercaron más y se detuvieron de nuevo para mirar¬le y secretear de nuevo. Mas pronto, con acopio de valor, empezaron a hablar en voz alta. Una dijo:
––Tiene una cara muy bonita.
––Y el pelo muy hermoso ––aña¬dió, la otra.
––Parece que tiene mucha ham¬bre.
Acercáronse más, dando vueltas tímidamente y reconociéndole de pies a cabeza desde todas partes, como si fuera una especie nueva y extraña de animal; como si casi temieran que fuera una clase de animal que mordiera llegada la oca¬sión. Se detuvieron, por fin, delante de él, cogidas de las manos para protegerse mutuamente, y le mira¬ron harto rato con inocentes ojos. Después una de ellas, con alarde de valor, preguntó con llaneza:
––¿Quién eres, niño?
––Soy el rey ––respondió éste gra¬vemente.
Las niñas se sobresaltaron de nue¬vo; abrieron desmesuradamente los ojos y quedáronse sin poder hablar palabra. Al fin, la curiosidad rom¬pió el silencio:
––¿El rey? ¿Qué rey?
––El rey de Inglaterra.
Las niñas se miraron una a otra, luego le miraron a él y volvieron a mirarse entre sí, maravilladas y con¬fusas. Después una de ellas dijo:
––¿Has oído, Margarita? Dice que es el rey. ¿Será verdad?
––¿Cómo puede no ser verdad, Prissy? ¿Iba a decir una mentira? Porque si no fuera verdad, Prissy, sería mentira. Claro que lo sería. Piénsalo bien. Porque todo lo que no es verdad, es mentira, y no se puede creer otra cosa.
Como éste era un argumento que no tenía vuelta de hoja, ni dejaba el menor resquicio para refutarlo, los reparos de Prissy no tuvieran ya en qué fundarse. Reflexionó un momento la niña y dijo después esta sencilla frase:
––Si eres de veras el rey, te creo.
––Soy de veras el rey.
El asunto quedó resuelto; la rea¬leza de Su Majestad fue admitida sin más preguntas ni discusiones, y las dos niñas empezaron al instante a preguntar cómo había ido a parar donde estaba, y cómo estaba tan mal vestido, y adónde se dirigía, y una infinidad de preguntas más. Fue un gran consuelo para el reye¬cito desahogar sus congojas donde no serían objeto de burlas ni de dudas; y así contó su historia con gran calor, olvidando mientras hasta su hambre, su historia fue escu¬chada con la más profunda y tierna compasión por las dos niñas. Pero cuando les refirió sus últimas aven¬turas y aquéllas se dieron cuenta del tiempo que llevaba el rey sin comer, no quisieron saber más, y salieron corriendo del granero para buscarle el desayuno.
Sentíase el rey alegre y feliz, y se dijo:
––Cuando vuelva a recobrar mi dignidad he de honrar siempre a las niñas, porque me acordaré de que éstas han confiado en mí y me han creído en mis desventuras, mientras que los que tienen más años y se creen muy sabios, se han burlado de mí y me han tomado por em¬bustero.
La madre de las niñas recibió bondadosamente al rey, y se mostró llena de compasión, porque su des¬amparo y su razón, al parecer per¬turbada, conmovieron su corazón de mujer. Era viuda y pobre, conocía las penas demasiado de cerca para no compadecerse de los infortuna¬dos. Pensó que el demente niño se había extraviado alejándose de sus amigos y deudos, y así quiso ave¬riguar de dónde venía, para poder dar pasos encaminados a devolver¬lo; mas todas sus referencias a las aldeas y lugares vecinas, y todas sus preguntas en el mismo sentido, no dieron resultado, porque en la cara del niño y en sus respuestas bien se notaba, que las cosas a que se refería la buena mujer, no le eran familiares. El rey hablaba con gravedad y sencillez de asuntos de la corte, y mas de una vez ahogaron su habla los sollozos al mencionar al difunto rey, su padre; pero siem¬pre que la conversación cambiaba y versaba sobre materias menos ele¬vadas, el niño perdía interés y per¬manecía en silencio.
La mujer se encontraba muy per¬pleja, pero no quiso renunciar a sus intenciones. Mientras seguía coci¬nando, discurría medios de atrapar al muchacho para que descubriera su verdadero secreto. Le habló de vacas y el niño no mostró intere¬sarse; de las ovejas, y fue lo mismo. Por lo tanto, su suposición de que fuese un niño pastor era equivo¬cada. Le habló de molinos, de te¬jedores, de caldereros, de herreros y de toda índole de industrias y oficios; le habló de Bedlam, de las cárceles y los asilos, pero en todo se veía frustrada, aunque no que¬ría admitirla, pensando que no le había hablado aún del servicio do¬méstico. Sí; ahora estaba segura de hallarse sobre la verdadera pista. El niño debía de ser un criado. Enca¬minó la conversación hacia este pun¬to, pero el resultado fue desalenta¬dor. De cómo se barría, pareció fatigar al niño; el encender el fuego no le conmovió, y el fregar y frotar no despertó su entusiasmo. Al fin la mujer, perdida ya casi toda espe¬ranza y más bien por aquello de cumplir, habló de la cocina. Con gran sorpresa suya y no menor de¬leite, el semblante del rey se iluminó al instante.
––¡Ah! ––pensó la mujer––: ¡Por fin lo he acorralado! ––y se sentía orgullosa de la solapada astucia y del tacto con que lo había conse¬guido.
Su    cansada lengua tuvo ahora , oportunidad de descansar, porque la del rey, inspirada por el hambre que le atormentaba y por los ten¬tadores olores que salían de las bar¬botantes ollas y sartenes, se soltó y se lanzó en una tan elocuente diser¬tación sobre ciertos platos apetitosos, tanto, que al cabo de tres mi¬nutos se dijo la buena mujer:
––Sin duda he acertado. Ha sido pinche de cocina.
Habló después el niño de su co¬mida con tanto juicio y entusiasmo, que la mujer se dijo:
––¡Dios mío! ,¿Cómo puede saber acerca de tantos platos y tan exqui¬sitos? Porque ésos no se comen más que en las mesas de los ricos y poderosos. ¡Ah!, ya veo. A pesar de sus andrajos debe de haber servido en palacio antes de perder la razón. Sí; debe de haber sido pinche en la cocina del mismísimo rey. Voy a ponerlo a prueba.
Ansiosa de convencerse de su pro¬pia sagacidad, dijo al rey que se hiciera cargo por un momento de la cocina, diciéndole que podría ha¬cer y añadir uno o dos platos si le parecía. Luego salió del aposento, haciendo una seña a las niñas para que la siguieran. El rey dijo entre dientes:
––Otro rey de Inglaterra tuvo una faena semejante a ésta, antaño... No va contra mi dignidad el encar¬garme de un oficio que el gran Al¬fredo no desdeñó ejercer. Pero voy a procurar desempeñarlo mejor que él, que dejó quemar los pasteles.
Buena era la intención, mas no fue igual al llevarla a la práctica, porque este rey, como el otro, no tardó en absorberse en sus propios asuntos, y de ello resultó el mismo percance: que los manjares se que¬maron. La buena mujer volvió a tiempo de salvar el almuerzo de su total destrucción, y no tardó en ale¬jar de sus sueños al rey con una animada y viva regañeta. Mas al ver cuán turbado estaba por haber des¬empeñado mal su encargo, se sua¬vizó al punto, y fue toda bondad y gentileza para con él.
Hizo el niño una magnífica y sa¬tisfactoria comida, que le restauró y alegró en gran manera. Fue una comida que se significó por un de¬talle curioso: el de que ambas partes prescindieron de etiquetas, pero sin que ninguna de ellas se diera cuenta de haberlo hecho. La buena mujer se había propuesto dar de comer a aquel muchacho vagabundo con vi¬tuallas recalentadas, y en un rincón, como a cualquier otro, o como a un perro, pero sentía tal remordi¬miento por la regañada que le había echado, que hizo cuanto pudo para atenuarla, permitiéndole que se sen¬tara a la mesa de la familia y co¬miera con sus superiores en aparen¬tes términos de igualdad con ellos. Y el rey por su parte sentía tales remordimientos por haber desempe¬ñado mal su cometido, después de haberse mostrado tan bondadosa con él la familia, que se propuso repa¬rarlo humillándose hasta el nivel de ésta, en vez de exigir a la mujer y a las niñas que se quedaran en pie y le sirviesen, mientras él ocupaba su mesa en el estrado solitario debido a su nacimiento y dignidad. Todos alguna vez prescindimos de la gra¬vedad. La buena mujer estuvo feliz todo el día con los aplausos con que se gratificó a sí misma por su mag¬nánima condescendencia con un va¬gabundo, y el rey se sintió no menos contento por su benigna humildad hacia una pobre aldeana.
Cuando terminó el desayuno, ésta dijo al rey que lavara los platos. Semejante orden dejó de una pieza un instante a Eduardo y lo puso al borde de la rebelión; pero en se¬guida se dijo:
––Alfredo el Grande cuidó de los pasteles, y sin duda habría lavado también los platos. Por consiguien¬te, he de probarlo.
Eso le salió bastante mal, con gran sorpresa suya, porque lavar las cucharas de palo y los cuchillos le había parecido fácil. Era una tarea tediosa y molesta, pero al fin la ter¬mino. Empezaba a sentir impaciencia por proseguir su viaje; no obstante, no había que perder tan fácilmente la compañía de aquella generosa mujer. Ésta le procuró diferentes ocupaciones de poca monta, que el rey desempeñó con gran lentitud y con regular lucimiento. Luego lo puso en compañía de las niñas  a mondar manzanas, pero el rey se mostró tan torpe que la mujer le dio, en cambio, a afilar una chaira de carnicero. Después lo tuvo cardando lana tanto rato que el niño empezó a sentir que había dejado muy por debajo al buen rey Alfredo en cuan¬to a heroísmos, que estarían muy en su punto en los libros de cuen¬tos y de historias, y se sintió medio inclinado a renunciar. Y, en efecto, así lo hizo cuando después de la comida del medio día la buena mu¬jer le dio una canasta con unos gatitos para que los ahogara. Final¬mente estaba a punto de renunciar ––porque se dijo que si había de encontrar el momento oportuno sería éste en que le ordenaban ahogar los gatos–– cuando sobrevino una inte¬rrupción. ¡La tal interrupción eran Juan Canty, con una caja de buho¬nero a la espalda, y Hugo!
El rey descubrió a aquellos ru¬fianes cuando se acercaban por la verja delantera, antes de que ellos pudieran verle; así, pues, no habló nada de su dimisión, sino que se apoderó de la canasta de los gatitos y salió por la puerta trasera sin decir oste ni moste; dejó a los animalitos en un pabellón anexo a la casa y salió corriendo por una angosta ve¬reda.

CAPÍTULO XX

EL PRÍNCIPE Y EL ERMITAÑO

El alto seto le ocultó muy pronto a la vista de la casa; y entonces, bajo la excitación de un terrible es¬panto, apeló el niño a todas sus fuerzas y se encaminó corriendo a un bosque lejano. No volvió atrás la vista hasta que casi hubo ganado el refugio del bosque, y, entonces, divisó a lo lejos dos figuras. No ne¬cesitó más. No se detuvo el rey a examinarlas acuciosamente, sino que siguió corriendo, sin aminorar el paso hasta que estuvo muy adentro en la oscuridad crepuscular del bosque. Entonces se detuvo, persuadido de que estaba ya bastante seguro. Es¬cucho atentamente, pero la calma era profunda y solemne..., y hasta pavorosa y deprimente para el áni¬mo. Sus oídos en tensión percibían con largos intervalos algunos ruidos, pero tan remotos, tan huecos y tan misteriosos, que no parecían ser ver¬daderos sonidos, sino sólo espectros gemebundos y plañideros. Así resul¬taban más pavorosos todavía que el silencio que quebraban.
Al principio el propósito del rey era permanecer allí todo el resto del día, pero no tardó un escalofrío en invadir su cuerpo sudoroso, y para volver en calor verse obligado a se¬guir andando. Avanzó en derechura por media del bosque, en espera de dar pronto con un camino, pero en esto se llevó un chasco. Siguió ca¬minando, y cuanto más avanzaba más densa, se tomaba la espesura. Empezó a apretarse lo tenebroso, y el rey comprendió que iba a cerrar la noche y se estremeció ante la idea de pasarla en ese lúgubre lugar.
Trató, pues, de andar más de prisa, pero avanzaba menos aún, porque como no veía lo bastante para ver dónde ponía los pies, no cesaba de tropezar con las raíces, ni de enre¬darse en zarzas y plantas rastreras.
¡Cuál fue su gozo cuándo al fin vio el destello de una luz! Acercóse a ella cautelosamente, paso a paso, para mirar en torno y escuchar. La luz procedía de un hueco de ven¬tana sin vidrios en una desvencijada choza. El niño oyó una voz y sintió ganas de correr y esconderse, pero cambió al momento de opinión, ya que, sin lugar á dudas, aquella voz estaba rezando. Deslizóse el rey has¬ta la ventana, se puso de puntillas y echó una mirada al interior de la choza. La habitación era pequeña y su suelo de tierra apisonada por el uso. En un rincón se veía un lecho de juncos y una o dos mantas he¬chas jirones; cerca de él un cubo, una taza, una jofaina, y algunos cacharros y sartenes. Había un ban¬co angosto y un escabel de tres pa¬tas; en la chimenea quedaba el res¬coldo de un fuego de leña. Ante una hornacina, iluminada por una sola vela, se hallaba arrodillado un hombre de edad, a cuyo lado, en una caja vieja de madera, estaban un libro abierto y una calavera. El hombre, que era de cuerpo grande y huesudo, y de pelo y barba lar¬gos y blancos como la nieve, se cubría con unas pieles de cordero que le llegaban de la garganta a las rodillas.
––Un santo ermitaño ––se dijo el rey––. Ahora tengo en verdad suerte.
Levantóse el ermitaño y el rey llamó a la puerta. Una voz grave respondió:
––Entrad, pero dejad fuera el pe¬cado, porque es santa la tierra que vais a pisar.
El rey entró y se detuvo. El er¬mitaño le dirigió una mirada viva e inquieta, y preguntó:
––¿Quién eres?
––Soy el rey ––respondió el niño con plácida sencillez.
––¡Bienvenido, oh rey! ––excla¬mó el ermitaño con entusiasmo. Y afanándose con febril actividad, y sin dejar de susurrar “bienvenido, bien¬venido” arregló el banco, hizo sen¬tar al rey junto al fuego, echó a éste algunos leños, y, finalmente, empezó a dar paseos con nervioso andar.
––Bienvenido. Muchos han busca¬do asilo aquí, mas no eran dignos de ello y han sido despedidos; pero un rey que desdeña su corona y los vanos esplendores de su oficio, y se viste de andrajos para dedicar su vida a la santidad y a la mortifica¬ción de la carne, ése sí que es digno, ése sí que, merece la bienvenida. Aquí morarás todos tus días hasta que te llegue la muerte.
El rey se apresuró a interrumpirle y a explicarle el caso, pero el ermi¬taño no le prestó atención ni le oyó en apariencia, sino que siguió con su charla, alzando la voz y con cre¬ciente fuerza:
––Y aquí estarás tranquilo. Nadie hallará tu refugio para abrumarte con súplicas de que vuelvas a esa vida vana y vacía de que Dios te ha movido a apartarte. Aquí reza¬ras, aquí estudiarás el Libro, aquí meditarás acerca de las locuras y desengaños de este mundo y sobre las sublimidades del mundo venide¬ro. Te alimentaras de mendrugos y de hierbas y te azotarás a diario para purificar tu alma. Llevarás una camisa de estameña junto a la piel, beberás sólo agua, y estarás tran¬quilo. Sí, completamente tranquilo, porque los que vengan en tu busca, se irán decepcionados; no te encon¬trarán, no te molestarán.
El anciano, sin dejar de dar pasos de un lado a otro, terminó de ha¬blar en voz alta y empezó a musitar. El rey aprovechó esta ocasión para exponer su caso, con una elocuencia inspirada por la inquietud y el te¬mor, mas el ermitaño siguió hablan¬do entre dientes. y sin prestarle atención. De pronto se acercó al rey y le dijo con impresionante acento:
––¡Chist! Te diré un secreto.
Inclinóse para contárselo, pero se contuvo y adoptó actitud de prestar oído. Al cabo de un instante se acercó de puntillas al hueco de la ventana, asomó la cabeza y miró en la oscuridad. En seguida volvió otra vez de puntillas, arrimó su ros¬tro al del rey y cuchicheó:
––Yo soy un arcángel.
Hizo el rey un movimiento brus¬co, y se dijo:
––¡Ojalá estuviera otra vez con los bandidos, porque ahora me veo prisionero de un loco!
Sus temores aumentaron y se de¬jarón ver en su semblante. En voz baja continuó el ermitaño:
––Veo que percibes mi atmósfera. El temor se pinta en tus facciones. Nadie puede permanecer aquí sin verse afectado de ese modo, porque es el mismo cielo. Yo voy a él y vuelvo en un abrir y cerrar de ojos. En este mismo sitio me hicieron arcángel, ha cinco años, unos ánge¬les enviados del cielo para investir¬me con esa excelsa dignidad. Con su presencia llenaron este sitio de intolerable luz y se arrodillaron ante mí, ¡oh, rey! Sí, se arrodillaron ante mí, porque yo era más grande que ellos. Yo he andado por las salas del cielo y he hablado con pa¬triarcas. Toca mi mano; no temas, tócala. Acabas de tocar una mano que ha sido estrechada por Abraham, Isaac y Jacob, porque he andado por las salas de oro y he visto frente a frente a la Divinidad.
Detúvose para dar mayor tras¬cendencia a sus palabras, y de pron¬to mudó de expresión y se volvió a poner en pie, diciendo con airada energía:
––Sí; soy un arcángel, un verda¬dero arcángel, yo, que podría haber sido papa. Es mucha verdad; me lo dijeron en el cielo, en un sueño, hace veinte años. ¡Ah, sí! Yo tenía que ser papa; yo habría sido papa, porque el cielo lo había dicho; pero el rey disolvió mi casa religiosa, y yo, pobre viejo, oscuro y sin amigos, me vi sin hogar en el mundo y apartado de mis altos destinos.
Aquí empezó otra vez a hablar entre dientes y se golpeó la frente con inútil rabia, profiriendo a inter¬valos unas tremendas maldiciones, y de cuando en cuando esta patética frase:
––¡Por eso no soy más que un arcángel, yo, que debía ser papa!
Y así prosiguió por espacio de una hora, mientras el pobre rey se desesperaba, sentado en su banco. De pronto pasó el frenesí del viejo, que volvió a ser todo suavidad. Se le amansó la voz, cayó de las nubes y empezó a hablar con tanta senci¬llez y tan humanamente que no tardó en ganar por completo el co¬razón del rey. El viejo devoto hizo que el niño se acercara más al fuego para que estuviese mejor, le curó con diestra y tierna mano las con¬tusiones y rozaduras, y se puso a preparar y a guisar una cena, todo esto sin dejar de charlar agradable¬mente, y acariciando de cuando en cuando la mejilla o la cabeza del niño, con tanta dulzura, que al poco rato todo el temor y la repulsión inspirados por el arcángel se habían trocado en reverencia y afecto al hombre.
Este feliz estado de cosas prosi¬guió mientras los dos despachaban la cena. Luego, tras una plegaria ante la hornacina, el ermitaño acos¬tó al, niño en una pequeña habita¬ción contigua, y lo arropó con tanto cariño como si fuera una madre; y así, con una caricia postrera, le dejó, se sentó junto al fuego y empezó a atizar. los leños, distraído y sin in¬terés. De pronto te detuvo y se gol¬peó varias veces la frente con la mano, como si tratara de recordar algún pensamiento que hubiera hui¬do de su mente. No lo consiguió al parecer, y se levantó bruscamente y entró en el cuarto de su huésped, a quien dijo:
––¿Eres el rey?
––Sí ––respondió el niño semi¬dormido.
––¿Qué rey?
––El de Inglaterra.
––Entonces, ¿ha muerto Enrique?
––¡Ay! Así es. Yo soy su hijo.
El ermitaño frunció el ceño y crispó la huesuda mano con ven¬gativa energía. Estuvo unos momen¬tos en pie, jadeando fuerte y tra¬gando saliva repetidas veces, y dijo con voz tétrica:
––¿Sabes que él nos dejó sin casa ni hogar en este mundo?
No recibió respuesta. El viejo se inclinó para escudriñar el sereno semblante del niño y escuchar su cal¬mada respiración. ––Duerme; duerme profundamente ––dijo––. Y el ceño desapareció de su frente, cediendo a una expresión de satisfacción malva¬da. El rostro del dormido niño se iluminaba con una sonrisa. El ermi¬taño refunfuñó: ––Su corazón es fe¬líz––. Y se alejó. Furtivamente em¬pezó a dar vueltas, buscando algo por todas partes, deteniéndose a veces a escuchar, y a veces volteando a su alrededor para echar una mirada rápida a la cama, y hablando sin cesar entre dientes. Por fin encontró, lo que necesitaba: un enorme cu¬chillo mohoso y una piedra de afi¬lar. Se acuclilló junto al fuego y em¬pezó a afilar el cuchillo suavemente sin dejar de musitar, refunfuñar y rezongar...
Suspiraba el viento en torno del solitario paraje, y las misteriosas vo¬ces de la noche flotaban a distancia. Los vivarachos ojos de osados ratones contemplaban al viejo desde sus ni¬dos, pero el ermitaño proseguía su obra, abstraído, absorto y sin darse cuenta de nada. A largos intervalos deslizaba el pulgar por el filo del cuchillo, y movía la cabeza con aire de satisfacción.
––Se va afilando ––dijo––; se va afilando.
Sin cuidarse del pasa del tiempo, seguía afilando tranquilamente, en¬frascado en sus pensamientos, que se traducían a veces en ordenada oración.
––Su padre nos hizo daño, nos des¬truyó y ha descendido al fuego eter¬no. Sí, al fuego eterno. Se libró de nosotros, pero fue la voluntad de Dios; sí, fue la voluntad de Dios no debemos lamentarnos. Pero no se ha librado del fuego eterno. No se ha librado de ese fuego abrasador, implacable y en donde no caben remordimientos; y el fuego es eterno v perdurable.
Y así continuó, afilando y afilan¬do sin cesar, y refunfuñando, con¬teniendo a veces una risa sardónica, y a veces profiriendo palabras.
––Su padre fue el que lo hizo todo. Yo no soy más que un arcán¬gel; a no ser por él, hubiera sido papa.
El rey se agitó un momento, y el ermitaño acorcóse sin hacer ruido al lado, de su lecho y se arrodilló, inclinándose sobre el cuerpo del niño con el cuchillo levantado. Eduardo volvió amoverse y sus ojos se abrie¬ron un instante, pero dormidos, sin ver nada. Y al momento su respi¬ración acompasada mostró que su sueño volvía a ser profundo.
El ermitaño observó y escuchó un instante, sin cambiar de postura y sin respirar apenas. Por fin bajó len¬tamente el brazo y se alejó diciendo:
––Ha pasado ya la medianoche. No vaya a ser que grite, si por aca¬so pasa alguien.
Volvió a su aposento, recogió aquí un andrajo, allá unas tenazas y allá otro harapo, y después regreso, y con el mayor cuidado se las arregló para atar los tobillos del rey sin despertarlo. Intento luego ligarle las muñecas e hizo varias tentativas para cruzarlas, pero el niño apartaba siempre una u otra en el momento en que se disponía a atarlas con la cuerda; al fin, cuando el arcángel estaba próximo a la desesperación, el rey cruzó las manos por sí mis¬mo y un instante después estuvie¬ron atadas. El ermitaño le pasó lue¬go una venda bajo la barbilla y por encima de la cabeza, donde la ató fuerte y con tanta suavidad, tan des¬pacio y haciendo los nudos tan dies¬tramente y con tanta fuerza, que el niño siguió durmiendo tranquilamen¬te durante toda la maniobra, sin dar señales de vida.

