dom

06

sep

2015

LA RAIZ DEL DOLOR 



Vemos que durante miles de años el ser humano ha luchado con el problema del dolor y que no ha podido resolverlo; se ha habituado, lo ha aceptado, diciendo que es una faceta inevitable de la vida. Sin embargo, el limitarse a aceptar el dolor no sólo es una tontería sino que contribuye a embotar la mente, la vuelve insensible, brutal, superficial, y así la mediocridad invade la vida y la deja reducida únicamente a trabajo y placer.

Uno vive una existencia fragmentada, como hombre de negocios, científico, artista, como persona sentimental o de las llamadas religiosas, etc. Pero para comprender el dolor y librarse de él, tienen que comprender el tiempo y por consiguiente, el pensamiento. No pueden negar el dolor ni huir ni eludirlo mediante la diversión, las iglesias o las creencias organizadas, ni tampoco pueden aceptarlo y rendirle culto; y para evitar todo ello, hace falta mucha atención, la cual es energía.


El dolor echa raíces en la autocompasión, y para comprenderlo, primero tiene que haber una implacable actuación frente a este último sentimiento. No sé si habrán observado cómo se compadecen de ustedes mismos cuando por ejemplo dicen: “me siento solo”. Desde el momento en que se tienen lástima, queda preparado el terreno para que se arraigue el dolor. Por mucho que justifiquen la autocompasión y la racionalicen, por mucho que la refinen o la escondan con ideas, ahí seguirá, envenenándolo todo en su interior.


Así pues, una persona que quiere comprender el dolor tiene que empezar librándose de esa trivialidad brutal, egocéntrica y egoísta, que representa el Cuando comprendemos el tiempo, damos con el pensamiento, y la comprensión de este último es la terminación del primero, y por tanto, la del dolor. Si eso está muy claro, podremos observar el dolor sin rendirle culto. Todo lo que no comprendemos lo adoramos o lo destruimos, lo ponemos en una iglesia, en un templo o en un rincón oscuro de la mente, y le tenemos un respeto reverencial; o reaccionamos en su contra y nos deshacemos de él; o lo eludimos, pero aquí no estamos haciendo nada de eso.

Vemos que durante miles de años el ser humano ha luchado con el problema del dolor y que no ha podido resolverlo; se ha habituado, lo ha aceptado, diciendo que es una faceta inevitable de la vida.Sin embargo, el limitarse a aceptar el dolor no sólo es una tontería sino que contribuye a embotar la mente, la vuelve insensible, brutal, superficial, y así la mediocridad invade la