CAPÍTULO XXI

HENDON, EL SALVADOR

El anciano se apartó, agachado, cautelosamente, como un gato, y acercó el banco. Se sentó en él, con medio cuerpo expuesto a la débil y vacilante luz, y el otro medio en las sombras; y así, con la mirada clavada en el dormido niño, prosi¬guió su paciente vela, sin cuidarse del paso del tiempo y sin cesar de afilar suavemente el cuchillo, en tanto que no paraba de refunfuñar y hacer gestos. Por su aspecto y su actitud no parecía sino una araña horrible y misteriosa, que se ensa¬ñara sobre un desdichado insecto preso en su tela e indefenso.
Después de largo tiempo, el viejo, que seguía aún mirando, aunque sin ver, pues su mente había caído en una abstracción soñolienta, observó de pronta que los ojos del niño es¬taban abiertos, y se fijaban con he¬lado terror en el cuchillo. Una son¬risa de diablo satisfecho asomó al rostro del ermitaño, que dijo sin cambiar de actitud ni de ocupación:
––Hijo de Enrique VIII, ¿has, re¬zado?
El niño luchó impotente contra sus ligaduras y al propio tiempo profirió por entre las cerradas man¬díbulas un sonido ahogado, que el ermitaño quiso interpretar, como con¬testación afirmativa a su pregunta.
––Entonces reza otra vez; reza la oración de los moribundos.
Estremecióse el cuerpo de Eduar¬do, cuya faz palideció. Intentó otra vez libertarse, retorciéndose a un lado y a otro y tirando con frenesí, desesperadamente, pero en vano, para romper sus ligaduras; y entre¬ tanto el viejo ogro no dejaba de sonreírle moviendo la cabeza y afi¬lando plácidamente el cuchillo. De cuando en cuando refunfuñaba.
––Los momentos son preciosos; son pocos y preciosos. Reza la ora¬ción de los moribundos.
Lanzó el niño un gemido de des¬esperación, y jadeante cesó en sus forcejeos; luego asomaron a sus ojos las lágrimas, que cayeron una tras otra por su rostro. Pero esta lasti¬mera escena no logró aplacar al feroz anciano.
Acércábase ya el alba. Al darse cuenta el ermitaño habló brusca¬mentó, con un aire de temor ner¬vioso en la voz:
––No debo permitir más tiempo este éxtasis. La noche ha pasado ya. No tengo más que un momento, sólo un momento... ¡Ojalá hubie¬ra durado un año! Semilla del des¬pojador de la Iglesia, cierra esos ojos que van a morir. Si temes levantar la vista...
Lo demás se perdió en palabras inarticuladas.
El viejo cayó de rodillas, cuchillo en mano, y se inclinó sobre el ge¬mebundo niño.
Silencio. Se oyó ruido de voces cerca de la choza y el cuchillo cayó de las manos del ermitaño, el cual arrojo una piel de cordero sobre Eduardo y se levantó tembloroso. Aumentaron los ruidos, y pronto las voces sonaron bruscas y colé¬ricas. Sabevinieron luego golpes y gritos de socorro, y por fin el rumor de pasos rápidos que se retiraban. Inmediatamente se sintió una suce¬sión de golpes atronadores en la puerta de la choza, seguida de estas palabras:
––¡Hola! ¡Abrid! ¡Despertad, en nombre de todos los diablos!
¡Oh! Pste fue el sonido más grato que cuantas músicas sonaron jamás en los oídos del rey, porque era la voz de Miles Hendon.
El ermitaño, rechinando los dien¬tes con impotente rabia, salió viva¬mente del cuarto, cerrando la puerta tras sí, y al instante oyó el rey una conversación parecida a. ésta:
––Mi homenaje y mi saludo, re¬verendo señor. ¿Donde está el mu¬chacho..., mi muchacho?
––¿Qué muchacho, amigo?
––¿Qué muchacho? Dejaos de mentiras, señor, ermitaño, y no tra¬téis de engañarme, que no estoy de humor para sufrirlo. Cerca de aquí he apresado a los bellacos que me lo robaron, y les he hecho confesar. Me han dicho que se había esca¬pado otra vez y que le habían segui¬do hasta la puerta de esta choza. Me enseñaron sus mismas huellas. No os detengáis más, porque os ase¬guro que si no me lo entregáis... ¿Dónde está?
––¡Oh, mi buen señor! ¿Acaso os, referís al andrajoso vagabundo que llegó aquí anoche? Ya que un hom¬bre como vos se interesa por un arrapiezo como él, sabed que ha ido a hacer un mandado. No tardará en venir.
––¿Cuánto tardará, cuánto tarda¬rá? No perdáis el tiempo. ¿No puedo ya alcanzarle? ¿Cuánto tardara en volver?
––No necesitáis molestaros. `Vol¬vera pronto.
––Sea, pues. Trataré de esperar. Pero..., un momento. ¿Decís que ha ido a un mandado? ¿Vos lo habéis enviado? Mentís; porque él no habría ido. Os habría tirado de esas viejas barbas si hubiérais osado semejante insolencia. Has men¬tido, amigo, seguramente has menti¬do. No iría ni por ti ni por otro hombre alguno.
––Por otro hombre, no; por for¬tuna, no. Pero yo no soy un hom¬bre.
––¿Qué? Entonces, en nombre de Dios, ¿qué eres?
––Es un secreto... Cuidad de no revelarlo. Yo soy un arcángel.
Soltó Miles Hendon un juramen¬to tremendo, seguido de estas pala¬bras:
––Eso explica muy bien su com¬placencia. Harto sabía yo que no movería pie ni mano en servicio de ningún mortal; pero hasta un rey debe obedecer cuando un arcángel se lo manda. ¡Silencio! ¿Qué ruido es ése?
Entretanto, el reyecito, en el otro aposento, no paraba de temblar tan¬to de terror como de esperanza, y ponía en sus gemidos de angustia toda la fuerza que podía, esperando siempre que llegaran a oídos de Hendon, y dándose cuenta con amar¬gura de que no llegaban, o por lo menos de que no causaban efecto. Así esta última observación de Hen¬dan llegó a sus oídos como llegaría a un moribundo un aliento vivifi¬cante desde una fresca campiña. Hizo un nuevo esfuerzo con la ma¬yor energía, en el mismo momento que el ermitaño decía:
––¿Ruido? No he oído más que el viento.
––El viento sería tal vez. Es in¬dudable: era el viento. Yo lo he estado oyendo débilmente mien¬tras... ¿Otra vez? No es el viento. Qué sonido tan raro. Vamos a ver qué es.
La alegría del rey era casi inso¬portable Sus fatigados pulmones hi¬cieron un terrible esfuerzo con la mayor fe, pero las atadas quijadas y la piel de cordero que le ahoga¬ha, consiguieron frustrarlo. El co¬razón del pobre niño dio un vuelco al oír decir al ermitaño:
¡Ah! Ha venido de fuera..., creo que de ese bosquecillo. Venid, que yo os guiaré.
El rey oyó que ambos salían ha¬blando y que sus pisadas expiraban muy pronto, y se quedó solo en un terrible silencio de mal agüero. Parecióle un siglo el tiempo que pasó hasta que se acercaron de nue¬vo los pasos y las voces, y esta vez oyó además otro ruido, al parecer el de los cascos de un caballo. Lue¬go oyó decir a Hendon:
––No espero más, no espero más. Se habrá perdido en este espeso bos¬que. ¿Qué dirección ha tomado? ¡Pronto! Indicádmelo.
––¡Oh! Esperad; iré yo con vos.
––Bueno, bueno. La verdad es que eres mejor de lo que pareces. Pienso que no hay otro arcángel con tan buen corazón como el tuyo. ¿Quieres montar? Puedes subir en el asno que traigo para el mucha¬cho, o ceñir con tus santas piernas los lomos de esta maldita mula que me he conseguido. Y en verdad que me habrían engañado con ella, aunque me hubiera costado menos de un penique.
––No. Subíos en vuestra mula y conducid el asno. Yo voy más se¬guro andando.
––Entonces haz el favor de cui¬dar el animalillo mientras yo arries¬go la vida en mi intento de montar en el animal grande.
Siguió una confusión de coces, pateos y corbetas, acompañados de una atronadora mezcla de maldi¬ciones y juramentos, y, finalmente, de una amarga invectiva a la mula, que debió de dejarla sin ánimo; porque en aquel misma momento parecieron cesar las hostilidades.
Con inenarrable dolor oyó el ata¬do rey que las voces y los pasos se alejaban y morían. Por un momento abandonó toda esperanza, y una desesperación sombría invadió su co¬razón.
––Han engañado a mi único ami¬go para librarse de él. Volverá el ermitaño y...
Terminó dando una sacudida, y en seguida se puso a forcejear fre¬néticamente con sus ligaduras, hasta lograr sacudirse la piel de cordero que le asfixiaba.
De pronto oyó abrirse la puerta y esto le heló hasta los huesos, pues ya le parecía sentir el cuchillo en su garganta. El horror le hizo cerrar, los ojos; el horror le hizo abrirlos de nuevo... y vio delante a Juan Canty y a Hugo.
Habría exclamado “¡Gracias a Dios!”; si hubiera tenido libres las quijadas.
Uno o dos minutos más tarde sus miembros estaban en libertad, y sus capturadores, asiéndolo cada cual de un brazo, se lo llevaron a toda prisa a través del bosque.

CAPÍTULO XXII

VÍCTIMA DE LA TRAICIÓN

Una vez más, el rey Fu-fu I anduvo con los vagabundos y los forajidos como blanco de sus grose¬ras burlas y de sus torpes ultrajes, y a veces víctima del despecho de Canty y de Hugo, cuando el jefe volvía la espalda. No le detestaban más que Hugo y Canty. Algunos de los demás le querían, y todos admiraban su valor y su ánimo. Du¬rante dos o tres días, Hugo, a cuyo cargo y custodia se hallaba el rey, hizo tortuosamente cuanto pudo para molestar al niño, y de noche, durante las orgías acostumbradas, divirtió a los reunidos haciéndole pequeñas perrerías, siempre como por casualidad., Dos veces pisó los pies del rey; como sin querer, y el rey, según convenía a su reale¬za, despectivamente, fingió no darse cuenta de ello; pero a la tercera vez que Hugo se permitió la misma bro¬ma, Eduardo lo derribó al suelo de un garrotazo, con inmenso júbilo de la tribu. Hugo, lleno de ira y de vergüenza, dio un salto, tomó a su vez un garrote y se lanzó con furia contra su pequeño adversario. Al momento se formó un ruedo en tor¬no de los gladiadores y comenzaron las apuestas y los vítores. Pero el pobre Hugo estaba de mala suerte. Su torpe e inadecuada esgrima no podía servirle de nada frente a un brazo que había sido educado por los primeros maestros, de Europa con las paradas, ataques y toda clase de estocadas y cintarazos. El reyecito, alerta, pero con graciosa soltura, desviaba y paraba la espesa lluvia de golpes con tal facilidad y precisión que tenía admirados a los especta¬dores; y de cuando en cuando, no bien sus expertos ojos descubrían la ocasión, caía un golpe como un re¬lámpago en la cabeza de Hugo; con lo cual la tormenta de aplausos y ri¬sas que despertaba era cosa de mara¬villa. Al cabo de quince minutos, Hugo, apaleado, contuso y blanco de un implacable bombardeo de bur¬las, abandonó el campo, y el ileso héroe de la lucha fue acogido y subido en hombros de la alegre chus¬ma hasta el lugar de honor, al lado del jefe, donde con gran ceremonia fue coronado Rey de los Gallos de Pelea, declarándose al mismo tiem¬po solemnemente cancelado y abo¬lido su anterior título de menos monta, y dictándose un decreto de destierro de la cuadrilla contra todo el que en adelante lo insultase.
Habían fracasado todas las tenta¬tivas de que el rey prestara sus servicios a los truhanes, pues Eduar¬do se había negado reiteradas veces a obrar, y además a la continua trataba de escaparse. El primer día de su regreso le obligaron a entrar en una cocina en la que no había nadie; pero no sólo salió de ella con las manos vacías, sino que trató de despertar a los moradores de la casa. Enviáronle con un calderero para que le ayudara en su trabajo, pero se negó, y además amenazó al hombre con su propio soldador; y, finalmente, tanto Hugo como el calderero tuvieron harto trabajo sólo con evitar que se les escapará. El niño lanzaba truenos reales sobre las cabezas de cuantos coartaban su libertad o trataban de obligarle a servir. Al cuidado de Hugo fue en¬viado a mendigar con una andrajosa mujer y un niño enfermo, pero el resultado fue poco satisfactorio, pues el rey se negó a hacerlo y a favo¬recer de ninguna manera la causa de los pordioseros.
Así pasaron varios días, y todas las miserias de aquella vida errante y toda la fatiga y sordidez y toda la mezquindad y vulgaridad de ella, llegaron a ser poco a poco tan in¬tolerables para el cautivo, que éste empezó a decirse que el haberse li¬brado del cuchillo del ermitaño no era al fin y al cabo sino, cuando mas, un respiro temporal concedido por la muerte.
Pero por la noche, en sueños, lo olvidaba todo y volvía a verse en su trono y gobernando. Esto, por su¬puesto, intensificaba los sufrimientos del despertar, y así la mortifica¬ción de cada nueva mañana, de las pocas que transcurrieron entre su vuelta a la esclavitud y la pelea con Hugo, fue siempre más y más amar¬gay más y más dura de sobrellevar.
En la mañana que siguió a aquel combate, Hugo se levantó con el corazón lleno de deseos de vengan¬za contra el rey. En especial tenía dos planes. Uno de ellos consistía en infligir una humillación singular al altivo espíritu y a la “imaginaria” realeza de aquel muchacho; y, de no lograrlo, su otro plan era impu¬tar al rey un crimen de cualquier género, y entregarlo a las implaca¬bles garras de la justicia. Prosiguien¬do su primer plan, pensó poner un “clima” en la pierna, del rey, juz¬gando, con razón, que le mortifi¬caría en alto grado, y en cuanto el “clima” surtiera su efecto, se pro¬ponía conseguir la ayuda de Canty y obligar al rey a exponer la pierna en un camino y pedir limosna. “Cli¬ma” era la palabra usada por los ladrones para designar, una fingida llaga. Para producirla, se hacía una pasta o cataplasma de cal viva, ja¬bón y orín de hierro viejo y se ex¬tendía sobre un pedazo de cuero, que después se sujetaba fuertemente a la pierna. Esto desprendía muy pronto la piel y dejaba la carne viva y muy irritada. Luego frotaban san¬gre sobre el sitio, la cual, al secarse, tomaba un color oscuro y repulsi¬vo, y por último ponían un vendaje de trapos manchados, con mucho ingenio para que asomara la repug¬nante úlcera, y despertar la compa¬sión de los transeúntes.
Consiguió Hugo el auxilio del cal¬derero, a quien el rey había amena¬zado con el soldador. Llevaron al muchacho a una excursión en busca de trabajo, y en cuanto no pudieron verlos desde el campamento, lo de¬rribaron al suelo y el calderero lo sostuvo mientras Hugo le ponía el “clima” en la pierna.
El rey se enfureció y los insultó, con promesa de ahorcar a los dos en cuanto volviera a tener el ce¬tro en sus manos; pero ellos lo suje¬taron con fuerza, divirtiéndose con su impotente cólera y burlándose de sus amenazas. Así siguieron hasta que empezó a obrar la cataplasma, y al poco tiempo aquello se habría perfeccionado de no haber sobre¬venido interrupción; mas la hubo, porque el “esclavo” que había ha¬blado denunciando las leyes inglesas, apareció en escena y puso fin a la maquinación, arrancando los venda¬jes y la cataplasma.
–– Quiso el rey agarrar el garrote de su libertador y calentar las cos¬tillas en el acto a los dos bribones, pero el hombre le disuadió, alegan¬do que eso traería disgustos y que era mejor dejar el asunto hasta la noche, pues entonces, reunida toda la tribu; la gente extraña no se arries¬garía a interponerse ni a interrum¬pirlos. Volvióse la partida al cam¬pamento, y el libertador del rey contó el asunto al jefe, quien escu¬cho, reflexionó y decidió al fin que no dedicaran más al rey a mendigar, puesto que evidentemente era dig¬no de algo mejor y mas elevado, por lo cual al momento, le licenció de las filas de los mendigos, y le señaló para hurtar.
Hugo no cabía en sí de gozo. Ya había tratado de hacer que Eduardo robara, sin conseguirlo, pero ahora ya quedaba todo arreglado, porque, como es natural, no se atrevería el rey ni por sueños a desobedecer una orden terminante emanada del jefe. Así planeó una incursión para aque¬lla misma noche, con el propósito de hacer caer al niño en las ga¬rras de la ley, y, de lograrlo, con tan ingeniosa estratagema, que pa¬reciese cosa accidental y no inten¬cionada, porque el Rey de los Ga¬llos de Pelea era ya popular, y la partida no habría de tratar con exce¬siva dulzura a un individuo antipático que les hiciese tan grave traición como la de entregarlo al enemigo común, que era la justicia.
A su debido tiempo salió Hugo con su víctima en dirección a un pueblo vecino, y los dos fueron len¬tamente de calle en calle, uno de ellos esperando un momento seguro de conseguir su malhadado propó¬sito, y el otro esperando con no menos ansia la coyuntura de esca¬par, y de librarse para siempre de su infame cautiverio.
Ambos desperdiciaron algunas oca¬siones que prometían bastante, por¬que en su interior estaban resueltos a proceder sobre seguro aquella vez, y a no permitir a sus febriles deseos que incurrieran en más aventuras de incierto resultado.
Fue a Hugo a quien se le presen¬tó la primera oportunidad, porque al fin se acercó una mujer que lle¬vaba en un cesto cierto envoltorio grueso. Los ojos de Hugo relucieron de perverso, placer al decirse:
––¡Por mi vida! Si puedo impu¬tarle eso al Rey de los Gallos de Pelea, estará perdido.
Esperó y acechó pacientemente, al parecer, pero por dentro consu¬mido por los nervios, hasta que hubo pasado la mujer y la ocasión estuvo en su punto. Entonces dijo en voz baja:
Espera que vuelva.
Y cautelosamente se lanzó tras su víctima.
Llenóse de alegría el corazón del rey, que podía ya escaparse si la empresa de Hugo le llevara algo le¬jos; pero no había de tener seme¬jante suerte. Hugo se deslizó detrás de la mujer, le arrebató el lío y volvió corriendo y envolviéndole en un pedazo de manta vieja que lle¬vaba al brazo. La mujer prorrum¬pió en gritos no bien sintió la pér¬dida por la disminución de peso, aunque no se había dado cuenta del hurto Hugo, sin detenerse, puso el lío en las manos del rey, dicién¬dole:
––Ahora corre detrás de mí gri¬tando: “¡Al ladrón, al ladrón!”, pero ten cuidado de despistarlos.
Un momento después volvió Hugo una esquina y se precipitó por un callejón, y en seguida volvió a apa¬recer a la vista como un ser indi¬ferente e inofensivo y se colocó de¬tras de un poste para ver los resul¬tados de su maquinación.
El ofendido rey arrojó el envol¬torio al suelo y la manta se le cayó en el momento de llegar la mujer, seguida de una tumultuosa muche¬dumbre. La mujer agarro con una mano la muñeca de Eduardo, asió el envoltorio con la otra y empezó a insultar al niño, que luchaba sin éxito por desasirse de sus manos. Hugo había visto lo suficiente. Su enemigo había sido capturado y la ley se las entendería con él. Por esta razón se escabulló jubiloso y son¬riente y se dirigió hacia el campa¬mento, fraguando por el camino una versión aceptable del caso para con¬társela al jefe.
Continuó, el rey forcejeando por soltarse de la mujer, y exclamando mortificadísimo:
––¡Suéltame, necia criatura! No he sido yo el que te ha despojado de tus mezquinos bienes.
La muchedumbre se agrupó en torno, amenazando al rey y lanzán¬dole insultos. Un herrero fornido, con mandil de cuero y mangas arre¬mangadas hasta los codos, quiso lanzarse sobre él, diciendo que iba a darle una paliza como lección, más en aquel instante centelló una espada en el aire cayó de plano con convincente fuerza sobre el bra¬zo del hombre, en tanto que su es¬trambótico dueño decía, como quien no quiere la cosa:
Vamos a ver, buenas almas; procedamos con suavidad y no con mala sangre ni palabras anticristia¬nas. Éste es un asunto para que lo examine la justicia, no para que se trate privadamente. Suelta al mu¬chacho, buena mujer.
El herrero midió con la mirada al membrudo soldado y se alejó re¬funfuñando y frotándose el brazo. La mujer soltó a regañadientes la muñeca del niño y la muchedumbre miró al desconocido con poca sim¬patía, pero prudentemente cerró la boca. El reyecito saltó al lado de su salvador, con las mejillas arrebo¬ladas y los ojos relucientes, y ex¬clamó:
––Mucho te has tardado, pero ahora vienes muy a tiempo, sir Mi¬les. Hazme pedazos a toda esa ca¬nalla. 11

11. PENA POR PEQUEÑAS RATERÍAS
Cuando Connecticut y New Haven forjaban sus primeras códigos, la ratería que sobrepasase el valor de doce peniques era considerada en Inglaterra tamo un crimen capital; como había sido desde la época de Enrique I. Dr. Hammond Trumbull, Las Leyes Azules, falso y verdadero, p. 17.
En el antiguo y curioso libro titulado El pícaro inglés, se asienta como límite al robo trece peniques y media, siendo al castigo la pena de muerte para cualquiera que robase algo “con veloz superior a trece peniques y medio.”

CAPÍTULO XXIII

EL PRINCIPE PRISIONERO

Hendon sonrió a su pesar, mien¬tra se inclinaba y cuchicheaba al oído del rey:
––Calma, calma; príncipe. Habla con cautela..., aunque mejor será que no hables. Confía en mí, que todo saldrá bien al final. ––Y aña¬dió para si: ––––¡Sir Miles! ¡Anda! ¡Si ya me había olvidado de que era un caballero! ¡Cuán maravilloso es comprobar cómo se aferra su me¬moria a sus peregrinas locuras—! . Mi título es fantástico y necio y, sin embargo, es una cosa que he me¬recido, porque a mi ver es más honor que le tengan a uno por digno de ser espectro de un caballero en este Reino de los Sueños y de las Sombras, que ser considerado lo bas¬tante rastrero para ser conde en al¬gunos de los reinos de veras de este mundo.
La muchedumbre se apartó para dar paso a un alguacil, quien se aprestaba a poner manos en el hom¬bro del rey, cuando le dijo Hendon:
––Despacio, buen amigo. Retira la mano, porque él irá pacífica¬mente. Yo te respondo de ello. Ve por delante, que te seguimos.
Echó a andar el alguacil con la mujer y su envoltorio, y Miles y el rey fueron detrás de ellos, seguidos por la turbamulta. El rey se mostra¬ba propenso a rebelarse, pero Hen¬don le dijo en voz baja:
––Reflexiona, señor, que tus leyes son la saludable emanación de tu propia realeza. Si el que las dicta se resiste, ¿cómo podría obligar a los demás a respetarlas? En aparien¬cia se ha infringido una de esas leyes.
Cuando el rey vuelva a estar en su trono, ¿podrá humillarle recordar que, cuando era un simple particu¬lar, al parecer, desapareció lealmen¬te ante el ciudadano, y se sometió a la autoridad de las leyes?
––Tienes razón; no digas más. Ya veras cómo cualquier sufrimiento que pueda imponer el rey de Ingla¬terra a un súbdito, con arreglo a la ley, lo padecerá él mismo mientras ocupa el sitio de un vasalla.
Cuando llamaron a la mujer a declarar ante el juez de paz, juró que el preso que se hallaba en la barra era la persona que había co¬metido el hurto. Como nadie podía demostrar lo contrario, el rey quedó convicto. Se deshizo el envoltorio, y cuando su contenido resultó ser un cerdito aderezado, el juez se mostró perplejo, mientras Hendon palidecía y sentía pasar por su cuer¬po una corriente eléctrica de pavor, mas el rey permaneció inperterrito en la ignorancia. Meditó el juez du¬rante una pausa siniestra, y luego se volvió a la mujer, preguntándole:
––¿Cuánto crees que vale eso?
––Tres chelines y seis peniques, señor ––contestó la mujer haciendo una cortesía––. No podría rebajar su valor un penique para decirlo honradamente.
El juez miró con cierto desaso¬siego a la multitud, y luego hizo una seña al alguacil, ordenando:
––Despejad la sala y cerrad las puertas.
Así se hizo, sin que quedaran den¬tro más que el juez y el alguacil, el acusado, la acusadora y Miles Hendon. Este último estaba tieso y pálido y de su frente brotaban gotas de sudor que caían por si rostro. El juez se volvió de nueve a la mujer y dijo con voz com¬pasiva:
––Éste es un pobre muchacho ignorante, que quizá ha sido hostigado por el hambre... ¿Sabes, buen, mujer, que si se roba una cosa de valor superior a trece peniques y medio, dice la ley que el ladrón debe ser ahorcado?
Estremecióse el rey, que abrió des¬mesuradamente los ojos de terror, pero supo dominarse y guardar si¬lencio. No así la mujer, que se puso en pie de un salto, temblando de espanto, y gritó:
––¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho? ¡Santo cielo! Por nada del mundo querría que ahorcaran al infeliz. ¡Ah! ¡Salvadme de eso, señor! ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo hacer?
Mantuvo el juez la dignidad de su cargo y contestó con sencillez:
––Sin duda se puede revisar el va¬lor, porque aún no consta en autos.
––Entonces, en nombre de Dios; decid que el cerdo vale sólo ocho peniques, y bendiga Dios el día que ha descargado mi conciencia de tan gran remordimiento.
En su júbilo, Milen Hendon ol¬vidó toda compostura y sorprendió al rey, y ofendió su dignidad, echán¬dole los brazos al cuello y estre¬chándole contra su pecho. La mujer se despidió agradecida y salió con su cerdo, y cuando el alguacil le abrió la puerta la siguió a la angosta an¬tecámara. El juez se puso a escribir en los autos. Hendon, siempre aler¬ta, pensó que no estaría mal averi¬guar por qué había seguido el al¬guacil a la mujer, y salió de puntillas a la sombría antecámara, y escuchó una conversación más o menos como ésta:
––Es un cerdo muy gordo y pro¬mete estar riquísimo. Te lo voy a comprar. Aquí tienes los ocho pe¬niques.
––Ocho peniques? ¡Estás fresco! Me cuesta a mí tres chelines y ocho peniques en buena moneda del últi¬mo reinado, que el viejo. Enrique qué acaba de morir no había tocado en su vida. ¡Una higa para vuestros ocho peniques!
––¿Ahora salimos con ésas? Has prestado juramento y has jurado en falso al decir que no valía más que ocho peniques. Ven en seguida con¬migo ante su señoría a responder de tu delito..., y el muchacho será ahorcado.
––¡Callad, callad! No digáis más, que a todo me allano. Dadme los ocho peniques y callaos la boca.
Fuese la mujer corriendo y Hen¬don volvió a la sala del tribunal, donde no tardó en seguirle el algua¬cil, después de esconder su compra en lugar conveniente. El juez escri¬bió un momento mas, y después leyó al rey un auto muy moderado y clemente, en el cual le sentenciaba a un corto encierro en la cárcel común, que sería seguido de una azotaina pública. El rey, asombrado, abrió la boca y probablemente se disponía a ordenar que decapitaran en el acto al buen juez, cuando ob¬servó una seña de aviso de Hendon y logró cerrar los labios antes de proferir palabra. Hendon le tomó de la mano, hizo una reverencia al juez y ambos partieron hacia la cár¬cel, custodiados por el alguacil. En el momento en que llegaron a la calle, el airado monarca se detuvo, desprendió la mano de la de Hen¬don y exclamó:
––¡Idiota! ¿Te imaginas que voy a entrar vivo en una cárcel pública?
Hendon se inclinó y le dijo con cierta dureza:
––Quieres confiar en mí? Cállate y no vayas a empeorar nuestra si¬tuación con palabras peligrosas. Su¬cederá lo que Dios quiera; pero aguarda y ten paciencia, que tiempo sobrado habrá para rabiar o rego¬cijarnos cuando lo que haya de ocu¬rrir haya ocurrido.


CAPÍTULO XXIV

LA ESCAPATORIA

El corto día de invierno tocaba casi a. su fin. Las calles estaban de¬siertas, salvo unos cuantos viandan¬tes desperdigados, que apresurados, con la expresión grave de quienes sólo desean cumplir su cometido lo más pronto posible para guare¬cerse cómodamente en sus casas, como defensa contra el creciente viento y contra la oscuridad que se hacía cada vez mayor.
No miraban ni a derecha ni a iz¬quierda ni prestaban atención a nues¬tros personajes, a quienes parecían no ver siquiera. Eduardo VI se pre¬guntó si el espectáculo de un rey camino de la cárcel habría sido contemplado alguna vez con tan sor¬prendente indiferencia. No tardó el alguacil en llegar a un mercado de¬sierto, que se dispuso a cruzar, mas cuando llegó al centro de él, Hen¬don le puso la mano en el hombro y le dijo en voz bajá:
––Espera un momento, que nadie nos oye y deseo decirte unas pala¬bras.
––Mi deber me prohibe escuchar. No me entretengas, que se acerca la noche.
––A pesar de todo, aguarda, por¬que el asunto te atañe muy de cerca: Vuélvete un momento de espaldas y finge que no ves. Deja que se escape ese pobre muchacho.
––¿A mí con ésas? Te prendo en...
––No te precipites. Ándate con cuidado y no cometas una sandez agregó Hendon, bajando la voz hasta un susurro y hablando al oído del hombre––. El cerdo que has comprado por ocho peniques te pue¬de costar la cabeza.
El pobre alguacil, tomado de sor¬presa, se quedó al pronto sin habla, mas luego empezó a proferir ame¬nazas. Hendon, sin alterarse, esperó con paciencia hasta que se le acabó la cuerda, y luego dijo:
––Me has sido simpático, amigo, y no quisiera que te ocurriera daño. Ten en cuenta que lo he oído todo, como te lo probaré.
Y a renglón seguido le repitió, palabra por palabra, la conversación que el alguacil sostuvo con la mujer en la antecámara dei tribunal, y terminó diciendo:
––¿Te lo he contado bien? ¿No crees que podría contárselo lo mis¬mo al juez, si la ocasión se presen¬tara?
El alguacil permaneció un instan¬te mudo de temor y de desaliento; luego se repuso y dijo con forzado desembarazo:
––Mucho valor quieres tú darle a una broma. No he hecho más que engañar a la mujer para divertir¬me.
––¿Y para divertirte guardas el cerdo? ,
––Sólo para ello, señor ––repuso vivamente el alguacil––. Ya te he dicho que no fue más que una broma.
––Empiezo a creerte ––contestó Hendon, con acento en que se mez¬claban la burla y la convicción, pero aguarda aquí un momento, mietras corro a preguntar a su seño¬ría, porque sin duda, como hombre experto en leyes, en bromas y en...
Quiso alejarse sin dejar de hablar, pero el alguacil vaciló, profirió uno o dos juramentos, y por fin exclamó:
––Espera, espera, señor. Te ruego que esperes un poco. ¡El juez! Tie¬ne con los bromistas tan poca com¬pasión como un cadáver. Ven y seguiremos hablando. ¡Cuerpo de tal! Por lo visto estoy en un atolla¬dero y todo por, una burla inocente y sin malicia. Señor, tengo familia y mi mujer y mis hijos... Atiende a razones, señor. ¿Qué quieres de mí?
––Sólo que seas ciego, mudo y paralítico, mientras yo cuento hasta cien mil... Contaré despacio ––dijo Miles Hendon con la expresión de un hombre que no pide sino un favor razonable y modesto.
––Eso es mi perdición ––dijo el alguacil desesperado––. ¡Ah! Sed ra¬zonable, señor. Considerad el asunto por todos sus lados, y ved que es una pura broma, una broma mani¬fiesta y evidente; y si alguien dijere que, no lo es, sería entonces una fal¬ta tan pequeña, tan pequeña, que la pena mayor que merecería sería una reprensión y un aviso del juez.
Hendon replicó con una solemni¬dad que dejó helado hasta el aire que respiraba el alguacil:
––Esa burla tuya tiene un nom¬bre en la ley. ¿Sabes cuál es?
––No lo sé. Acaso haya sido una imprudencia. Ni por sueños pensé que tuviera nombre. ¡Ah, santo cie¬lo! Creí que era una cosa original.
––Sí. Tiene un nombre. En la ley ese delito se llama Non compos mentís ¡ex talionis sic transit gloria Mundi.
––¡Oh, Dios mío!
––Y su castigo es la muerte.
––¡Dios tenga piedad de mis cul¬pas!
––Aprovechándose de la situación de una persona en peligro y que se hallaba a tu merced, te has apode¬rado de, objetos de valor superior a trece peniques y medio sin pagar más que una miseria por ellos; y eso, 'a los ojos de la ley, es vejación constructiva, prisión infundada de traición, fechoría en el cargo, ad hominem expurgatis in statu quo, y la pena es la muerte por manos del verdugo, sin rescate, conmuta¬ción ni beneficio de clerecía.
––Sostenedme, señor, sostenedme, que me flaquean las piernas. ¡Tened compasión de mí ¡Evitadme esa sen¬tencia, y me volveré de espaldas y no veré nada de cuanto ocurra.
––Bien; ahora eres sensato y ra¬zonable. ¿Y devolverás el cerdo?
––Si, lo devolveré, y no volveré a tocar otro aunque me lo envíe el cielo por mano de un arcángel. Idos, que para vosotras estoy ciego y no veo nada. Diré que me habéis ata¬cado y que por fuerza me habéis arrancado de las manos al prisione¬ro. Es una puerta muy vieja... Yo mismo la echaré abajo, después de medianoche.
––Hazlo así, buena alma, que no e ocurrirá daño. El juez ha tenido amorosa compasión de este pobre muchacho, y no derramará lágrimas ni romperá la cabeza a ningún car¬celero por su fuga.

CAPÍTULO XXV

HENDON HALL

No bien se vieron Hendon y el rey libres del alguacil; Su Majestad recibió instrucciones de correr a un lugar determinado fuera del pueblo y esperar allí, mientras Hendon iba a la posada a pagar la cuenta. Me¬dia hora más tarde los dos amigos se encaminaban alegremente hacia el este, en las cansadas cabalgaduras de Hendon. El rey iba ya abrigado y cómodo, porque había desechado sus andrajos para vestirse con el traje de lance que Miles había com¬prado en el puente de Londres.
Quería el soldado no fatigar de¬masiado al niño, pues consideraba que las jornadas duras, las comidas irregulares y el escaso sueño serían perjudiciales para su perturbada men¬te, al paso que el descanso, la re¬gularidad y el ejercicio moderado apresurarían, sin duda, su curación. Deseaba volver a ver en sus cabales a aquella perturbada inteligencia, desterradas las desafortunadas visio¬nes de la atormentada cabecita; por consiguiente, se dirigió a jornadas cortas hacia el lugar de que llevaba tanto tiempo ausente, en vez de obe¬decer a los impulsos de su impacien¬cia y correr día y noche.
Cuando hubieron recorrido como diez millas, llegaron a un pueblo importante, donde pernoctaron en una buena posada. Reanudáronse entonces las relaciones de untes, manteniéndose Hendon detrás de la silla del rey mientras éste comía, asistiéndole y desnudándole cuando se disponía a acostarse. Lo hacía él én el suelo, al través de la puerta, envuelto en una manta.
El día siguiente y el otro siguie¬ron su caminata despacio, sin dejar de hablar de las aventuras que ha¬bían tenido desde su separación, y gozando grandemente con sus na¬rraciones. Hendon refirió todas sus idas y venidas en busca del rey, y le dijo cómo el arcángel le había con¬ducido por todo el bosque, hasta llevarlo otra vez a la choza, cuando al fin vio que no sé podía desem¬barazar de él. Entonces ––prosi¬guió––, el viejo entró al cubil y vol¬vió dando traspiés y en extremo alicaído, pues dijo que esperaba encontrarse con que el niño había vuelto y se había tendido a descan¬sar, mas no era así. Hendon aguar¬dó todo el día en la choza, y cuando al fin perdió la esperanza del re¬greso del rey, partió, otra vez en su busca.
––Y el viejo Sanctumm Sanctorum estaba verdaderamente apenado por la desaparición de Vuestra Majestad. Se le conocía en la cara.
––No lo dudo, a fe mía ––con¬testó el rey. Tras de lo cual refirió sus aventuras, que hicieran arrepen¬tirse a Hendon de no haber acogo¬tado al arcángel.
El buen humor del soldado ad¬quirió gran vuelo el último día del viaje. Sin dar paz a la lengua, habló de su anciano padre y de su herma¬no Arturo, y refirió hartas cosas que revelaban el generoso carácter de ambos. Tuvo palabras de exalta¬ción para su Edita, y, en suma, es¬taba tan animado que hasta llegó a decir cosas cordiales y fraternales de Hugo.. Habló largo y tendido de la futura llegada a Hendon Hall. ¡Qué sorpresa para todos, y qué es¬tallido de agradecimiento y deleite se manifestaría!
Era una campiña hermosa, sem¬brada de casas de campo y huertos, y el camino se tendía entre vastas praderas, cuyas lejanías, señaladas por suaves altozanos y depresiones, sugerían las constantes ondulaciones del mar. Por la tarde, el hijo pró¬digo que regresaba a su hogar se desviaba continuamente de su cami¬no para ver si subiendo a alguna loma le sería posible atravesar la distancia y divisar su morada. Al fin lo consiguió, y exclamó exci¬tado:
Aquél es el pueblo, príncipe, y allá se ve mi casa. Desde ahí se al¬canza a divisar las torres. Y aquel bosque es el jardín de mi casa. ¡Ah! Ya verás qué lujo y qué grandeza. ¡Una casa con setenta habitaciones, piénsalo, y con veintisiete criados! Magnífico albergue para nosotros, ¿verdad? ¡Ea! Corramos, que mi im¬paciencia no sufre más demora.
Apresuráronse todo lo posible, mas a pesar de todo eran las tres antes de llegar al pueblo. Los via¬jeros lo cruzaron sin que Hendon dejara de hablar.
––Esta es la iglesia..., cubierta con la misma hiedra, ni más ni me¬nos. Allí está la posada, el viejo “León Rojo”, y más allá el merca¬do. Aquí está el mayo y aquí la bomba. Nada ha cambiado, por lo menos nada más que la gente, por¬que en diez años la gente cambia. A algunos me parece conocer, pero a mí no me conoce nadie.
Así continuó hablando y no tar¬daron en llegar al extremo del pue¬blo, donde los viajeros se metieron por un camino angosto y tortuoso que se abría entre elevados setos, y anduvieron por él al trote cerca de media hora, para entrar después a un amplio jardín por una verja mag¬nífica, en cuyos grandes pilares de piedra se mostraban emblemas no¬biliarios esculpidos. Hallábanse en una noble morada.
––Bienvenido a Hendon Hall, rey mío ––exclamó Miles––. Éste es un gran día. Mi padre, mi hermano y lady Edita sentirán, tanta alegría que no tendrán ojos ni palabras más que para mí en los primeros trans¬portes de este encuentro, y así tal vez te parezca que te acogen con frialdad; pero no te preocupes, que pronto te parecerá lo contrario, pues cuando yo diga que tú eres mi pu¬pilo y les cuente lo que me cuesta el cariño que te profeso, ya verás cómo te estrechan contra su pecho y te hacen el don de su casa y sus corazones para siempre.
En el momento siguiente se apeó Hendon delante de la gran puerta, ayudó a bajar al rey, lo tomó de la mano y corrió al interior. A los pocos pasos dieron en un espacioso aposento; entró el soldado e hizo entrar al rey con más prisa de la que convenía, y corrió hacia un hombre que se hallaba sentado a un escritorio frente a un abundante fuego.
––¡Abrázame, Hugo, y di que te alegras de volver a vermel Llama a nuestro padre, porque este casa no es mi casa hasta que yo estreche su mano y vea su rostro y oiga su voz una vez más.
Pero Hugo retrocedió, después de revelar una sorpresa momentánea, y clavó la mirada en el intruso; una mirada que revelaba al principio algo de dignidad ofendida, pero que se mudó al instante, como respon¬diendo a un pensamiento o intención internos, en una exclamación de ma¬ravillada curiosidad mezclada con una compasión real o fingida. De pronto dijo con suave acento:
––Tu razón parece perturbada, ¡oh pobre desconocido! Sin duda has sufrido privaciones y duros tra¬tos en el mundo, como parecen de¬nunciar tu cara y tus vestidos. ¿Por quién me tomas?
––¿Por quién te tomo? ¿Por quién te voy a tomar sino por quien eres? Te tomo por Hugo Hendon ––dijo enojado Miles.
El otro continuó con el mismo tono suave:
––¿Y quién te imaginas tú ser?
––No se trata aquí de imagina¬ciones. ¿Pretendes que no conoces a tu hermano Miles Hendon?
En el semblante de Hugo apare¬ció una expresión de agradable sor¬presa.
––¡Cómo! ¿No te chanceas? ––ex¬clamó––. ¿Pueden los muertos vol¬ver a la vida? Loado sea Dios, si así es. ¿Nuestro pobre muchacho perdido vuelve a nuestros brazos des¬pues de estos crueles años? ¡Ah! Parece demasiado bueno para ser verdad. Es demasiado bueno para ser verdad. Te, ruego que tengas compasión y no bromees conmigo. ¡Pronto! Ven a la luz. Déjame que te mire bien.
Asió a Miles del brazo, lo arras¬tró a la ventana y empezó a devo¬rarlo con los ojos de pies a cabeza, volviéndolo a uno y otro lado, dando vueltas vivamente en tomo de él para examinarlo desde todos los án¬gulos, en tanto que el hijo pródigo, radiante de alegría, sonreía, reía y no cesaba de mover la cabeza, di¬ciendo:
––Sigue, hermano, sigue y no te¬mas. No hallarás miembros ni fac¬ción que no pueda soportar la prue¬ba. Escudríñame a tu antojo, mi buen Hugo. Soy, en efecto, tu viejo Miles, el mismo viejo Miles, el hermano perdido. ¿No es eso? iAh! Éste es un gran día; ¡ya decía yo qué era un gran día! Dame la mano, acerca la cara. ¡Dios mío, si voy a morir de alegría!
Iba a arrojarse sobre su hermano, pero Hugo levantó una mano para detenerle y dejó caer la cabeza so¬bre el pecho con dolorida expresión, mientras decía emocionado:
––¡Ah! Dios en su bondad me dará fuerzas para sobrellevar este terrible desencanto.
Miles, admirado, estuvo un mo¬mento sin poder hablar, mas al fin recobró el uso de la palabra y ex¬clamó:
––¿Qué desencanto? ¿No soy tu hermano?
Movió Hugo tristemente la cabeza y dijo:
––Quiera el cielo que sea verdad y que otros ojos encuentren la se¬mejanza que se oculta a los míos.
––¡Ah! Mucho me temo que la carta decía una triste verdad.
––¿Qué carta?
––Una que vino de más allá de los mares, hace seis o siete años. Decía que mi hermano murió en un combate.
––Era mentira. Llama a nuestro padre, que él me conocerá.
––No se puede llamar a los muer¬tos.
––¿Muerto? ––exclamó Miles con voz apagada y temblorosos labios––. ¿Mi padre muerto? ¡Oh! Ésta es una terrible noticia. La mitad de mi alegría se ha desvanecido ya. Déja¬me ver a mi hermano Arturo, que él me conocerá; él me conocerá y sabrá consolarme.
También Arturo ha muerto.
––¡Dios tenga piedad de mí! ¡Muertos! ¡Los dos muertos! Muer¬tos los dignos y vivo el indigno, que soy yo. ¡Ah! Te lo imploro. No me digas que lady Edita ha muerto también...
––¿Lady Edita? No; vive.
––¡Entonces loado sea Diosl Mi alegría vuelve a ser completa. Corre, hermano; haz que venga a mí. Si ella dice que yo no soy yo... Pero no lo dirá. No, no; ella me reco¬nocerá. He sido un necio al dudar¬lo. Tráela aquí. Trae a los viejos criados, que ellos me conocerán tam¬bién.
 ––Han muerto todos menos cin¬co: Pedro, Halsey, David, Bernardo Margarita.
Al decir esto salió Hugo del apo¬sento y Miles se quedó meditando un rato y luego empezó a dar paseos,diciendo entre dientes:
––Los cinco archibellacos han sobrevivido a los veintidós fieles y hon¬rados... ¡Cosa extraña!
Continuó dando pasos a un lado y otro sin cesar de hablar para sí, pues se había olvidado por completo del rey; mas de pronto Su Majestad dijo con gravedad y con acento de verdadera compasión, aunque sus palabras podían tomarse en sentido irónico.
––No te preocupe tu desventura, buen amigo. Otros hay en el mundo cuya identidad se niega y cuyos de¬rechos se toman a broma. No estás solo.
––¡Ah, señor mío! ––exlamó Hen¬don, sonrojándose levemente––. No me condenes. Espera, que ya verás. No soy un impostor: ella lo dirá. Lo oirás de los más dulces labios de Inglaterra. ¿Yo, un impostor? Yo conozco esta vieja casa, esas efigiés de mis antepasados y todo lo que nos rodea, como conoce un niño su propio cuarto. Aquí nací y me edu¬qué, señor mío. Hablo la verdad; a ti no te engañaría. Y aunque nadie más me crea, te ruego que no du¬des tú de mí; no podría soportarlo.
––No dudo de ti ––dijo el rey con infantil sencillez y convencimiento.
––Te doy las gracias con toda mi alma ––exclamó Hendon con un fervor que revelaba su emoción.
Y el rey añadió con la misma sen¬cillez admirable:
––¿Dudas tú de mí?
Invadió a Hendon una confusión culpable, que le hizo sentirse alivia¬do al abrirse la puerta para dar paso a Hugo, ahorrándole así la necesi¬dad de replicar.
Una hermosa dama, fastuosamen¬te vestida, seguía a Hugo, y detrás de ella llegaban varios criados de librea. La dama se acercó lenta¬mente, con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. Su semblante re¬velaba una inefable tristeza. Miles Hendon se precipitó hacia adelante, exclamando: ¡Oh, Edita mía, alma mía!...
Pero Hugo le hizo retroceder gra¬vemente, diciendo a la dama:
––Miradle: ¿Le conocéis?
Al oír la voz de Miles, la dama se turbó levemente, sus mejillas se tiñeron de rubor, y tembló todo su cuerpo. Permaneció inmóvil durante una emocionante pausa de segundos, y, al fin, levantó la cabeza y clavó sus ojos en los de Hendon, con mirada apagada y asustada. De su rostro desvanecióse la sangre gota a gota, sin dejar más que una palidez de muerte; y al fin dijo la dama, con voz tan muerta coma el rostro:
––No le conozco––. Dio media vuelta, ahogando un suspiro y un sollozó, y salió temblando del apo¬sento. Miles Hendon se dejó caer en una silla y se cubrió la cara con las manos. Después de una pausa, pre¬guntó su hermano a los criados:
––Ya lo habéis visto. ¿Lo cono¬céis?
Todos movieron la cabeza nega¬tivamente, y entonces el dueño dijo:
––Los criados no os conocen, se¬ñor. Sin duda hay una equivocación. Ya habéis visto que mi mujer no os conoce.
––¿Tu mujer?
Inmediatamente se vio Hugo aco¬rralado contra la pared, con una mano de hierro en la garganta.
––¡Ah, maldito zorró! ¡Todo lo veo claro! ¡Tú mismo escribiste la fingida carta, cuyos frutos han sido mi novia y mis bienes robados! ¡Ea! Vete de aquí, porque no quiero mancillar mi honrada condición con la muerte de un perro tan despre¬ciable.
Hugo, encendido y casi sofocado, se tambaleó hasta la silla próxima y ordenó a los criados que asieran y ataran al desconocido agresor. Vaci¬laron, y uno de ellos dijo:
––Está armado, sir Hugo, y nos¬otros no lo estamos.
––¿Armado? ¿Y qué importa, siendo tantos? ¡A él os digo!
Pero Miles les previno que se anduvieron con tiento en lo que ha¬cían añadió:
––Todos me conocéis de antiguo; yo no he cambiado. Venid aquí, si os place.
Este recuerdo no les dio a los criados más valor, y siguieron aco¬bardados.
––Entonces id a armaros, cobar¬des, y guardad las puertas mientras yo envío por la guardia ––exclamó Hugo. Y volviéndose en el umbral dijo a Miles––: Será ventajoso para vos que no intentéis inútilmente es¬caparos.
––¿Escaparme? No te apures por eso, si es lo que te apura, porque Miles Hendon es el amo de Hendon Hall y todas sus pertenencias. Y seguirá siéndolo, no lo dudes.

CAPÍTULO XXVI

REPUDIADO

El rey estuvo meditando unos ins¬tantes y al fin levantó la vista y dijo:
––¡Extraño, muy extraño! No pue¬do explicármelo.
––No, no es extraño, señor. Co¬nozco a mi hermano y su conducta es muy natural. Ha sido un bellaco desde que nació.
––¡Oh! No hablaba de él, sir Mi¬les.
––¿No hablabais de él? ¿Pues de quién? ¿Qué es lo que extrañas?
––Que no echen de menos al rey.
––¿Cómo? ¿Qué? No comprendo.
––¿De veras? ¿No te parece en extremo raro que el país no esté ya lleno de correos y pregones que des¬criban mi persona y me busquen? ¿No es asunto de conmoción ni de pesar que el jefe del Estado haya desaparecido, que yo me haya eva¬porado como el aire?
—Sí, muy cierto es, se me había olvidado ––repuso.Hendon, que sus¬piró y dijo para su capote––: ¡Po¬bre mente perdida!... Aún sigue con su doloroso ensueño.
––Pero tengo un plan que nos hará justicia a los dos. Escribiré una carta en tres lenguas, latín, griego e inglés, y tú mañana por la maña¬na irás corriendo con ella hacia Londres. No se la des a nadie más que a mi tío, lord Hertford, que cuando él la vea sabrá que yo la he escrito, y entonces enviará por mí,
––¿No sería mejor, príncipe, que esperásemos aquí hasta que yo de¬muestre quién soy y asegure mi derecho a mis bienes? Así podrías mucho mejor.
––¡Calla! ––le interrumpió el rey imperiosamente––. ¿Qué significan tus pobres dominios, tus vulgares in¬tereses, al lado de cosas que con¬ciernen al bienestar de la nación y a la integridad de un trono? ––y añadió con voz más dulce, como si se arrepintiera de su rudeza––: Obe¬dece y no temas, que yo enderezaré tu entuerto y te restableceré en todo. Sí, en más que en todo. Yo lo recordaré.
Al decir esto tomó la pluma y se¬ puso a escribir. Hendon le contem¬pló amorosamente un rato y se dijo:
––Si estuviéramos a oscuras pen¬saría que ha sido un rey el que ha hablado. No se puede negar que cuando le da la vena, lanza truenos y relámpagos como un verdadero rey. ¿De dónde habrá sacado esa argucia? Miradle escribir tan conten¬to unos garabatos sin significado, imaginándose que son latín y grie¬go... Y como mi ingenio no dé con un arbitrio feliz para apartarle de su propósito, me veré obligado mañana a fingir que salgo a cum¬plir el cometido que ha inventado para mí.
Al momento siguiente los pensa¬mientos de sir Miles volvieron al reciente episodio. Tan absorto esta¬ba en sus meditaciones, que, cuando el rey le entregó el papel que había escrito, lo recibió y guardó sin darse cuenta de ello.
––¡Qué conducta tan rara ha sido la suya! ––dijo entre dientes––. Yo creo que ella me ha conocido..., y creo que no me ha conocido. Estas opiniones son contradictorias, lo veo claro. No me es posible conciliarlas ni desechar ninguna de las dos, ni siquiera que una gane a la otra. El caso sencillamente es éste: ha de haber conocido mi cara, mi figura y mi voz, porque ¿cómo podría ser de otro modo? Sin embargo, ha di¬cha que no me conocía, y eso es una prueba absoluta, porque no es ca¬paz de mentir. ¡Pero..., un momen¬to!... Creo que empiezo a com¬prender. Acaso él ha influido en ella, le ha obligado a que mienta, le ha exigido mentir. Ésa es la solu¬ción: el enigma está descifrado. Pa¬recía muerta de terror... Sí estaba bajó su poder. Yo la veré, yo la encontraré. Ahora que él está fuera, ella me dirá la verdad, recordará los antiguos tiempos en que éramos compañeros de juegos y esto le ablan¬dará el corazón y no me negará más, sino que confesará quién soy. Por sus venas no corre sangre en¬gañosa. No; siempre ha sido ho¬nesta y fiel. Me amaba en aquellos días de antaño. Psa es mi seguridad, porque no se puede hacer traición a quien se ha amado.
Acercóse angustiosamente a la puerta, que se abrió en aquel mo¬mento para dar paso a lady Edita. Ésta llegaba muy pálida, pero con paso firme, gracioso continente y con gentil dignidad. Su semblante se veía tan triste como antes.
Miles dio un salto hacia adelante, con serena confianza, para salirle al encuentro, pero Edita le contuvo con un ademán casi imperceptible y el soldado se detuvo. Sentóse la dama y le pidió que hiciera otro tanto. Así, sencillamente le hizo per¬der la sensación de antiguo compa¬ñerismo, y lo transformó en un des¬conocido y en un huésped. La sor¬presa, lo inesperado del momento, obligó a Miles a preguntarse un instante si era en efecto la persona que pretendía ser. Lady Edita dijo:
––He venido a preveniros, caba¬llero. Acaso no es posible disuadir de su engaño a los locos, pero sin duda se les puede persuadir a que eviten peligros. Creo que ese sueño vuestro tiene para vos la apariencia de una verdad in artificio, y no es por tanto criminal... Pero no in¬sistáis, porque es peligroso. Y aña¬díó con impresionante voz–– y miran¬do de lleno al rostro de Miles––: Es tanto más peligroso cuanto que os parecéis mucho al que habría sido nuestro difunto joven, si hubiera vivido.
––¡Cielos, señora! ¡Si soy yo mis¬mo.
––Creo, en verdad, que así lo pensáis, caballero. No pongo en duda vuestra honradez; no hago sino preveniros. Mi esposo es señor de esta región; su poder apenas reco¬noce límites; la gente prospera o muere de hambre según sea su vo¬luntad. Si no os parecierais al hom¬breque decís ser, mi marido podría consentiros gozar pacíficamente de vuestro sueño; pero lo conozco bien y bien sé lo que hará. Pregonará a todos que no sois sino un orate im¬postor, y todos le harán coro sin vacilar. ––Volvió a clavar en Miles la mirada y añadió––: Si fuerais Mi¬les Hendon y él lo supiera, y lo supiera toda la comarca ––fijaos bien en lo que digo y meditadlo bien––, estaríais en el mismo peligro, y vues¬tro castigo no sería menos cierto. Él os negaría y os denunciaría, y nadie osaría salir en vuestra defensa.
––Lo creo sin duda alguna ––con¬testó Miles con amargura––. La per¬sona que puede ordenar a una amiga de toda la vida que traicione y niegue, y que es obedecida, puede muy bien esperar obediencia en las lugares en que se juegan el pan y la vida y no se tienen en cuenta vínculos de lealtad y honor, más frágiles que la tela de una araña.
Un débil rubor apareció un ins¬tante en las mejillas de la dama; que bajó la vista al suelo; pero su voz no denunció emoción alguna al proseguir:
––Os he prevenido y debo preve¬niros una vez más que os vayáis de de aquí. De lo contrario, ese hombre os perderá. Es un tirano que no conoce la compasión. Yo, que soy su esclava encadenada, lo sé muy bien. El pobre Miles, y Arturo, y mi querido tutor sir Ricardo están libres de él y reposan. Más os valdría estar con ellos que quedaron aquí, en las garras de ese malvado. Vues¬tras pretensiones son una amenaza para su título y sus bienes. Le habéis agredido en su propia casa y es¬táis perdido si os quedáis. No va¬ciléis. Si os falta dinero, tomad esta bolsa que os ofrezco, y sobornad a los criados para que os dejen salir. ¡Oh! Escuchad mi aviso, infeliz, y escapaos mientras estáis a tiempo.
Rechazó Miles la bolsa con un ademán y se levantó diciendo:
––Concededme una cosa. Fijad en los míos vuestros ojos, para que yo me convenza de que están serenos. ¡Así! Ahora respondedme: ¿Soy yo Miles. Hendon?
––No; no os conozco.
––¡Juradlo!
La respuesta sonó en voz baja, pero clara.
––Lo, juro.
––¡Oh! ¡Esto es inconcebible!
––¡Huid! ¿Por qué perdéis un tiempo tan precioso? ¡Huid y sal¬vaos
En ese momento entraron los al¬guaciles en la estancia y comenzó una violenta lucha, pero Hendon no tardó en ser dominado y preso. Lleváronse también al rey, y ambos fueron maniatados y conducidos a la cárcel.

CAPÍTULO XXVII

EN LA CÁRCEL

Como todos los calabozos estaban ocupados, los dos amigos fueron encadenados en un gran aposento, donde se custodiaba a las personas acusadas de delitos de menor cuan¬tía. Tenían compañía, porque había allí unos veinte presos, con esposas y grilletes, de uno y otro sexo y diversas edades, que formaban un grupo obsceno y ruidoso. El rey se lamentaba amargamente de la indig¬nidad a que se veía sometida su realeza, pero Hendon estaba som¬brío y taciturno, pues se hallaba del todo aturdido. Había llegado a su hogar como un hijo pródigo, jubi¬loso, con la esperanza de hallar a todo el mundo enloquecido de ale¬gría por su retorno, y en vez de ello no encontraba más que indiferencia y una cárcel. La esperanza y la rea¬lidad eran tan distintas que su con¬traste abrumaba a Hendon, el cual no podía decir si era trágico o gro¬tesco. Sentíase como un hombre que hubiera, danzado alegremente al aire libre en espera de un arca iris y se viera herido por, el rayo.
Pero gradualmente sus confusos y trastornados pensamientos se fue¬ron ordenando, ––y entonces su mente se concentró en Edita. Recapacitó sobre su proceder, y la examinó a todas luces, mas no pudo sacar nada en claro de ella. ¿Le conocía o no le conocía? Éste era un enigma in¬soluble, que le preocupó largo rato; mas, al fin, llegó a la convicción de que la dama le conocía y le había negado por razones interesa¬das. Ahora quería Hendon llenar su nombre de maldiciones; pero el nom¬bre había sido tanto tiempo sagra¬do para él, que no podía inducir a su lengua a profanarlo.
Envueltos en mantas de la cárcel, sucias y hechas jirones, Hendon y el rey pasaron una noche espantosa. Un carcelero sobornado había lle¬vado bebidas a algunos presos, y el resultado natural de ello fue que éstos cantaron canciones obscenas, riñeron, gritaron y armaron un al¬boroto infernal. Al fin, poco des¬pués de medianoche, un hombre agredió a una mujer y casi la mató, golpeándole la cabeza con. las esposas antes de que el alcaide pudiera acudir a salvarla. El alcaide resta¬bleció la paz propinando al preso una buena paliza, y entonces cesó el escándalo y pudieron dormir to¬dos aquellos que no hacían caso de los ayes de los dos heridos.
En la semana siguiente, días y noches fueron de monótona igual¬dad en cuanto a acontecimientos. Hombres cuyos semblantes recordaba Hendon más o menos distintamente, llegaban de día a mirar al “impos¬tor” y a repudiarle e insultarle, y por la noche los alborotos y las peleas proseguían con insufrible re¬gularidad. No obstante, al fin se ofreció un nuevo episodio. El alcai¬de hizo entrar a un anciano y le dijo:
––El bellaco está en esa sala. Mira en torno y a ver si puedes conocer quién es.
Hendon levantó, la vista y expe¬rimentó una sensaión agradable por primera vez desde que estaba en la cárcel. Dijose “Éste es Blake. Andrews, que fue toda la vida criado de la familia de mi padre. Es un alma honrada, un corazón fiel; es decir, lo era, porque ahora no hay ninguno que lo sea; todos son men¬tirosos. Ese hombre me conocerá..., y me negará, como todos los de¬más.”
El viejo miró en torno de la sala, escrutando uno a uno todos los sem¬blantes, y, finalmente, dijo:
––No veo aquí más que bribones desorejados, la hez de la calle. ¿Quién es él?
El alcaide rompió a reír.
––Ahí ––dijo––––. Mira a esa sa¬bandija y dame tu razón.
Acercóse el viejo y miró de arri¬ba abajo a Hendon; luego movió gravemente la cabeza y dijo¬
––Éste no es Hendon, ni lo ha sido nunca.
––Cierto. Tus viejos ojos son bue¬nos todavía. Si yo fuera sir Hugo, agarraría a ese perillán y....
El alcaide acabó poniéndose de puntillas como si le levantase una cuerda imaginaria, y haciendo al mismo tiempo un ruido gutural, que remedaba al ahorcado. El viejo ex¬clamó con rencoroso acento:
––Ya podrá bendecir a Dios si no le espera algo peor. Si yo tu¬viera que ajustarle cuentas, se veía tostado, a fe mía.
Estalló el alcaide en una carca¬jada de hiena y dijo:
––Puedes entendértelas con él, viejo, como hacen todos. Ya verás cómo te diviertes.
Salió el alcaide de la sala y des¬apareció. Entonces el anciano cayó de rodillas y cuchicheo:
––¡Loado sea Dios, que por fin habéis venido! ¡He estado siete años creyendo que habíais muerto, y aho¬ra os veo vivo! Os he conocido en el momento de miraros, y mucho trabajo me ha costado conservarme impasible y fingir no ver aquí más que a un bribón de siete suelas y basura de la calle. Soy viejo y po¬bre, sir Miles, pero decid una pala¬bra y saldré a proclamar la verdad, aunque me ahorquen por ello.
––No ––contestó Hendon––, no lo harás. Te perderás tú y de poco servirías a mi causa. Pero te doy las gracias, porque me has devuelto mi perdida fe en el género humano.
El viejo criado resultó ser de gran provecho para Hendon y el rey, por¬que se presentaba varias veces al día para “insultar” al primero, y siem¬pre metía de contrabando algunos manjares delicados, para compensar el rancho de la cárcel. También trajo las noticias que corrían por el lugar. Hendon reservó los manjares para el rey, pues sin ellos. Su Majestad no habría sobrevivido, porque no le era posible comer la grosera, asque¬rosa comida repartida por el alcaide. Andrews tenía que circunscribirse a visitas cortas, para disipar las sospe¬chas, pero en cada una de ellas se las arregló para dar hartos infor¬mes, en voz baja, entremezclados de adjetivos insultantes que decía en voz alta para que los demás los oyeran.
Así, poco a poco, supo Hendon la historia de su familia. Hacia unos seis años que Arturo había muerto. Esta pérdida, unida a la falta de noticias de Hendon, empeoró la sa¬lud del padre, el cual creyó que iba a entregar el alma y quiso ver a Hugo y Edita casados antes de su tránsito; pero Edita suplicó con to¬das sus fuerzas una demora, para esperar el regreso de Miles. De pron¬to llegó la carta con la noticia de la muerte del soldado. El golpe pos¬tró en cama a sir Ricardo, quien creyó que se acercaba su fin, y él. y Hugo insistieron en el Matrimo¬nio. Edita suplicó y obtuvo un mes de respiro, y luego otro, y final¬mente un tercero; mas por fin el matrimonio se celebró junto al le¬cho de muerte de sir Ricardo. No fue feliz. Decíase en la comarca que poco después de celebradas las nup¬cias la esposa halló entre los papeles de su marido varios bosquejos bur¬dos é incompletos de la carta fatal, y le acusó de haber precipitado el matrimonio y al mismo tiempo la muerte de sir Ricardo con una villa¬na falsificación. Todo el mundo de¬cía de los pormenores de la crueldad del esposo para con Edita y las criados, pues desde la muerte de su padre, sir Hugo arrojó de sí todo disfraz de blandura, y se convirtió en un amo implacable para todos aquellos cuya vida, en cualquier mo¬do, dependía de él y de sus do¬minios.
Una buena parte de las revelacio¬nes de Andrews las escuchó el rey con vivo interés.
––Se dice que el rey está loco; pero por Dios no digas que te lo he confiado, porque aseguran que el hablar de ello se castiga con la muer¬te.
Miró Su Majestad al anciano y dijo:
––El rey no está loco, buen hom¬bre, y te ha de ser provechoso pen¬sar y hablar cosas que te conciernan más de cerca que esa charla sedi¬ciosa.
––¿Qué quiere decir ese chico? preguntó Andrews, sorprendido ante aquel vivo ataque inesperado.
Hendon le hizo una señal y el viejo no prosiguió su pregunta, sino que continuó con sus noticias.
––El difunto rey será enterrado en Windsor dentro de uno o dos días, el dieciséis de este mes, y el nuevo rey será coronado en West¬ìninster el veinte.
––Me parece que primero nece¬sitarán encontrarlo ––dijo Su Ma¬jestad entre dientes, y añadió con¬fiado––: Pero ya cuidarán de ello..., y también cuidaré yo.
––En nombre de... ––pero el vie¬jo dejó de hablar, pues le contuvo un gesto admonitorio de Hendon, reanudando de esta suerte el hilo de sus informes––: Sir Hugo va a la coronación, y con grandes esperanzas, pues, piensa volver hecho todo un par, ya que goza de gran favor con el lord protector.
––¿Qué lord protector? ––preguntó Su Majestad.
—Su gracia el duque de Somerset.
––¿Qué duque de Somerset?
––No hay más que uno, a fe mía..., Seymour, conde de Hert¬ford.
El rey preguntó con enojo:
––¿Desde cuándo es duque y lord protector?
––Desde el último de enero.
––¿Y quién lo ha nombrado tal?
––Él mismo y el gran Consejo..., con el beneplácito del rey.
––¿Del rey? ––exclamó Su Majes¬tad sobresaltándose vivamente––. ¿Qué rey
––¿Qué rey, pregunta? (Dios san¬to, ¿qué tendrá este muchacho?) Puesto que no tenemos más que uno, no es difícil responder: Su sacratísima Majestad el rey Eduar¬do VI, que Dios guarde. Si, y que es un muchachilla muy hermoso y muy gracioso. Tanto si está loco como si no y dicen que va mejo¬rando de día en día–, a todo el mundo se le oyen alabanzas de él, y todos lo bendicen, y rezan todos porque reine mucho tiempo en In¬glaterra, porque ha empezado huma¬namente, salvando la vida del viejo duque de Norfolk, y ahora se pro¬pone abolir las leyes más crueles que ofenden y oprimen al pueblo.
Esta noticia dejó a Su Majestad mudo de asombro y le sumió en una meditación tan profunda y tris¬te que no oyó nada más de la charla del vieja. Preguntábase si el hermoso muchachito sería el men¬digo a quien dejó en palacio vestido con sus propias ropas. No le pare¬cía esto posible, porque muy pronto sus maneras y su modo de hablar le harían traición si pretendía ser el Príncipe de Gales, y en seguida le echarían de palacio para buscar al verdadero príncipe. ¿Sería posi¬ble que la corte hubiera puesto en su lugar a un retoño de la nobleza? No, porque su tío no lo habría con¬sentido. Su tío era omnipotente, y podría y querría ahogar semejante movimiento. Sus pensamientos no le sirvieron de nada, pues cuanto más trataba de adivinar el misterio, más perplejo se sentía, más le dolía la cabeza y más intranquilo era su sueño. Su impaciencia por llegar a Londres aumentaba de hora en ho¬ra, y su cautiverio se le hizo casi insoportable.
Las artes de Hendon fracasaron con el rey, que no dejábase conso¬lar; mas lo consiguieron mejor dos mujeres que estaban encadenadas cerca de él, con cuyas tiernas pala¬bras y solicitud halló Eduardo so¬siego, dándole un tanto de pacien¬cia. Sentíase muy agradecido y lle¬gó a quererlas mucho y a deleitarse con el suave y dulce influjo de su presencia. Preguntóles por qué esta¬ban en la cárcel, y cuando le dije¬ron que por anabaptistas, el rey sonrió y preguntó:
––¿Es ése un delito para que le encierren a uno en la cárcel? Ahora me da dolor saber que voy a per¬deros,  porque no os tendrán ence¬rradas mucho tiempo por una cosa tan leve.
Las mujeres no contestaron, pero algo en sus rostros inquietó al rey, y preguntóles con vehemencia:
––¿No habláis? Sed buenas con¬migo y decidme: ¿No habrá otro castigo, verdad? Decidme si no exis¬te algún temor de eso.
Trataron de cambiar de conver¬sación las mujeres, pero los temores del rey se habían despertado, obli¬gándole a seguir:
¿Os azotarán? No no serán tan crueles. Decid que no. ¿No os azo¬tarán, verdad?
Las mujeres revelaron entre com¬pasión y pena; pero como no había manera de esquivar la respuesta, dijo una de ellas, con voz desga¬rrada por la emoción:
––¡Oh! Nos destrozas el corazón, alma cándida. Dios nos ayudará a soportar nuestro...
––¡Es una confesión! Entonces os van a azotar los crueles verdugos. ¡Oh! Pero no lloren, que no puedo sufrirlo. Conserven el valor. Yo re¬cobraré mi calidad a tiempo de sal¬varlas de tan amargo paso, y no duden que he de hacerlo.
Cuando despertó el rey a la ma¬ñana siguiente las mujeres habían desaparecido.
––Se han salvado ––exclamó ale¬gremente; pero añadió con triste¬za––: Mas, ¡ay de mí!, ellas eran las que me consolaban.
Cada una de las mujeres presas había dejado un pedazo de cinta prendida de las ropas de Eduardo, señal de recuerdo. El niño se dijo que las conservaría siempre, y que no tardaría en buscar a aquellas buenas amigas para tomarlas bajo su protección.
En aquel momento volvió el alcai¬de con algunos de sus subalternos, y ordenó que los presos fueran con¬ducidos al patio de la cárcel. El rey se puso muy alegre, porque era una cosa magnífica volver a ver el azul del cielo y respirar una vez más el aire fresco. Se impacientó y refunfuñó por la lentitud de los fun¬cionarios, pero al fin le llegó la vez y se vio liberado de sus cadenas, con la orden de seguir a Hendon y a los otros presos.
El patio, descubierto, era un cua¬drado pavimentado de piedra. Los presos entraron en él por una ma¬ciza arcada de mampostería, y fue¬ron colocados en fila, en pie y de espalda a la pared. Tendieron una cuerda delante de ellos, y además los custodiaban los carceleros. Era una mañana fría y desapacible, y un poco de nieve, que había caído durante la noche, blanqueaba el gran recinto vacío y aumentaba la tris¬teza general de su aspecto. De cuan¬do en cuando un viento invernal soplaba y hacía girar pequeños re¬molinos de nieve.
En el centro del patio se hallaban dos mujeres atadas a sendos postes. Una mirada bastó al rey para ver que eran sus buenas amigas. Eduar¬do se estremeció y se dijo:
¡Ay! No han sido libertadas, como yo creía. ¡Pensar que unas mujeres como ésas conozcan el lá¬tigo en Inglaterra! Ésa es la mayor vergüenza; que no sea en país de paganos, sino en la cristiana Ingla¬terra. Las azotarán, y yo, a quien han consolado y tratado con bon¬dad, tendré que presenciar cómo se les infiere tamaña ofensa. Es extra¬ño que yo, que soy la misma fuente del poder en este extenso reino, me vea impotente para protegerlas, pero bien pueden ahora recrearse esos sa¬yones, porque día vendrá en que yo les pida estrecha cuenta de este pro¬ceder. Por cada golpe que den ahora recibirán después ciento.
Abrióse una gran verja y entró una muchedumbre, que se agrupó en torno de las dos mujeres, ocul¬tándolas a la vista del rey. Entró un clérigo y cruzó por entre la mu¬chedumbre hasta perderse de vista. Eduardo oyó después preguntas y respuestas, mas no pudo comprender qué es lo que se decía. Luego hubo mucho alboroto de preparativos y de idas y venidas de los funciona¬rios por la parte de la muchedum¬bre que se hallaba al otro lado de donde estaban las mujeres, y mien¬tras tanto un prolongado siseo im¬poniendo silencio a la gente. De pronto, a una orden, la multitud se separó a ambos lados y el rey vio un espectáculo que le heló la san¬gre en las venas. Habían apilado haces de leña en torno de las dos mujeres, y unos hombres arrodilla¬dos los estaban encendiendo.
Las mujeres tenían la cabeza in¬clinada y con las manos se cubrían el rostro. Las amarillas llamas co¬menzaron a trepar por entre la cre¬pitante leña, y unos como nimbos de humo azul subieron a disolverse en el viento. En el momento en que el clérigo alzaba las manos y em¬pezaba sus preces, dos niñas llega¬ron corriendo, y lanzando agudos gritos se abalanzaron sobre las mu¬jeres atadas a los postes. Al instante las arrancaron de allí, y a una de ellas, la sujetaron con fuerza; pero la otra logró desasirse gritando que quería morir con su madre, y antes de que pudieran detenerla volvió a echar los brazos al cuello de una de las mujeres. Al instante la arran¬caron otra vez de allí con los ves¬tidos en llamas. Dos o tres hombres la sostuvieron, y la parte de sus ropas que ardía fue rasgada y arro¬jada a un lado, mientras la niña pugnaba por libertarse, sin cesar de exclamar que quedaría sola en el mundo y de rogar que le dejaran morir con su madre. Ambas niñas gritaban sin cesar y luchaban por libertarse, pero de pronto este tu¬multo fue ahogado por una serie de desgarradores gritos de mortal agonía. El rey miró a las frenéticas niñas y a los postes, y luego apartó la vista y ocultó el rostro lívido contra la pared, para no ver más.
––Lo que he visto en este breve momento ––se dijo–– no desapare¬cerá de mi memoria, en la que vi¬virá siempre. Lo veré todos los días y soñaré con ello todas las noches hasta que muera. ¡Ojalá hubiera sido ciego!
Hendon, que no cesaba de obser¬var al rey, se dijo satisfecho:
––Su locura mejora. Ha cambia¬do, y su carácter es más dulce. Si hubiera seguido su manía, habría llenado de injurias a esos lacayos, diciendo que era el rey y ordenan¬doles que dejaran libres a las mu¬jeres. Pronto su ilusión se desvane¬cera y quedará olvidada y su pobre caletre sano otra vez. ¡Quiera Dios apresurar ese momento!
Aquel mismo día entraron varios presos para pasar la noche; eran conducidos, con su custodia, a di¬versos lugares del reino para cum¬plir el castigo de crímenes cometí¬dos. El rey habló con ellos, pues desde el principio se había propuesto enterarse y aprender para su regio oficio, interrogando a los presos ca¬da vez que se le presentaba una oportunidad. La relación de sus des¬gracias desgarró el corazón del niño. Había allí una pobre mujer, medio demente, que, en castigo por haber robado una o dos varas de paño a un tejedor, iba a ser ahorcada. Un hombre, acusado de robar un caba¬llo, dijo a Eduardo que la prueba había sido negativa y ya se imaginaba estar libre del verdugo; pero no. Apenas estuvo en la calle, cuan¬do fue preso otra vez por haber matado un ciervo en el parque del rey. Se le probó el hecho, y estaba condenado a galeras. Había también un aprendiz de comerciante cuyo caso afectó en lo vivo a Eduardo. Díjole aquel mozo que cierta, noche había encontrado un halcón, esca¬pado de las manos de su dueño, y se lo llevó a su casa, imaginándose con derecho a él; pero el tribunal le declaró convicto de haberlo ro¬bado y lo sentenció a muerte.
El rey estaba furioso con esta falta de humanidad y compasión, y quería que Hendon se escapara de la cárcel y huyera con él a West¬minster, para poder subir a su trono y blandir su cetro, movido por la compasión hacia aquellos desdicha¬dos, para salvar su vida.
¡Pobre niño! ––suspiró Hen¬don––. Estos terribles acontecimien¬tos han hecho que se recrudezca su locura: ¡Ay! A no ser por ese des¬dichado suceso, se habría puesto bueno en poco tiempo.
Entre los presos había un hombre de leyes, viejo, de rostro severo e intrépido. Tres años atrás había es¬crito un libelo contra el lord can¬ciller, acusándole de prevaricación, y por él le habían castigado con la `pérdida de ambas orejas en la pico¬ta, y degradación del foro, y ade¬más multa de tres mil libras. Más tarde reincidió en el mismo delito, y por ello estaba ahora condenado a perder lo que le quedaba de las orejas, a pagar una multa de cinco mil libras, a ser marcado por el hierro en ambas mejillas, y a per¬manecer para siempre en las cár¬celes.
Éstas son cicatrices honrosas le dijo, apartando el pelo cano y mostrándole los mutilados restos de lo que habían sido sus orejas.
Los ojos del rey ardieron de có¬lera.
––Nadie cree en mí ––dijo––, ni tú creerás tampoco; pero no me im¬porta. Dentro del término de un mes estarás libre. Las leyes que te han deshonrado y han deshonrado el nombre de Inglaterra desapare¬cerán del libro de los Estatutos. El mundo está mal constituido. Los reyes tienen que ir a la escuela de sus propias leyes para adquirir el sentimiento de la caridad.12

12. En muchos géneros de robos la ley expresamente suprimió la inmunidad del clero: Robar un caballo, un halcón o una tela de lana del tejedor era motivo para ser colgado. También el matar un venado en los bosques del rey, o el exportar ovejas del reino. lbid., p. 13.
William Prynne, un letrado jurista, fue sentenciado (mucha después del rei¬nado de Eduardo VI) a perder las dos orejas en el cepo, a la expulsión de la Barra, a una multa por 3 000 libras y a prisión perpetua. Tres años más tarde incurrió en un nuevo delito al publicar un panfleto centra la jerarquía. De nuevo se le procesó y fue sentenciado á perder lo que quedaba de sus orejas, a pagar una multa de 5 000 libras, a ser marcado en ambas mejillas con las letras S. L. (sedicioso libelista), y a permanecer encaraclado de por vida. La severidad de esta sentencia fue igualada por el salvaje rigor de su ejecución. Ibid., p. 12.

CAPÍTULO XXVIII

EL SACRIFICIO

Entretanto, Miles se iba cansan¬do bastante del confinamiento y de la inacción. Mas llegó su juicio, para gran satisfacción suya, y pensó que daría la bienvenida a cualquier sen¬tencia, siempre que una nueva pri¬sión no fuera parte de ella. Pero se equivocaba en esto. Se enfureció cuando se encontró con que lo des¬cribían como un “vagabundo tenaz”, y que era sentenciado a dos horas de cepo por este cargo y por haber agredido al señor de Hendon Hall. Sus alegatos de que era hermano de su perseguidor, y heredero legítimo de los honores y patrimonio de Hen¬don, se desdeñaron sin prestarles atención ninguna, pues ni siquiera fueron dignos de examen.
Bramaba y amenazaba en su ca¬mino al castigo, pero de nada le valió. Fue violentamente arrastrado por los oficiales, y en ocasiones re¬cibía un bofetón por sú conducta irreverente.
El rey no pudo abrirse paso entre la chusma que bullía detrás, y así fue obligado a seguir a la zaga, le¬jos de su buen amigo y servidor. Por poco se veía el rey condenado él mismo al cepo por estar en tan mala compañía, pero había salido libre con un sermón y una adver¬tencia, debido a su corta edad. Cuando al fin la multitud hizo alto, voló febrilmente de un lado a otro alrededor de sus orillas, cazando un lugar para atraversarla, y al fin, después de muchas dificultades y tardanza, lo logró. Allí estaba su pobre criado, en el degradante cepo, hazmerreír y diversión de una sucia muchedumbre, él, ¡el servidor per¬sonal del rey de Inglaterra! Eduar¬do había oído dictar la sentencia, pero no se había dado cuenta ni por asomo de lo que significaba. Su ira comenzó a crecer a medida que el sentido de esta nueva indig¬nidad que le infligían lo hirió en lo vivo; llegó a su paroxismo un mo¬mento después, cuando vio un hue¬vo cruzar el aire y estrellarse en la mejilla de Hendon, y que la mul¬titud rugía de júbilo por el episodio. Cruzó de un salto el círculo abier¬to, e hizo frente al alguacil de guar¬dia gritando:
––¡Qué vergüenza! ¡Éste es mi criado; déjalo libre! ¡Yo soy el...!
––¡ Oh, calla! ––exclamó Hendon, aterrorizado––.  ¡Te perderás! No le hagáis caso, oficial, está loco.
––No temas que le haga caso, buen hombre, no tengo intención de hacérselo; pero a enseñarle algo sí que me siento inclinado. ––Vol¬viose a un subordinado y le dijo––: Dale al tontito una o dos probadas de látigo, para, enmendar sus mo¬dales.
––Media docena le bastarán ––su¬girió sir Hugo, que había llegado un momento antes a caballo para de pasada echar un vistazo a lo que ocurría.
Prendieron al rey. No se resistió siquiera, tan paralizado estaba ante la mera idea del monstruoso ultraje que se proponían infligir a su sagra¬da persona La historia ya había sido manchada con la marca de un rey inglés azotado con látigo, y era reflexión intolerable el que él hubiera de proporcionar la copia de aquella vergonzosa página. Estaba en la red, no había remedia, o acep¬taba el castigo o rogaba que se le perdonara. ¡Duro dilema! Escogería los azotes, un rey lo haría, pero un rey no podía suplicar.
Mas, entretanto, Miles Hendon estaba resolviendo la dificultad. ¡Dejad ir al niño ––dijo––, pe¬rros desalmados! ¿No veis cuán jo¬ven y frágil es? Dejadle ir, yo me llevaré sus azotes.
––¡Justo! ¡Buena idea!, y gracias por, ella ––dijo sir Hugo, su rostro relampagueando de sardónica satis¬facción—. Dejad ir al mendiguilío, y dadle a este tipo una docena de azotes; en su lugar, una docena jus¬ta, y bien puestos.
El rey iba a iniciar una furiosa protesta, pero sir Hugo lo hizo ca¬llar con esta eficaz advertencia:
––Sí; habla, hazlo y desahógate; pero advierte que por cada palabra que pronuncies él se llevará seis golpes más.
Quitaron a Hendon del cepo y le desnudaron la espalda, y mientras le daban con el látigo, el pobre re¬yecito volteó la cara, y dejó que por sus mejillas corrieran libres lá¬grimas poco regias.
––¡Ah, buen corazón valeroso! ––se dijo––: Este acto de lealtad no perecerá en mi memoria, no lo he de olvidar, ¡pero ellos tampoco! ––agregó con ardor.
Mientras meditaba, su aprecio de la magnánima conducta de Hendon fue adquiriendo dimensiones más y más grandes en su mente, lo mismo que su agradecimiento. De pronto se dijo:
––El que salva a su príncipe de heridas y de una muerte probable ––y esto ha hecho él por mí––, rea¬liza un alto servicio; pero es poco, ¡es nada, oh, menos que nada; com¬parado con la acción de aquél que salva a su príncipe de la vergüenza!
Hendon no gritó al ser azotado, sino que soportó los fuertes golpes con ánimo marcial. Esto, más haber librado al niño sufriendo los azotes en su lugar, forzó al respeto aun a aquella chusma infeliz y degradada allí reunida; sus mofas y gritería terminaron, y no quedó otro sonido que el sonido del caer de los golpes. La quietud que invadió el lugar cuando Hendon se encontró de nue¬vo en el cepo, contrastaba fuerte¬mente con el clamor insultante que había reinado muy poco antes. El rey se acercó lentamente a Hendon y le susurró al oído:
––Los reyes no pueden ennoble¬certe, ¡tú, alma buena y generosa!, porque Aquel que está por encima de los reyes lo ha hecho ya; pero un rey puede confirmar tu nobleza ante los hombres. ––Recogió el lá¬tigo del suelo, tocó levemente con él los sangrantes hombros de Hen¬don, y susurró––: Eduardo de In¬glaterra te hace conde.
Hendon se conmovió. Las lágri¬mas fluyeron a sus ojos, pero, al mismo tiempo, la comicidad terrible de la situación, y de las circunstan¬cias minó a tal grado su seriedad, que hizo lo que pudo para no mos¬trar ningún signo, de su regocijo interno. Verse de pronto, desnudo y manando sangre, elevado desde el cepo villano hasta la gran altura y esplendor de un condado, le parecía la última probabilidad en el terre¬no de lo grotesco.
––Primoroso oropel el mío, por cierto ––se dijo––. El caballero es¬pectral del Reino de los Sueños y de las Sombras me ha convertido en un conde espectral. ––¡Vertigi¬noso vuelo para alas inexpertas!––. De seguir así pronto me colgarán adornado lo mismo que un mayo, con objetos fantásticos y lauros de mentirillas. Pero sabré valorarlos, tan sin valor como son, por el amor que los otorga. Mejores son estas pobres ficticias dignidades mías, que vienen sin pedirlas de mano limpia y espíritu recto, que las verdaderas, compradas por el servilismo al po¬der envidioso e interesado.
El temible sir Hugo hizo dar vuel¬ta a su caballo, y, al apretar el paso, el muro viviente se dividió silen¬ciosamente Para abrirte paso, y tan silenciosamente se juntó de nuevo. Y así permaneció; ninguno llegó tan lejos como para aventurar una ob¬servación en favor del prisionero ni en alabanza, suya; mas no impor¬taba: la ausencia de insultos era de por sí suficiente homenaje. Un re¬cién llegado que no estaba al tanto de las circunstancias y que lanzó una burla al “impostor”, y estaba a punto de continuarla arrojándole un gato muerto, fue inmediatamente de¬rribado y echado a puntapiés, sin palabra alguna, y luego el profundo silencio reinó de nuevo.

CAPÍTULO XXIX

A LONDRES

Al terminar el castigo de Hendon en el cepo, fue puesto en libertad y se le ordenó salir de la comarca y no volver más. Le fue devuelta su espada, y también su mula y su asno. Montó y cabalgó, seguido por el rey, la muchedumbre hendiéndose con silencioso respeto para abrirles paso, y luego dispersandose cuan¬do se hubieron ido.
Pronto estuvo Hendon absorto en sus pensamientos. Había preguntas de gran importancia que esperaban respuesta. ¿Qué haría? ¿A dónde iría? Tendría que hallar ayuda po¬derosa en alguna parte, o de otra manera renunciar a su herencia y permanecer, además, bajo el cargo de ser un impostor. ¿Dónde podría hallar esta poderosa ayuda? ¿Dónde en verdad! Era difícil la pregunta. Pronto se le ocurrió una idea que apuntaba a una posibilidad, la más débil de las débiles posibilidades, ciertamente, pero sin embargo digna de considerarse, a falta, en absoluto, de cualquier otra que prometie¬ra algo. Recordó lo que el viejo Andrews había dicho acerca de la bondad del joven rey y de su gene¬rosa defensa de los agraviados y desdichados. ¿Por qué no ir e in¬tentar hablarle e implorarle justicia? ¡Ah, sí! ¿Pero podría un pobre tan grotesco lograr que le admitieran ante la augusta presencia de un mo¬narca? Pero, eso no importaba: Ya se vería; era un puente que nece¬sitaría ser cruzado hasta que llegara a él. Él era veterano de guerra, acostumbrado a inventar subterfu¬gios y expedientes; sin duda podría encontrar un camino. Marcharía ha¬cia la capital. Tal vez el viejo amigo de su padre, sir Humphrey Marlow, le ayudaría; el buen sir Humphrey, teniente jefe de la cocina del difun¬to rey, o de las cuadras, o de algo: Miles no podía recordar qué o de qué.
Ahora que tenía ya algo a qué dedicar sus energías, un objeto de¬finido que cumplir, la niebla de hu¬millación y depresión que envolvía su espíritu se elevó, y disipó, y él alzó la cabeza y miró a su alrede¬dor. Se sorprendió al ver cuán lejos había llegado; la aldea había que¬dado muy atrás. El rey iba trotando tras él, con la cabeza inclinada, por¬que también iba sumido en sus pensamientos y planes. Un triste re¬celo nubló la recién nacida alegría de Hendon: ¿querría el niño volver a una ciudad en la que, durante su breve vida, no había conocido más que malos tratos y punzantes nece¬sidades? Pero la pregunta tenía que ser respondida, no era posible de evitar; por lo cual Hendon frenó la cabalgadura y gritó:
––Había olvidado preguntar a dón¬de nos dirigimos. ¿Tus órdenes, mi señor?
––¡A Londres!
Hendon avanzó de nuevo, conten¬tísimo con la respuesta, pero tam¬bién asombrado con ella.
Hicieron todo el viaje sin aventu¬ra ninguna de importancia. Pero ter¬minó con una. Cerca de las diez de la noche del diecinueve de febrero llegaron al Puente de Londres, en medio de una serpenteante, agitada muchedumbre de gente ululando y vitoreando, cuyos rostros, alegrados por la cerveza, se destacaban inten¬samente a la luz de numerosas an¬torchas...., y en ese instante la ca¬beza podrida de un ex duque u otro grande cayó entre ellos, golpeando a Hendon en el codo y rebotando entre la precipitada confusión de pies. ¡Tan evanescentes e inestables son las obras humanas en este mun¬do! El buen rey difunto lleva apenas tres semanas de muerto, y tres días en la tumba, y ya caen los adornos de gente principal que con tanta solicitud había elegido para su no¬ble puente. Un ciudadano tropezó con la cabeza y dio con la suya en la espalda de alguien que tenía de¬lante, el cual se volvió y derribó de un golpe a la primera persona que tuvo a mano, y pronto él mismo fue abatido por el amigo de esta persona. Era la mejor hora para una lucha libre, porque las festivi¬dades del día siguiente ––Día de la Coronación–– estaban empezando ya; todos estaban llenos de bebidas fuertes y de patriotismo; a los cinco minutos la batalla campal ocupaba gran espacio de terreno; a los diez o doce cubría más o menos un acre y se había convertido en motín. Para entonces, Hendon y el rey fue¬ron separados irremediablemente, se perdieron en el tropel y alboroto de las rugientes masas humanas. Así los dejaremos.

CAPÍTULO XXX

EL PROCESO DE TOM

Mientras el verdadero rey vagaba por la región pobremente vestido, pobremente alimentado, maltratado y burlado por vagabundos un rato, y al otro en compañía de ladrones y asesinos en una cárcel, y llamado idiota e impostor por todos, el fin¬gido rey Tom Canty disfrutaba de una experiencia un tanto diferente.
Cuando lo vimos por última vez, la realeza justo empezaba a tener un lado brillante para él. Este lado brillante fue abrillantándose más y más cada día, y muy poco después era casi todo fulgor y deleite. Per¬dió sus temores; sus recelos se mar¬chitaron y murieron; sus embarazos se disiparon, y cedieron su puesto a un porte tranquilo y confiado. Explotó la mina del “niño-azotes” en utilidades siempre crecientes.
Ordenaba la presencia de milady Isabel y milady Juana Grey cuando quería jugar o platicar, y las des¬pedía cuando se fatigaba de ellas, con el aire del que está familiari¬zada con tales actos. Ya no lo con¬fundía el que estos encumbrados personajes le besaran la mano al partir.
Llegó a disfrutar el ser conducido majestuosamente a la cama, por la noche, y que le vistieran con intrin¬cada y solemne ceremonia por la mañana. Vino a ser un orgulloso de¬leite el ir a comer asistido por un brillante séquito de funcionarios de Estado y gentilhombres de armas, de tal modo que dobló la guar¬dia de gentilhombres de armas, has¬ta un centenar. Le gustaba oír las trompetas resonando en los largos corredores, y las distantes voces de¬mandando: “Paso al rey”.
Incluso llegó a disfrutar de sen¬tarse con pompa en el trono en consejo, aparentando ser algo más que el portavoz del lord protector. Le gustaba recibir a grandes emba¬jadores con séquitos suntuosos, y es¬cuchar los afectuosos mensajes que traían de ilustres monarcas que le llamaban “hermano”. ¡Oh feliz Tom Canty, poco ha de Offal Court!
Disfrutaba sus espléndidos vesti¬dos y encargó más; consideró que sus cuatrocientos criados eran muy pocos para su conveniente grandeza y los triplicó. La adulación de los zalameros cortesanos vino a ser dul¬ce música para sus oídos. Siguió bondadoso y gentil, y firme y re¬suelto campeón de todos los oprimi¬dos, declaró una guerra implacable a las leyes injustas; y, sin embargo, en ocasiones, al ser ofendido, se volvía hacia un conde, e incluso un duque, y le lanzaba una mirada que le hacía temblar. Una vez que su regia “hermana”, la inflexible santa lady María, discutió con él la pru¬dencia de su conducta al perdonar a tantas personas que de otra manera serían encarceladas, colgadas o que¬madas, y le recordó que las prisiones de su augusto difunto padre habían tenido a veces hasta sesenta mil con¬victos a un tiempo, y que durante su admirable reinada había entregado setenta y dos mil rateros y ladrones a la muerte por medio del verdugo, el niño se llenó de generosa indig¬nación, y le ordenó que fuera a su gabinete y rogara a Dios que le quitara la piedra que tenía en el pe¬cho y que le diera un corazón hu¬mano.
¿Nunca se sintió Tom Canty pre¬ocupado por el pobre principito le¬gítimo, que lo había tratado tan bondadosamente y que se había lan¬zado tan celosamente a vengarlo del insolente centinela de la puerta de palacio? Sí. Sus primeros días y noches reales estuvieron bastante sal¬picados de penosos recuerdos del perdido príncipe y con sinceros de¬seos de su regreso y feliz reintegra¬ción de sus derechos y esplendores naturales. Pero a medida que pasó el tiempo y el príncipe no venía, la mente de Tom estuvo más y más ocupada con sus nuevas y encanta¬doras experiencias, y poco a poco el desaparecido monarca casi se es¬fumó de sus pensamientos; y final¬mente, cuando a ratos se inmiscuía en ellos, se había convertido ya en espectro mal recibido, porque hacía sentirse a Tom culpable y avergon¬zado.
La pobre madre y las hermanas de Tom corrieron, la misma suerte en su memoria. Al principio des¬fallecía por ellas, se apenaba por ellas y anhelaba verlas, pero mas tarde la idea de que un día vinie¬ran con sus andrajos y su mugre, traicionándolo con sus besos, derri¬bándolo de su encumbrado lugar y arrastrándolo de nuevo a la penu¬ria, a la degradación y a los arra¬bales, le hacía estremecerse. Por fin cesaron de perturbar sus pensamien¬tos casi por completo. Y el estuvo contento, incluso alegre, porque cuando quiera que sus semblantes lú¬gubres y acusadores se alzaban frente a él, lo hacían sentirse más despre¬ciable que los gusanos que se arras¬tran.
La medianoche del diecinueve de febrero, Tom Canty se sumía en el sueño en un rico lecho, guardado por sus leales vasallos y rodeado por las pompas de la realeza; un niño feliz, porque el día siguiente era el seña¬lado; para su solemne coronación co¬mo rey de Inglaterra. Y a la misma hora, Eduardo, el verdadero rey, hambriento y sediento, sucio y lle¬no de tierra, rendido por el viaje y cubierta con harapos y jirones ––su parte en los resultados del tumul¬to––, estaba apretujado entre multi¬tud de gentes que observaban con profundo interés, ciertas presurosas cuadrillas de obreros que entraban y salían de la abadía de Westmins¬ter, laboriosas coma hormigas; esta¬ban haciendo los últimos preparati¬vos para la real coronación.

CAPÍTULO XXXI

LA PROCESIÓN DEL RECONOCIMIENTO

Cuando Tom Canty despertó a la mañana siguiente el ambiente vibra¬ba con un murmullo atronador, que se extendía en todas direcciones. Esto era música para él, porque significaba que el mundo inglés sa¬lía pujante a dar leal bienvenida al gran día.
Pronto Tom se encontró a sí mis¬mo convertido una vez más en la figura principal de una maravillosa procesión flotante en el Támesis, porque por antigua costumbre “la procesión del reconocimiento” al tra¬vés de Londres debía empezar en la Torre; y hacia allá se encaminaba él.
Cuando llego allí, los muros de la venerable fortaleza parecieron abrir¬se de pronto en mil lugares, y por cada abertura asomó una roja len¬gua de fuego y una voluta blanca de humo; siguió una explosión en¬sordecedora, que sofoco los gritos de la multitud e hizo temblar la tierra. Los fogonazos, el humo y las explosiones se repitieron de nue¬vo una y otra vez con maravillosa celeridad, de manera que en pocos momentos la vieja Torre desapare¬ció en la extensa niebla de su pro¬pio humo, menos la punta del ele¬vado pináculo llamado la Torre Blanca; ésta, con sus banderas, se erguía sobre el denso dique de va¬por, como el pico de una montaña se destaca sobre las nubes.
Tom Canty, espléndidamente ataviado, montó en un corcel de gue¬rra, cuyas ricas gualdrapas casi al¬canzaban el suelo. Su “tío”, el lord protector Somerset, análogamente montado, se colocó detrás; la guar¬dia del rey se formó en hileras sen¬cillas a ambos lados, vistiendo sus bruñidas armaduras. Después del protector seguía una procesión, al parecer interminable, de nobles res¬plandecientes, asistidos por sus va¬sallos; tras éstos; el lord alcalde y el cuerpo de regidores, con sus to¬gas de terciopelo carmesí y con sus cadenas de oro cruzando el pecho; después de éstos los oficiales y miem¬bros de todos los gremios de Lon¬dres, con lujosa indumentaria y por¬tando las vistosas banderas de las varias corporaciones. Además en la procesión, como guardia de honor especial a través de la ciudad, esta¬ba la Antigua y Honorable Compa¬ñía de Artilleros ––organización que ya tenía trescientos años de anti¬güedad en aquel entonces–– y el único cuerpo militar de Inglaterra poseedor del privilegio (que aun po¬see en nuestros días) de tener in¬dependencia de los mandatos del Parlamento. Era un brillante espec¬táculo, y fue acogido con aclamaciones a lo largo del recorrido, a medida que siguió su majestuoso camino por entre la compacta mul¬titud de ciudadanos. Dice el cronista:
“El rey, al entrar en la ciudad, fue recibido por el pueblo con ple¬garias, bienvenidas, gritos y pala¬bras de ternura, y con todas las señales que indican un fervoroso amor de los súbditos a su soberano; y el rey, ofreciendo su alegre sem¬blante para todos los que se halla¬ban muy distantes, y las más tiernas palabras para aquellos que estaban cerca de Su, Gracia, se mostró no menos agradecido de recibir los bue¬nos deseos del pueblo que este de ofrecérselos. A todos los que le de¬seaban bien, les daba las gracias; a los que decían: “Dios salve a Su Gracia”, les contestaba “Dios os sal¬ve a todos”, y añadía que “Se los agradecía con todo su corazón”. La gente estaba maravillosamente trans¬portada con las amorosas respuestas y ademanes de su rey.”
En la calle Fenchurch, un “niño rubio, suntuosamente ataviado”, es¬taba de pie en una tarima para dar a Su Majestad la bienvenida a la ciudad. La última estrofa de su sa¬ludo decía las siguientes palabras:

¡Bienvenido, oh rey!, cuanto los corazones pueden juzgar;
Bienvenido de nuevo, cuanto la lengua puede expresar;
Bienvenido a jubilosas lenguas y corazones que no han de temblar;
Dios os guarde, le imploramos, y os deseamos para siempre bienestar.

El pueblo prorrumpió en un grito de júbilo repitiendo a una voz lo que había dicho el niño. Tom Canty miró a lo lejos sobre el agitado mar de ansiosos semblantes y su corazón se inflamó de regocijó; sintió que la única cosa por, la cual valía la pena vivir en este mundo era el ser rey, e ídolo de una nación. De pron¬to divisó, a lo lejos, a un par de sus andrajosos camaradas de Offal Court; uno de ellos, el lord gran almirante de su antigua fingida cor¬te, y el otro el primer lord de la alcoba de la misma presuntuosa fic¬ción; y su orgullo creció más qüe nunca. ¡Oh, si tan sólo pudieran re¬conocerlo ahora! ¡Qué indecible glo¬ria sería si le reconocieran y se die¬ran cuenta de que el escarnecido rey de mentiritas de los arrabales se había convertido en un rey verda¬dero, con ilustres duques y príncipes por humildes sirvientes y con el mundo inglés a sus pies! Pero tenía que negarse a sí mismo y ahogar su deseo, porque semejante reconoci¬miento podría costarle más de lo que valía; así que volvió la cabeza y dejó que los dos sucios mucha¬chos continuaran con sus gritos y alegres adulaciones, sin sospechar a quién era que se las estaban prodi¬gando. De cuando en cuando se al¬zaba el grito de “¡una dádiva, una dádiva!”, y Tom respondía lanzando al azar un puñado de relucientes monedas nuevas para que la mul¬titud se las disputara.
El cronista dice: “En el extremo superior de la calle Gracechurch, ante el emblema del Águila, la ciu¬dad había erigido un monumental arco, bajo el cual estaba una tarima que se extendía de un lado al otro de la calle. Era un espectáculo his¬tórico que representaba a los inme¬diatos progenitores del rey. Allí es¬taba Isabel de York, sentada en. medio de una inmensa rosa blanca, cuyos pétalos formaban elaborados volantes alrededor de ella; a su lado estaba Enrique VII, saliendo de una enorme rosa roja, dispuesta de la misma manera; las manos de la pa¬reja real estaban entrelazadas, y os¬tentosamente exhibido el anillo de boda. De las rosas rojas y blancas salía un tallo que llegaba hasta una segunda tarima, ocupada por En¬rique VIII, saliendo de una rosa roja y blanca, con la efigie de la madre del nuevo rey, Juana Sey¬mour, representada a su lado. Salía una rama de aquella pareja, que ascendía hasta una tercera tarima, donde se veía la efigie del mismo Eduardo VI, sentado en su trono con regia majestad, y todo el espec¬táculo estaba enmarcado con guir¬naldas “de rosas, rojas y blancas.”
Este primoroso y llamativo es¬pectáculo entusiasmó tanto al rego¬cijado pueblo, que las aclamaciones ahogaron por completo la vocecita del niño cuya misión era explicar la cosa en runas laudatorias. Pero Tom Canty no lo lamentó, porque aquel leal alboroto era para él mú¬sica más dulce que cualquier poesía, no importa de qué calidad fuera. Cundo quiera que Tom volvía su joven y feliz semblante, el pueblo reconocía la exactitud del parecido de su efigie con él mismo, la con¬traparte de carne y hueso, y esta¬llaban nuevos torbellinos de aplau¬sos.
La gran procesión siguió adelan¬te, más y más, dejando atrás arcos triunfales, uno tras de otro, y pa¬sando ante una pasmosa sucesión de tablados espectaculares y sim¬bólicos, cada uno de los cuales tipi¬ficaba y exaltaba alguna virtud o talento o mérito del reyecito. “En todo Cheapside, de cada cobertizo y de cada ventana pendían bande¬ras y gallardetes, y los más ricos tapetes, paños y brocados de oro tapizaban las calles, muestras de la gran riqueza de las tiendas cerca¬nas, y el esplendor de esta calle era igualado en otras, y en algunas¬incluso sobrepasado.”
––¡Y todos estos prodigios y estas maravillas son para recibirme a mí, a mí! ––murmuraba Tom Canty.
Las mejillas del fingido rey esta¬ban rojas de excitación, sus ojos centelleaban, sus sentidos hormiguea¬han en un delirio de placer. En aquel punto, justo cuando alzaba su mano para arrojar otra dádiva ge¬nerosa, vio una cara pálida, asom¬brada, que se estiraba hacia adelan¬te en la segunda fila de la muche¬dumbre, sus intensos ojos clavados en él. Una espantosa consternación lo traspasó. ¡Reconoció a su madre! Y sus manos volaron hacia arriba, con las palmas hacia afuera, a cu¬brirse los ojos ––ese ademán invo¬luntario nacido de un episodio olvi¬dado y perpetuado por la costum¬bre––. Un instante más y ella se había desprendido de la muchedum¬bre, pasó por entre los guardias y estaba a su lado. Abrazó la pierna del niño, la cubrió de besos, gritó: ¡Oh, mi niño, vida mía!”, alzando hacia él un rostro transfigurado de alegría y de amor. En el mismo ins¬tante un oficial de la guardia real la arranco de allí con una maldi¬ción, y la envió tambaleándose al lugar de donde vino, con un vigo¬roso impulso de su fuerte brazo. Las palabras “¡No te conozco, mu¬jer!” caían de los labios de Tom Canty cuando este lastimoso inci¬dente ocurrió, pero le hirió hasta el corazón verla tratada así, y cuan¬do ella se volvió para mirarle por última vez, mientras la muchedum¬bre la apartaba de su vista, la mujer se veía tan herida, tan descorazona¬da, que la vergüenza que lo cubrió consumió su orgullo hasta las ceni¬zas y marchitó su usurpada realeza. Sus grandezas se le descubrieron; parecían sin valor desprenderse de él como harapos podridos.
La procesión siguió adelante y adelante, entre esplendores en au¬mento y crecientes tempestades de bienvenidas, pero para Tom Canty eran como si no existieran. Él ni veía ni oía. La realeza había perdido su gracia y su dulzura; sus pompas se habían convertido en reproche. El remordimiento estaba corroyen¬do su corazón. Dijo: ––¡Pluguiera a Dios que, yo estuviese libre de mi cautiverio!
Inconscientemente había vuelto a la fraseología de los primeros días de su obligatoria grandeza.
La brillante procesión cívica si¬guió su rodeo, como una radiante serpiente interminable por las torcí¬das callejuelas de la curiosa vieja ciudad y por entre la multitud que lo vitoreaba; pero el rey aún cabal¬gaba con la cabeza baja y la mirada perdida viendo sólo el rostro de su madre, y esa expresión herida en él.
––¡Una dádiva, una dádiva!. ––el grito llegaba a un oído distraído. ––¡Viva Eduardo de Inglaterra! Parecía que la tierra se cimbraba con la explosión, pero no había respuesta del rey. Éste la oía como se oye el ruido del oleaje cuando llega al oído desde una gran distan¬cia, porque era ahogado por otro sonido que estaba aún más próxi¬mo, en su propio pecho, en su acu¬sadora conciencia, una voz que se¬guía repitiendo aquellas vergonzosas palabras: “No te conozco, mujer.”
Las palabras golpeaban el alma del rey como el doblar de una cam¬pana fúnebre golpea el alma de un amigo sobreviviente cuando le re¬cuerdan secretas traiciones hechas por su mano a aquel que se ha ido.
Nuevos encantos se revelaban a cada vuelta; nuevos prodigios, nue¬vas maravillas aparecían a la vista; los encerrados estruendos de las ba¬terías eran liberados, nuevos raptos brotaban de las gargantas de las ex¬pectantes multitudes, pero el rey no daba señales de enterarse, y la voz acusadora que seguía gimiendo en su desconsolado pecho era el único sonido que escuchaba.
Pronto la alegría en los rastros del populacho cambió un poco, y mostraban algo parecido al afán o a la ansiedad; se observó también un descenso en la intensidad de los aplausos. El lord protector de in¬mediato reparó en estas cosas, tanto como para descubrir la causa. Apre¬tó el paso hacia el rey, se inclinó en la silla, con la cabeza descubierta, y dijo:
––Señor, mala ocasión es ésta para soñar. El pueblo observa tu incli¬nada cabeza, tu nublado semblante y lo toma por mal agüero. Sé pru¬dente; devela el sol de la realeza y deja que brille sobre esos agoreros vapores y los dispersé. Levanta la cara y sonríe al pueblo.
Diciendo esto, el duque esparció un puñado de monedas a diestra y siniestra, y luego se retiró a su sitio. El fingido rey hizo maquinalmente lo que le sugerían. Su sonrisa era forzada, pero pocos ajos estuvieron lo bastante cerca o fueron lo bas¬tante perspicaces para descubrirlo. Los movimientos de su empenacha¬da cabeza al saludar a sus súbditos eran llenos de gracia y gentileza; las dádivas que su mano prodigaba eran regiamente generosas; así se desvaneció la ansiedad del pueblo y las aclamaciones volvieron a esta¬llar con la poderosa intensidad de antes.
De nuevo, sin embargo, poco an¬tes de que acabara la procesión, el duque se vio obligado a adelantarse hacia el rey, y lo reconvino. Su¬surró:
––¡Oh, venerable soberano! Sa¬cude se humor fatal; los ojos del mundo están sobre ti. ––Y añadió con vivo disgusto––: ¡Maldita sea esa loca mendiga!, fue ella la que ha perturbado a Su Alteza.
La suntuosa figura volvió hacia el duque sus ojos sin brillo y ex¬clamó con voz desmayada:
––¡Era mi madre!
––¡Dios mío! ––gimió –– el protec¬tor, conteniendo su caballo para volver a su puesto––. ¡El agüero estaba preñado de profecía! ¡Se ha vuelto loco de nuevo!

CAPITULO XXXII

EL DIA DE LA CORONACIÓN

Retrocedamos unas cuantas horas y situémonos en la Abadía de West¬minster, a las cuatro de la mañana de este memorable Día de la Co¬ronación. No estamos sin compañía, porque aunque aún es de noche, encontramos las galerías, ilumina¬das con antorchas, llenas ya de gen¬tes dispuestas a permanecer esperan¬do siete u ocho horas hasta que llegue para ellas el momento de ver lo que no esperan ver dos veces en sus vidas: la coronación de un rey. Sí. Londres y Westminster han estado activos desde que retumbaron los cañonazos de aviso a las tres de la mañana, y ya multitud de ricos sin título, que han comprado el privilegio de buscar sitio para sen¬tarse en las galerías, se agolpa en las entradas reservadas a su clase.
Las horas pasan lentas, tediosa¬mente. Toda agitación ha cesado por un rato porque hace mucho que las galerías están ya atestadas. Ahora podemos sentarnos, y mirar y pensar a nuestro gusto. Aquí, allá y acullá, en la vaga media luz de la catedral, podemos divisar par¬te de muchas galerías y balcones, porque el resto nos lo ocultan a la vista las columnas y salientes ar¬quitectónicos que se interponen. Te¬nemos a la vista todo el gran cru¬cero, vacío, esperando a los privi¬legiados de Inglaterra. Vemos tam¬bién el área amplia de la plataforma, cubierta de rica alfombra, en que se alza el trono. El trono ocupa el centro de la plataforma, y se le¬vanta de ella sobre cuatro escalones. En el asiento del trono está enca¬jada una piedra plana y tosca, la Piedra de Scone, en que muchas generaciones de reyes escoceses se han sentado para ser coronados, por lo cual con el tiempo llegó a ser lo bastante sagrada para servir al mis¬mo fina los monarcas ingleses. Tan¬to el trono como su escabel están cubiertos con brocado de oro.
La quietud reina, las antorchas parpadean lánguidamente, el tiem¬po pasa con pesadez. Mas al fin se afirma la retrasada luz del día, se ex¬tinguen las antorchas y un resplan¬dor suave baña los grandes espacios. Ahora se distinguen todos los per¬files del noble edificio, pero dulces y como en sueños, porque el sol está ligeramente velado con nubes.
A las siete sobreviene la primera interrupción de la amodorrada mo¬notonía, porque, al dar la hora, la primera dama noble entra al cruce¬ro, vestida con tanto esplendor co¬mo Salomón, y es conducida a su lugar correspondiente por un oficial vestido de raso y terciopelo, en tanto que otro como él recoge la larga cola del vestido de la dama, la si¬gue y, cuando la dama se ha senta¬do, se la arregla sobre el regazo. Luego coloca el escabel conforme a los deseos de ella, después de lo cual pone su corona al alcance de su mano, para cuando llegue la ocasión de la coronación simultánea de los nobles.
Ya en esto las damas están flu¬yendo en reluciente manantial, y los oficiales revolotean y destellan por¬dondequiera, sentándolas e instalán¬dolas cómodamente. La escena está ya bastante animada. Hay movi¬miento y vida, y colores cambian¬tes por todas partes. Al cabo de un rato, vuelve a reinar la calma, por¬que todas las damas han llegado y están en sus sitios, como un gran ramillete de flores resplandecientes, de colores abigarrados, y escarcha¬das de diamantes como una Vía Láctea. Hay aquí todas las edades: viudas arrugadas y canosas, que pue¬den retroceder más y más en el tiempo y recordar la coronación de Ricardo III, y los turbulentos días de aquella inolvidable época; y hay hermosas damas dé mediana edad, y matronas lindas y graciosas, y don¬cellas gentiles y bellas, de radiantes ojos y'tez fresca, que muy probable¬mente se pondrán torpemente su enjoyada corona cuando llegue el momento solemne, porque el lance será nuevo para ellas y su agitación será un grave obstáculo. Sin embar¬go, esto puede no ocurrir, porque el pelo de todas estas damas está arreglado con especial atención a la colocación rápida y airosa de la co¬rona cuando llegue la señal.
Hemos visto que este conjunto de damas está sembrado de diaman¬tes, y vemos también que constituye un maravilloso espectáculo, pero..., ahora estamos a punto de asombrar¬nos de verdad. Cerca de las nueve, de pronto se rasgan las nubes y una saeta de luz de sol hiende la tibia atmósfera y recorre lentamente las filas de damas, y cada, fila que toca se enciende con un delumbrante es¬plendor de fuegos multicolores, y a nosotros nos hormiguean hasta las puntas de los dedos con el estreme¬cimiento eléctrico que nos atraviesa por la sorpresa y la belleza del es¬pectáculo. Ahora un enviado espe¬cial de algún lejano rincón del Orien¬te entra con el cuerpo de emba¬jadores extranjeros; cruza aquella barra de luz de sol, y nosotros re¬tenemos el aliento, tan subyugante es el fulgor que irradia y centellea a su alrededor, pues está cubierto de piedras preciosas de pies a cabe¬za, y al más ligero movimiento de¬rrama en tomo suyo una radiante danza de luces.
Cambiemos el tiempo del verbo por comodidad. El tiempo transcu¬rrió ––una hora, dos horas, dos ho¬ras y media––, luego el intenso estruendo de la artillería anunció que el rey y su gran cortejo al fin ha¬bían llegado; par lo que la muche¬dumbre que esperaba se regocijó. Todos sabían que aún habría de demorar, porque el rey debería ser preparado y ataviado para la solem¬ne ceremonia, pero esta demora se llenaría agradablemente por la re¬unión de los pares del reino con sus trajes de gala. Éstos fueron conducidos ceremoniosamente a sus asien¬tos, y sus coronas colocadas al al¬cance de la mano; entretanto el gentío de las galerías avivaba su interés, porque la mayor parte veía por vez primera a duques, condes y barones cuyos nombres eran his¬tóricos desde hacía quinientos años. Cuando finalmente se sentaron to¬dos, el espectáculo desde las gale¬rías y, desde cualquier posición ven¬tajosa era completo; magnífico para ser contemplado y recordado.
Los jerarcas de la Iglesia, con mantos y mitras, y sus asistentes, se alinearon sobre la plataforma y to¬maron los lugares a ellos asignados; fueron seguidos; por el lord protec¬tor ––y otros grandes dignátanos, y éstos, a su vez, por un destacamento de la guardia, vistiendo armadu¬ras de acero.
Hubo una pausa de espera; luego, a una señal, estalló un estruendo de música triunfal, y Tom Canty, ves¬tido con largo manto de brocado de oro, apareció en la puerta y subió a la plataforma. Levantóse toda la multitud, y empezó la cere¬monia del Reconocimiento.
Luego un espléndido himno barrió la Abadía con sus olas de sonido, y de esta manera anunciado y reci¬bido, Tom Canty fue conducido al trono. Hiciéronse las antiguas ceremonias con impresionante solemni¬dad, mientras el auditorio las con¬templaba; y mientras más se acer¬caban a su fin, Tom Canty palidecía más y más, y una profunda, angustia y melancolía, que crecía progresi¬vamente, se posesionó de su ánimo y de su corazón lleno de remordi¬mientos.
Por fin llegó el acto final. El arzobispo de Canterbury levantó de su cojín la corona de Inglaterra y la suspendió sobre la cabeza tem¬blorosa del fingido rey. En el mismo instante un resplandor de arco iris fulguró en el amplio crucero, por¬que, en un movimiento simultáneo, cada individuo del gran concurso de nobles levantó la corona y la sus¬pendió sobre su cabeza y la detu¬vo en esa postura. Un profundo silencio reinó en la Abadía. En este impresionante momento una pasmo¬sa aparición de pronto se hizo pre¬sente, avanzando por la gran nave central. Era un niño, con la cabeza descubierta, mal calzado y vestido con burdas prendas plebeyas que se caían a jirones. Levantó su mano, con una solemnidad que no concor¬daba con su lastimoso sucio aspec¬to, y pronunció esta advertencia:
––Os prohibo poner la corona de Inglaterra en esa cabeza perdida. Yo soy el rey.
Al instante varias manos indigna¬das cayeron sobre el niño, pero en el mismo instante Tom Canty, con sus regias vestiduras, avanzó viva¬mente un paso y gritó con sonora voz:
––¡Soltadle y conteneos! ¡Él es el rey!
Una especie de pánico asombrado privó en la asamblea; se levantaron parcialmente de sus asientos y se miraron aturdidos unos a otros, y a las principales figuras de aquella es¬cena, como personas que se pregun¬taran si estaban despiertas y en su juicio o dormidas y soñando. El lord protector estaba tan asombrado como los demás, pero se repuso pronto y exclamó con autoritaria voz:
––No hagáis caso a Su Majestad; su dolencia le ha vuelto a atacar. ¡Prended al vagabundo!
Habría sido obedecido, pero el fingido rey golpeó el suelo con el pie y exclamo:
––¡Os lo prevengo! ¡No lo to¬quéis, es el rey!
Las manos se apartaron; una pa¬rálisis asaltó la sala; nadie se movió, nadie habló. Nadie sabía, en verdad, cómo actuar o que decir en tan extraño y sorpresivo aprieto. Mien¬tras todos los ánimos intentaban se¬renarse, el niño avanzó aún más, resueltamente, con arrogante porte y confiado semblante; no había vaci¬lado desde el principio, y mientras los confundidos ánimos luchaban aún inútilmente, él subió a la plata¬forma y el fingido rey corrió a su encuentro con el rostro alegre y cayó de rodillas ante el y dijo:
––¡Oh, mi señor rey!, dejad que el pobre Tom Canty sea el primero que os jure fidelidad y os diga: “Poneos la corona y recobrad lo que es vuestro.”
La mirada del lord protector se clavó severamente en el rostro del recién llegado, pero instantáneamen¬te la severidad se esfumó y dio paso a una expresión de admirada sor¬presa. Esto mismo les ocurrió a los demás grandes dignatarios. Se mira¬ron unos a otros y retrocedieron un paso, por un impulso general e in¬consciente. La idea en cada mente era la misma: “¡Qué extraño parecido!”
El lord protector reflexionó per¬plejo unos breves momentos; luego dijo, con grave respeto:
––Con vuestro permiso, señor, de¬seo haceros ciertas preguntas que...
––Yo las responderé, milord.
El duque le hizo muchas pregun¬tas acerca de la corte, del difunto rey, del príncipe, de las princesas. El niño las respondió acertadamente y sin vacilar. Describió las habitaciones de gala del palacio, los aposentos del difunto rey y los del Prín¬cipe de Gales.
Era extraño, era maravilloso, sí, era inexplicable, así dijeron todos cuantos lo oyeron. La corriente co¬menzaba a variar y las esperanzas de Tom Canty a crecer, cuando el lord protector meneó la cabeza y dijo:
––Cierto que es maravilloso en extremo, pero no es más de lo que puede hacer nuestro señor el rey.
Esta observación y esta referen¬cia a sí mismo como rey todavía entristecieron a Tom Canty, y sintió que se derrumbaban sus esperanzas.
––Éstas no son pruebas ––aña¬dió el protector.
La corriente variaba ahora muy rápido, en verdad muy rápido, pero en la dirección contraria, y estaba dejando al pobre Tom Canty varado en el trono, y arrastrando al otro hacia el mar. El lord protector con¬sultó consigo mismo ––meneó la ca¬beza–– el pensamiento que se le imponía: ––Es peligroso para el Es¬tado y para todos nosotros que con¬tinúe un enigma tan funesto coma éste; podría dividir a la nación y minar el trono––. Se volvió y dijo: ––Sir Tomás, arrestad a este.... ¡No, deteneos! ––Su rostro se ilu¬minó e hizo frente al desarrapado candidato con esta pregunta:
––¿Dónde está el Gran Sello? Contestadme esto sinceramente y el enigma quedará descifrado, porque sólo el que fuera Príncipe de Gales puede responderlo. ¡De una cosa tan trivial penden un trono y una dinastía!
Fue una idea afortunada, una idea feliz. Que así lo consideraron también los grandes dignatarios se manifestó en el silencioso aplauso que brotó de sus ojos en forma de brillantes miradas de aprobación. Sí, nadie sino el verdadero príncipe po¬dría disipar el persistente misterio del Gran Sello desaparecido ––a este infeliz impostorcillo le habían ense¬ñado bien su lección, pero aquí sus enseñanzas debían fracasar, porque su mismo maestro no podría contes¬tar esa pregunta––; ¡ah, muy bien, muy bien en verdad: ahora pronto nos libraremos de este enojoso y peligroso asunto! Y asintieron con la cabeza de modo imperceptible y sonrieron internamente con satisfac¬ción y voltearon a ver a aquel mu¬chacho atacado por la parálisis de la confusión culpable. ¡Cómo se sor¬prendieron entonces de ver que nada semejante sucedió!, ¡cómo se mara¬villaron al escucharlo contestar de inmediato, con voz segura y tran¬quila!
––No tiene nada de difícil esta adivinanza.
Luego, sin un “con vuestra ve¬nia” a nadie, se volvió y dio esta orden, con el desembarazo del que está acostumbrado a tales cosas––: Milord St. John, id a mi gabinete particular en el palacio ––pues na¬die lo conoce mejor que vos––, y, muy cerca del piso, a la izquierda, en el rincón –– más distante de la puerta que da a la antecámara, hallaréis en la pared una cabeza de clavo de bronce. Oprimidlo y se abrirá un armarito de joyas, que ni siquiera vos conocéis, no, ni ningún alma en el mundo sino yo y el leal artesana que lo ideó para mí. Lo primero que veréis será el Gran Sello. Traedlo aquí.
Todos los circunstantes se pasma¬ron al oír sus palabras, y se mara¬villaron, más aún al ver al pordio¬serillo elegir a aquel par sin vacila¬ción ni aparente temor de equivo¬carse, y llamarlo por su nombre, con el aire plácida y convincente de ––haberlo conocido toda la vida. El par se sorprendió casi obede¬ciendo. Incluso hizo un movimiento como para alejarse, pero pronto re¬superó su serena actitud y confesó su disparate con un sonrojo. Tom Canty se volvió hacia él y dijo áspe¬ramente:
––¿Por qué vacilas? ¿No has oído el mandato del rey? ¡Ve!
El lord St. John hizo una profun¬da reverencia ––y se pudo observar que ésta–– fue cautelosa y evasiva, no dirigida a ninguna de los reyes, sino al territorio neutral equidistante de ambos–– y se despidió.
Ahora empezó un movimiento de las brillantes partículas de aquel grupo oficial, que fue lento, apenas perceptible, y, sin embargo, tenaz y persistente; un movimiento tal co¬mo el que se observa en un calei¬doscopio que se hage girar lenta¬mente, con lo cual los componentes de un espléndido grupo se disgregan y se unen con otros; un movimiento que, poco a poco, en el caso pre¬sente, disolvió el reluciente gentío que se hallaba cerca de Tom Canty, y lo agrupó de nuevo en las inme¬diaciones del recién llegado. Tom Canty se quedó casi solo. Ahora siguió un breve momento de pro¬fundo suspenso y espera, durante el cual incluso los pusilánimes que aún permanecían cerca de Tom Can¬ty fueron gradualmente haciendo su¬ficiente acopio de valor para escu¬rrirse, uno por uno, hacia el lado de la mayoría. Así que al fin Tom Canty, con su atavío real y sus joyas, quedó completamente solo y aislado del mundo, figura conspicua ocu¬pando un elocuente vacío.
Ahora se vio regresar al lord St. John. A medida que avanzaba por la nave central, el interés era tan intenso que el apagado murmullo de las conversaciones expiró en la gran asamblea y fue seguida por un profundo silencio, una calma expec¬tante en la cual las pisadas del lord vibraron con un sonido sordo y dis¬tante. Todos los ojos se clavaron en él mientras avanzaba. Llegó a la plataforma, se detuvo un momento, luego se inclino ante Tom Canty con una profunda reverencia, y dijo:
––Señor, ¡el Sello no está allí!
No se aparta una turba de la presencia de un apestado con más prisa que la partida de pálidos y aterrados cortesanos se apartó del lado del andrajoso pequeño preten¬diente a la corona. En un momento se quedó completamente solo, sin un amigo o partidario, blanco en el que se concentraba un fuego gra¬neado de miradas burlonas y aira¬das. El lord protector gritó furioso:
––Echad al mendigo a la calle y azotadle por toda la ciudad; ¡el bri¬bón miserable no es digno de mayor consideración!
Los oficiales de la guardia se apresuraron a obedecer, pero Tom Canty los apartó con un ademán y dijo:
––¡Atrás! ¡Aquel que lo toque arriesga su vida!
El lord protector estaba perplejo en grado sumo. Dijo a lord St. John:
––¿Habéis buscado bien? Pero de nada vale preguntarlo. Parece suma¬mente raro. Las cosas pequeñas, las bagatelas escapan a la vista de uno, y uno no lo considera motivo de sorpresa; pero ¿cómo una cosa tan abultada como el Sello de Inglate¬rra puede desaparecer sin que nadie pueda dar con su rastro? Un disco de oro macizo. . .
Tom Canty, con relucientes ojos, saltó hacia adelante y gritó ––¡Teneos, basta ya! ¿Era redon¬do?, ¿y grueso?, ¿y tenía letras y lemas grabados? ¿Sí? ¡Oh!, ahora sé lo que es este Gran Sello por el que ha habido tanto apuro y albo¬roto. De habérmelo descrito, lo po¬dríais haber tenido hace tres sema¬nas. Ahora sé muy bien dónde está; pero no fui yo quien lo puso ahí por primera vez.
––¿Quién, pues, mi señor? pre¬guntó el lord protector.
––Ese que está ahí, el legítimo rey de Inglaterra. Y él mismo habrá de decires dónde está; entonces cree¬réis que lo sabe por su propia cono¬cimiento. Haced memoria, rey mío, recordad; fue lo último, lo realmente último que hicisteis aquel día antes de salir apresuradamente de palacio, vestido con mis andrajos para cas¬tigar al soldado que me había ofen¬dido.
Sobrevino un silencio, no pertur¬bado por ningún movimiento o cu¬chicheo, y todos los ojos se clavaron en el recién llegado, que cabizbajo y con el ceño fruncido; buscaba en su memoria, entre una atestada mul¬titud de inútiles recuerdos, por un solo hecho pequeñito y elusivo que, de ser hallado, lo sentaría en un trono, y de no serlo, lo dejaría de una vez para siempre como estaba: un mendigo y un paria. Momento tras momento transcurrió y los mo¬mentos se convirtieron en minutos, y el niño seguía luchando en silen¬cio sin dar indicios. Mas al fin exhaló un suspiro, movió lentamente la ca¬beza, y dilo, con labios temblorosos y con afligida voz:
––Recuerdo la escena, toda, pero en ella no figura el Sello––. Hizo una pausa, levanto la vista y dijo con gentil dignidad––: Milores y caballeros, si queréis despojar a vues¬tro legítimo soberano de lo que es suyo por la falta de esta evidencia que no puede proporcionar, no os lo habré de impedir viéndome im¬potente. Pero...
––¡Oh desatino, oh locura, rey mío! ––gritó Tom–– Canty, aterrori¬zado––. ¡Esperad!, ¡pensad!, ¡no os deis por vencido!, ¡la causa no está perdida! ¡Ni lo estará! Escuchad lo que diga, seguid cada palabra, voy a recordares lo que pasó aquella mañana, cada lance tal como suce¬dió. Conversamos; os conté de mis hermanas, Nan y Bet ¡ah, sí!, eso lo recordáis; y de mi vieja abuela, y de los bruscos juegos de los mu¬chachos de Offal Court; sí, también recordáis estas cosas muy bien, se¬guidme aún, lo recordaréis todo. Me disteis de comer y de beber, y con principesca cortesía despedisteis a los servidores, para que mi mala crianza no me avergonzara delante de ellos, oh, sí, todo esto lo recor¬dáis.
A medida que Tom verificaba sus detalles y el otro niño asentía con la cabeza, el gran auditorio y los dignatarios abrían grandes ojos de perplejo asombro; el relato sonaba a historia verdadera; no obstante, ¿cómo había sucedido esta imposi¬ble unión entre un príncipe y un mendigo? Jamás hubo antes un gru¬po de personas más perplejo, más interesado y más estupefacto.
––De guasa, príncipe, cambiamos vestidos. Luego nos pusimos delan¬te de un espejo, y éramos tan pare¬cidos que los dos dijimos que pa¬recía que no hubiera habido cambio ninguno; sí, recordáis eso. Luego notasteis que el soldado había herido mi mano; ¡mirad!, hela aquí; ni si¬quiera puedo aún escribir con ella, tan tiesos están los dedos. En esto, Vuestra Alteza dio un salto, jurando vengaros del soldado, y corristeis hacia la puerta; pasasteis junto a una mesa; eso que llamáis el Sello estaba sobre ella; lo tornasteis y mirasteis entorno afanosamente, como buscando sitio donde escon¬derlo; vuestra mirada lo encontró...
––¡Eso es!, ¡basta ya!, ¡gracias sean dadas al buen Dios! ––exclamó el andrajoso pretendiente, en suprema excitación––. ¡Id, mi buen St. John, que en un brazo de la arma¬dura milanesa que cuelga de la pa¬red encontraréis el Sello!
––¡Justo, mi rey, justo! ––gritó Tom Canty––, ahora el cetro de In¬glaterra es vuestro. ¡Y hubiera sido mejor para aquel que os lo dispu¬tase el haber nacida mudo! ¡Id, mi¬lord St. John, poned alas a vuestros pies!
Toda la asamblea estaba ya de pie y casi fuera de sus cabales por la inquietud, la aprensión, el te¬mor y la devoradora excitación. En el piso y en la plataforma estalló un zumbido ensordecedor de con¬versaciones frenéticas, y durante al¬gún rato nadie supo ni oyó nada, ni se interesaba por nada sino por lo que su vecino le gritaba al oído, o por lo que gritaba al oído de su vecino. El tiempo pasó rápidamente, desatendido e inadvertido, nadie su¬po cuánto, sin que se percataran de ello. Finalmente un repentino silen¬cio reinó en el recinto, y en el mis¬mo momento St. John apareció en la plataforma, con el Gran Sello enarbolado. Entonces se elevó este grito:
––¡Viva el verdadero rey! Durante cinco minutas la atmós¬fera se estremeció con los gritos y con el estrépito de los instrumentos musicales y se tomó blanca con una tormenta de pañuelos ondeantes; y en medio de todo aquello un mu¬chacho andrajoso, la figura más conspicua de Inglaterra, permanecía emocionado y dichoso y orgulloso en el centro de la espaciosa plata¬forma, con los grandes vasallos del reino arrodillados a su alrededor.
Luego se levantaron todos y Tom Canty exclamó:
Ahora, ¡oh, rey!, recobrad es¬tas regias prendas, y dad al pobre Tom, vuestro criado, sus andrajos y jirones.
El lord protector habló:
––Que el canallita sea desnudado y encerrado en la Torre.
Pero el nuevo rey, el verdadero rey, dijo:
––No lo permitiré. A no ser por él no tendría de nuevo mi corona; nadie le pondrá la mano encima; y en cuanto a ti, mi buen tío, mi lord protector, esa conducta tuya no muestra agradecimiento hacia este pobre muchacho, porque he oído que te hizo duque (el protector se ruborizó), y eso que no era toda¬vía rey; por consiguiente, ¿de qué vale ahora tu encumbrado título? Mañana me pedirás a mí, por me¬diación de el, la confirmación, de lo contrario, no como duque, sino como simple conde permanecerás.
Ante esta reprimenda, Su Gracia el duque de Somerset se retiró un poco de la primera línea durante algunos instantes.
El rey se volvió hacia Tom y le dijo amablemente:
––Mi pobrecito niño, ¿cómo fue que pudiste recordar dónde escondí el Sello, cuando no podía recordar¬lo yo mismo?
––¡Ay, rey mío!; eso fue fácil, puesto que lo he usado varios días.
––¿Lo has usado y no podías ex¬plicar dónde estaba?
––No sabía que era eso lo que querían. No lo describieron, Ma¬jestad.
––¿Entonces para qué lo usaste? La roja sangre empezó a subir a las, mejillas de Tom, quien bajó los ojos y guardó silencio.
––Habla, buen muchacho, y no temas nada ––dijo el rey––. ¿Para qué usaste el Gran Sello de Ingla¬terra?
Tom balbució un, momento, con patética confusión, y al fin pudo sacarlo:
––¡Para cascar nueces!
¡Pobre niño! El aluvión de risas que acogió esto casi lo levantó en vilo. Pero si en algún ánimo que¬daba la duda de que Tom Canty no fuera el verdadero rey de Ingla¬terra, familiarizado con los augustos incidentes de la realeza, esta res¬puesta la disipó por completo.
Entretanto el suntuoso manto de gala había pasado de los hombros de Tom a los del rey, cuyos andra¬jos quedaron de hecho ocultos a la vista debajo de él. Luego se reanudó el ceremonial de la coronación; el verdadero rey fue ungido y la coro¬na colocada sobre su cabeza, mien¬tras los cañonazos retumbaban la noticia a la ciudad, y todo Londres parecía bambolearse por la acla¬

XXXIII

EDUARDO COMO REY

Miles Hendon ya era bastante pintoresco antes de meterse en el motín del Puente de Londres, pero lo era mucho más cuando salió de él. Tenía poco dinero al entrar, pero nada en absoluto al salir. Los rate¬rillos lo habían despojado hasta de su último ardite.
Pero no importaba, con tal de que encontrara a su niño. Siendo solda¬do, no se dio a la tarea de manera improvisada, sino que empezó antes que nada por disponer su plan de campaña.
¿Qué haría el niño instintivamen¬te? ¿Adónde se dirigiría primero? Bueno ––argüía Miles––, iría instin¬tivamente a sus primeras guaridas, porque tal es el instinto de los espi¬ritus perturbados, cuando se ven sin hogar y desamparados, lo mismo que de los espíritus cuerdos. ¿Dónde estaban sus primitivas guaridas? Sus andrajos y el villano que parecía conocerlo, y que incluso pretendía ser su padre, indicaban que su hogar estaba en uno u otro de los distri¬tos más pobres y más viles de Lon¬dres. ¿Sería difícil o larga la bús¬queda? No, más parecía breve y fácil. No se daría a la caza del muchacho; se daría a la caza de una muchedumbre, en el centro de una muchedumbre, pequeña, o grande, tarde o temprano hallaría seguramente a su pobre amiguito; y la sarnosa turba se entretendría injuriando y agraviando al niño, que, como de costumbre, se estaría pro¬clamando rey. Entonces Miles Hen¬don tulliría a algunas de estas gentes y se llevaría a su protegido, y lo confortaría y alegraría con palabras cariñosas, y los dos no volverían a separarse nunca más.
Así que Miles comenzó su pes¬quisa. Hora tras hora caminó a tra¬vés de callejones y calles escuálidas buscando grupos y muchedumbres, y las halló infinitas pero sin el me¬nor rastro del niño. Esto lo sor¬prendió mucho pero no lo desalen¬tó. A su entender esto no afectaba su plan de campaña; lo único mal calculado era que la campaña iba resultando larga, siendo así que él había esperado que fuese corta. Cuando al fin llegó la luz del día, había hecho muchas millas y examinado muchos grupos, pero el único resultado de ello era que es¬taba tolerablemente cansado, bastan¬te hambriento y con mucho sueño. Deseaba desayunar algo, pero no había modo de conseguirlo. No se le ocurrió mendigar; en cuanto a em¬peñar su espada, más pronto ha¬bría pensado en despojarse de su honor; podía prescindir de algunas de sus ropas, pero más fácil era hallar un cliente para una enferme¬dad que para ropas tales.
Al mediodía estaba aún deambu¬lando, ahora entre la turba que se¬guía al regio cortejo, porque arguyó que este regio despliegue atraería poderosamente a su pequeño luná¬tico. Siguió a la procesión en todos sus rodeos tortuosos por Londres y en todo el camino hasta Westmins¬ter y la Abadía. Iba a la ventura de acá para allá, entre las multitu¬des que se apiñaban en las inme¬diaciones, durante largas y tediosas horas, chasqueado y perplejo, hasta que al, fin se alejó pensando y tratando de idear la manera de mejorar su plan de campaña. Lue¬go, cuando volvió en sí de sus me¬ditaciones, descubrió que la ciudad quedaba muy atrás y que iba decli¬nando el día. Hallabase cerca del río, y en el campo; era una zona de hermosas fincas rústicas, no la clase de distrito que habría de dar la bienvenida a un hombre con in¬dumentaria tal.
No hacía frío en absoluto, así que se tendió en el suelo, al socaire de un seto, para descansar y pensar. El sueño no tardó en invadir sus sentidos; el atronar desmayado y lejano de los cañones llegó a sus oídos, se dijo: ––Están coronando al nuevo rey ––e inmediatamente se quedó dormido. Llevaba más de treinta horas sin dormir ni descan¬sar. No se despertó hasta cerca del mediodía.
Levantóse renqueando, entumeci¬do y medio muerto de hambre; se lavó en el río, tomó un tentempié de uno o dos cuartillos de agua y se encaminó con trabajos hacia Westminster, reprendiéndose a sí mis¬mo por haber perdido tanto tiempo. Ahora el hambre lo ayudó a forjar un nuevo plan; trataría de hablar con el viejo sir Humphrey Marlow y le pediría unos cuantos marcos, y..., pero con esto bastaba al plan por el momento; tiempo habría de ampliarlo cuando esta primera eta¬pa estuviera cumplida.
Cerca de las once se acercó al palacio, y aunque se vio rodeado de un grupo de personas lujosa¬mente ataviadas que iban en su mis¬ma dirección, no pasó desapercibido de ello se encargó su traje. Observó atentamente los rostros de estas per¬sonas, esperando hallar alguno ca¬ritativo cuyo dueño estuviera dis¬puesto a llevar su nombre al viejo teniente, porque el intentar intro¬ducirse él mismo en el palacio no había ni que pensarlo.
De pronto pasó a su lado el “ni¬ño-azotes”, dio media vuelta y es¬crutó atentamente su figura, dicién¬dose:
––Si no es ése el mismísimo va¬gabundo que tanto preocupa a Su Majestad, entonces soy un asno..., aunque me parece que ya antes lo he sido. Responde a las señas total¬mente. Que Dios hubiera hecho a dos tales sería abaratar los milagros Por su inútil repetición. Si pudiera dar con una excusa para hablarle...
Miles Hendon le ahorró el traba¬jo, porque luego se volvió, como generalmente hará un hombre cuan¬do alguien le magnetiza mirándolo insistentemente desde atrás; y al ob¬servar un fuerte interés en los ojos del muchacho, avanzó hacia él y dijo:
¬¬––Acabas de salir de palacio. ¿Vi¬ves en él?
––Sí, vuestra merced.
––¿Conoces a sir Humphrey Mar¬low?
El niño se sobresaltó y díjose:
––¡Cielos! ¡Mi difunto padre! ––y contestó en voz alta––: Muy bién, vuestra merced.
––¡Bien! ¿Está dentro?
––Sí ––dijo el niño–––. Y añadió para sí: ––Dentro de su tumba.
––¿Puedo pedirte el favor de que vayas a decirle mi nombre, y que le ruego me permita hablar un mo¬mento con él?
––Despacharé el asunto de buen grado, bien, señor.
––Entonces dile que Miles Hen¬don, hijo de sir Ricardo, está aquí fuera. Te quedaré obligado en gran medida, mi buen muchacho.
El niño parecía desencantado.
––El rey no lo ha llamado así ––se dijo––; pero no importa, éste es su hermano gemelo, y apuesto a que puede dar Su Majestad noti¬cias del otro Caballero de los Jiro¬nes y los Guiñapos. Así que dijo a Miles: ––Entrad allí un momento, buen señor, y esperad a que os trai¬ga noticias.
Hendon se retiró al lugar indi¬cado, que era un hueco en la pared de palacio, con un banco de piedra, que servía de refugio a los centine¬las cuando hacía mal tiempo. Ape¬nas se había sentado, unos alabar¬deros, al mando de un oficial, pa¬saron por allí. El oficial lo vio, detuvo a sus hombres y ordenó a Hendon que lo siguiera. Él obedeció, y al instante lo arrestaron como in¬dividuo sospechoso que rondaba por las inmediaciones de palacio. Las cosas empezaban a ponerse feas. El pobre Miles iba a explicarse, pero el oficial le hizo callar ásperamente y ordenó a sus hombres que lo des¬armaran y lo registrasen.
––Conceda el Dios misericordioso que encuentren algo ––dijo el pobre Miles––. Bastante he registrado yo, sin conseguirlo, y eso que mi nece¬sidad es mayor que la de ellos.
No le encontraron más que un documento. El oficial lo abrió y Hendon sonrió al reconocer los “ga¬rabatos” de su perdido amiguito en aquel negro día de Hendon Hall. El rostro del oficial se ensombreció al leer los párrafos ingleses; y Miles palideció intensamente al escuchar sus palabras.
––¡Otro nuevo pretendiente a la corona! ––exclamó el oficial––. En verdad que hoy crecen como cone¬jos. Prended al tunante, muchachos, y ved de tenerle sujeto, mientras yo llevo adentro este precioso papel y se lo mando al rey.
Alejóse de prisa, dejando al preso en manos de los alabarderos. ––Ahora ha terminado al fin mi mala suerte ––murmuró Hendon––, porque con seguridad he de pender del extremo de una cuerda por ese pedacito de papel. ¡Y qué será de mi pobre muchacho!, ¡ah, sólo el buen Dios lo sabe!
Pronto vio que volvía el oficial, con gran prisa; hizo acopio, pues, de valor, proponiéndose hacer fren¬te a la situación como correspondía a un hombre. El oficial ordenó a sus hombres que soltaran al preso y le devolvió su espada; luego se inclinó respetuosamente y dijo:
––Señor, servíos seguirme.
Siguióle Hendon, diciéndose:
––Si no me viera camino de la muerte y del juicio final, y por lo tanto en la necesidad de ahorrarme los pecados, estrangularía a este bri¬bón por su burlona cortesía.
Atravesaron los dos un patio lle¬no de gente y llegaron a la entrada principal del palacio, donde el ofi¬cial, con otra reverencia, entregó a Hendon en manos de un palacie¬go espléndidamente ataviado, quien lo recibió con profundo respeto y lo condujo par un gran vestîbulo a cu¬yos lados se alineaban magníficos lacayos (que hicieron reverentes cor¬tesías al pasar los dos, pero que aguantaron con angustia las carca¬jadas ante nuestro majestuoso es¬pantapájaros apenas éste volvió la espalda), y lo llevó por una amplia escalera entre multitud de gente refinada; y finalmente lo condujo a un gran aposento, le abrió paso a través de la nobleza de Inglaterra, allí reunida, luego hizo, una reve¬rencia, le recordó que se quitara el sombrero, y lo dejó en medio de la estancia, blanco de todas las mira¬das, de muchos ceños indignados y de bastantes sonrisas divertidas y bur¬lonas.
Miles Hendon estaba completamente aturdido. Allí estaba sentado el joven rey, bajo un majestuoso dosel, a cinco pasos de distancia, con la cabeza inclinada hacia un lado, hablando con una especie de ave del paraíso humana, tal vez un duque; Hendon se dijo que ya era bastante duro verse sentenciado a muerte en plena flor de la vida, sin que se sumara a ello esta singular humillación pública. Deseaba que el rey se apresúrase, pues algunas de las vistosas gentes que estaban cerca se tornaban ya bastante ofensivas. En aquel momento, el rey levantó ligeramente la cabeza, y Hendon pudo ver su cara con claridad. La visión casi le quitó el aliento. Que¬dóse mirando el hermoso y joven rostro como traspasado, y de pronto exclamó:
––¡Cátate! ¡El señor del Reino de los Sueños y las Sombras en su trono!
Balbució algunas palabras entre¬cortadas, aún mirando y maravillán¬dose; luego volvió los ojos en tomo escudriñando la espléndida muche¬dumbre y él suntuoso salón, mur¬murando: ––¡Pero éstos son reales, en verdad que son reales; cierta¬mente esto no es un sueño! ––Miró al rey de nuevo y pensó––: ¿Es un sueño.... o es él el verdadero sobe¬rano de Inglaterra y no el pobre loco desamparado por el que lo tomé? ¿Quién me resuelve este acer¬tijo?
Centelleó en sus ojos una idea repentina, y se dirigió a grande zancadas hacia la pared, agarró una silla, regresó con ella, la plantó en el suelo ¡y se sentó en ella!
Un zumbido de indignación esta¬lló; una mano cayó bruscamente sobre él y una voz exclamó:
––¡Arriba; payaso descortés! ¿Os sentáis en presencia del rey?
La conmoción atrajo la atención de Su Majestad, quien extendió la mano y gritó:
––¡No lo toquéis! ¡Está en su de¬recho!
La multitud retrocedió estupefac¬ta. El rey prosiguió:
––Sabed todos, damas, lores y caballeros, que éste es mi fiel y bien amado servidor, Miles Hendon, que interpuso su buena espada y salvó a su príncipe del daño cor¬poral y posiblemente de la muerte; y por eso es caballero por nombra¬miento del rey. Sabed también que, por un servicio más señalado, en que salvó a su soberano de los azo¬tes y de la vergüenza, tomándolos sobre sí, es par de Inglaterra, conde de Kent, y tendrá el oro y las tierras que convienen a su rango. Más aún: el privilegio que acaba de ejercer es suyo por concesión real, porque he¬mos ordenado que él y sus princi¬pales descendientes tengan y conser¬ven el derecho de sentarse en pre¬sencia de la majestad de Inglaterra de hoy en adelante, generación tras generación, mientras subsista la co¬rona. No lo molestéis.
Dos personas que, por retraso, apenas habían llegado del campo aquella mañana, y que llevaban sólo cinco minutos en la sala, se queda¬ron escuchando aquellas palabras y mirando al rey, y después al espantapájaros, y luego otra vez al rey, en una especie de torpe aturdimien¬to. Éstos eran sir Hugo y lady Edi¬ta. Pero el nuevo conde no los vio. Estaba aún con la vista fija en el monarca, en forma ofuscada, Y di¬ciéndose:
––¡Cuerpo de mí! ¡Éste mi mendigo!    ¡Éste mi lunático! Éste es aquel a quien yo iba a enseñarle lo que era grandeza, en mi casa de setenta habitaciones y veintisiete criados! ¡Éste es el que no había conocido nunca más que andrajos por vestido, puntapiés por consuelo y bazofias por alimento! ¡Éste es el que yo adopté y al qué haría res¬petable! ¡Si Dios me diera un saco para esconder la cabeza!
De pronto recordó sus modales y cayó de rodillas con las manos en¬tre las del rey, y le juró fidelidad y le rindió homenaje por sus tierras y sus títulos. Luego se levantó y se retiró respetuosamente a un lado, blanco aún de todos los ojos, y de muchas envidias también.
Ahora el rey reparó en sir Hugo, y dijo, con airada voz y mirada en¬cendida:
––Despojad a ese ladrón de su falso boato y de sus bienes robados, y encerradlo con llave hasta que yo lo requiera.
Sir Hugo, sir hasta hacía poco, fue retirado. Se sintió bullicio en el otro extremo del salón. Apartáronse los concurrentes, y Tom Canty, ex¬trañamente vestido, pero con gran lujo, avanzó, por entre aquellos mu¬ros vivientes, precedido de un ujier. Se arrodilló delante del rey, quien le dijo:
––Me han contado lo ocurrido en éstas últimas semanas y estoy muy complacido contigo. Has gobernado el reino con gentileza y compasión verdaderamente reales. ¿Has hallado de nuevo a tu madre y a tus her¬manas? Bien. Se cuidará de ellas, y tu padre será colgado, si tú lo deseas y la ley lo permite. Sabed, todos los que oís mi voz, que, desde este día, los que estén amparados en el Hospicio de Cristo y compar¬ten la bondad del rey, recibirán alimento para el alma y el corazón, lo mismo que para el cuerpo; y este niño morara allí y tendrá el primer puesto en su honorable cuerpo de gobernadores, de por vida. Y por¬que ha sido rey, conviene que se le deba más que el acatamiento co¬mún; por tanto, fijaos en el traje de gala que lleva, porque por él será conocido, y nadie podrá copiar¬la; y a dondequiera que vaya re¬cordará a la gente que ha sido rey, y nadie podrá negarle la reverencia que merece ni dejar de saludarlo. Tiene la protección del trono, tiene el apoyo de la corona; será cono¬cido y llamado con el honorable título de “Protegido del Rey”.
El dichoso y ufano Tom Canty se levantó y besó la mano del rey, y fue retirado de su presencia.
No perdió el tiempo; voló hacia su madre, a contarle todo a ella y a Nan y a Bet, y para que compartie¬ran con él el júbilo de la gran noticia.

CONCLUSIÓN

JUSTICIA Y RETRIBUCIÓN

Cuando todos los misterios se aclararon, salió a relucir, por con¬fesión de Hugo Hendon, que su esposa había repudiado a Miles por orden suya aquel día en Hendon Hall, orden apoyada por la promesa, perfectamente digna de crédito, de que si ella no negaba que aquél era Miles Hendon, y se mantenía firme en esto, le quitaríala vida, a lo cual respondió ella: ––Tomadla––, porque no la apreciaba y no quería negar a Miles; entonces el marido dijo que a ella le perdonaría la vida, ¡pero haría asesinar a Miles! Esto era cosa distinta, así que la dama dio su palabra y la mantuvo.
Hugo no fue perseguido por sus amenazas ni por apropiarse de los estados y títulos de su hermano, por¬que ni la esposa ni el hermano qui¬sieron testificar contra él, y a la primera no se le habría permitido hacerlo, aunque hubiese querido. Hugo abandonó a su mujer y partió para el Continente, donde murió al poco tiempo, y a poco el conde de Kent se casó con su viuda. Hubo grandes festejos y regocijos en el pueblo de Hendon cuando la pareja hizo su primera visita a la casa señorial.
Del padre de Tom Canty nunca se volvió a saber nada.
El rey buscó al labriego que ha¬bía sido marcado y vendido como esclavo, lo apartó de su camino de perdición al lado de la cuadrilla de Ruffler y lo puso en vía de ga¬narse cómodamente la vida.
También sacó de la cárcel al vie¬jo abogado, a quien perdonó la mul¬ta. Dispuso buenos hogares para las hijas de las dos mujeres anabap¬tistas a quienes vio quemar en la hoguera, y castigó debidamente al alguacil que descargó sobre las es¬paldas de Miles Hendon las inmere¬cidos azotes.
Salvó de las galeras al muchacho que había capturado al halcón per¬dido, y también a la mujer que ha¬bía robado un retazo de paño a un tejedor; pero llegó demasiado tarde para salvar al hombre que había sido acusado de matar a un ciervo en el bosque real.
Mostró su favor al juez que se apiadó de él cuando lo acusaron de haber robado un cerdo, y tuvo la alegría de verlo crecer en la esti¬mácion pública y convertirse en un hombre insigne y honorable.
Mientras vivió, al rey le compla¬cía contar la historia de sus aven¬turas, de principio a fin, desde la hora en que él centinela lo apartó con una manotada de la puerta del palacio hasta la noche final en que se mezcló mañosamente en una cua¬drilla de presurosos obreros, y así se deslizó en la Abadía y trepó y se ocultó en la tumba del Confesor, y luego durmió tanto tiempo, al día siguiente, que por poco pierde ente¬ramente la Coronación. Decía que el referir con frecuencia su valiosa lección lo mantenía firme en su pro¬pósito de hacer que sus enseñanzas redituaran beneficios a su pueblo, y así, mientras tuviese vida, continua¬ría refiriendo la historia para man¬tener sus tristes acontecimientos fres¬cos en la memoria y los manantiales de la piedad bien llenos en su co¬razón.
Miles Hendon y Tom Canty fue¬ron siempre favoritos del rey, en su breve reinado, y lo lloraron since¬ramente cuando murió. El buen conde de Kent tenía bastante senti¬do común como para abusar de su singular privilegio, pero lo ejerció dos veces, después de la ocasión que hemos visto, antes de dejar el mundo: una, cuando el ascenso al trono de la reina María, y otra cuando el ascenso de la reina Isa¬bel. Un descendiente suyo lo ejer¬ció cuando ascendió al trono Jai¬me I. Había transcurrido casi un cuarta de siglo antes de que el hijo de aquel descendiente deseara ejercer el privilegio, y el “privilegio de los Kent” se había borrado de la me¬moria de casi todas las gentes, de manera que, cuando el Kent de entonces compareció ante Carlos I y su corte y se sentó en presencia del soberano, para afirmar y perpe¬tuar el derecho de su casa, se pro¬dujo, ciertamente, un verdadero re¬vuelo. Pero el asunto fue aclarado de inmediato y confirmado el dere¬cho. El último conde de su estirpe cayó peleando por el rey en las guerras de la república, y el singu¬lar privilegio termino con él.
Tom Canty vivió hasta edad muy avanzada, un apuesto viejo, de pelo blanco, de grave y benévolo aspec¬to. Mientras vivió, se le rindieron honores; también fue reverenciado, porque su singular y sorprendente traje recordaba a las gentes que “en su tiempo había sido rey”; y así, doquiera que sé presentaba, la gente se apartaba para abrirle paso, susurrando unos a otros: “Quitaos el sombrero; es el «Protegido del Rey»“, y así saludaban, y obtenían a cambia una amable sonrisa, y la valoraban, también, porque la suya era una honorable historia.
Sí; el rey Eduardo VI vivió po¬cos años, pobre niño, pero los vivió dignamente. Más de una vez, cuan¬do algún gran dignatario, algún im¬portante vasallo de la corona, ar¬gumentaba en, contra de su lenidad, y alegaba que alguna ley que se proponía enmendar era lo bastante benigna para su objeto y no ocasio¬naba sufrimiento u opresión de gran importancia a nadie, el joven rey volvía hacia él la triste elocuencia de sus ojos espléndidarnente com¬pasivos y respondía:
––¿Que sabes tú de sufrimiento y opresión? Yo y mi pueblo sabemos; pero tú no.
El reinado de Eduardo VI fue singularmente misericordioso para aquellos duros tiempos. Ahora que nos despedimos de él, tratemos de conservar esto en la memoria, en su honor. 13



13. HOSPITAL DE CRISTO O ESCUELA DEL GABÁN AZUL
“MÁS NOBLE INSTITUCIÓN DEL MUNDO”
El terreno sobre el cual sa erigió el Priorato de los Frailes Franciscanos fue otorgado par Enrique VIII al municipio de Londres (que destinó esa institución a hogar para niños y niñas pobres). Después, Eduardo VI ordenó la reparación adecuada del viejo priorata, y fundó el noble establecimiento llamado el Blue Coat School, o Christs Hospital, para la educación y sustento de huérfanos e hijos de personas indigentes... Eduardo no lo dejó (al obispo Ridley) que abandonase su cargo sin antes haber escrito una carta (al alcalde), y luego le ordenó que fuese él mismo quien la entregase, e insistiese sobre su especial requerimiento y orden, en cuanto a que no se perdiese el tiempo en señalar lo que fuera conveniente, e informándolo á él de los trámites. La obra fue reali¬zada con gran celo, tomando parte en ella el mismo Ridley, y el resultado fue la fundación del Hospital de Cristo para la Educación de Niños Pobres. (El mismo rey patrocinó otras obras de caridad en aquellos tiempos.) “Señor Dios”, solía decir, “te doy gracias de todo corazón por haberme permitido vivir hasta hoy, y, así, haber podido terminar esta obra para mayor gloria de tu nombre.” Aquella vida inocente y ejemplar se iba aproximando rápidamente a su fin y pocos días más tarde rindió el espíritu a su Creador, rogando a Dios que defendiese al reino del poder del Papado. J. Heneage Jesse, Londres, sus personajes y lugares famosos.
En el Gran Salón hay un retrato del rey Eduardo VI sentado en su trono, con manto escarlata y ornado de armiño, sosteniendo el cetro en su mano iz¬quierda y presentando con la derecha el cabildo al alcalde arrodillado. A su lado se ve en pie al Canciller, sosteniendo los sellos, y junto a él están otros dignatarios de Estado. El obispo Ridley, arrodillado ante el, con las manos levantadas, como suplicando la bendición del acontecimiento; mientras los regi¬dores y concejales, junto con el alcalde, permanecen arrodillados a ambos lados, ocupando el segundo término del cuadro; y por último, en primer término, aparecen dos filas de niños, a un lado, y de niñas, al otro; bajo la mirada del maestro y la matrona, dos de ellos, niña y niña, se han adelantado de sus filas respectivas, y, arrodillados, elevan las manos ante el rey. Timbs, Curiosidades de Londres, p. 98.
El Hospital de Cristo, por una vieja costumbre, posee el privilegio de diri¬girse al soberano, cuando llega a la ciudad, para que comparta la hospitalidad del Cabildo de Londres. Ibid:
El Salón de Banquetes, con su gran antesala y su galería del órgano, ocupa todo el piso, de 187 pies de largo, 51 pies de ancho y 47 pies de altura: Está iluminado por nueve grandes ventanas de vidrio emplomado en el lado sur, es decir, hacia Westminster Hall, el recinto más noble de la metrópoli. Aquí los niños, ahora en número aproximado de 800, toman sus alimentos, y aquí también tienen lugar las “colaciones públicas”, en las cuales se admite a los visitantes por medio de boletos emitidos por el tesorero y por los gobernadores del Hospital de Cristo. Las mesas están provistas con queso servido en recipientes de madera, cerveza escanciada en odres de cuero en vasijas también de madera, y abundante pan traído en grandes cestos. El cortejo oficial hace su entrada, el alcalde o presidente, toma asiento en la silla principal, construida con madera de roble, procedente de la Iglesia de Santa Catalina, situada junto a la Torre. Se canta un himno acompañado por el órgano; un grecian o muchacho principal lee las oraciones desde el púlpito, impuesto el silencio por medio de tres golpes de un mollete. Después de las oraciones, comienza la comida, y los visitantes desfilan entre las mesas. Al final, los muchachos retiran las canastas, los reci¬pientes del queso, los odres, las vasijas y los candeleros, y desfilan en procesión, haciendo reverencias muy formales al gobernador. Este espectáculo fue pre¬senciado por la reina Victoria y el príncipe Alberto en 1845.
Entre los más eminentes niños del Gabán Azul, se cuentan Joshua Barnes, editor de Anacreonte y Eurípides; Jeremiah Markland, crítico notable, especial¬mente de literatura griega; Camden, el anticuario; el obispo Stillingfleet; Samuel Richardson, el novelista; Thomas Mitchell, el traductor de Aristófanes; Thomas Barres, durante muchos años editor del Times de Londres; Coleridge, Charles Lamb y Leigh Hunt.
No se admite. a ningún niño menor de siete años, o mayor de nueve, y ningún niño puede permanecer en el colegio después de los quince años, excepto en las casos de los “Niños del Rey” y de los Grecians. Existen cerca de 500 go¬bernadores, a cuya cabeza están el Soberano y el Príncipe de Gales. Para obtener el título de gobernador se requiere un pago de 500 libras. Timbs, Cu¬riosidades de Londres, p. 97.
NOTA GENERAL
Uno oye mucho de las “odiosas Leyes Azules de Connecticut” y por lo general experimenta un piadoso escalofrío cuando se las menciona. Existen gentes en América ––¡y aun en Inglaterra!–– que piensan fueron un monumento de malignidad, falta de compasión e inhumanidad; sin embargo, en realidad fueron el primer paso para hacer desaparecer las atrocidades judiciales que el mundo civilizado presenció hasta entonces. Este humano y bondadoso código de las Leyes Azules, de hace doscientos cuarenta años habla por sí mismo, con siglos de leyes sanguinarias antes de su existencia, y casi un siglo y tres cuartos de sangrienta legislación inglesa, después de él.
Nunca existió una época bajo las Leyes Azules o bajo otras en que más de catorce delitos fuesen castigados con la pena de muerte de Connecticut. Pero en Inglaterra, aún recuerdan hombres sanos de cuerpo y mente que el número de delitos castigados con la pena de muerte llegaba a doscientos vein¬titrés. Vale, pues, la pena conocer estos hechos y meditar sobre ellos. Véase: Dr. I. Hammond Trumbun, Las Leyes Azules, falso y verdadero, p. 11.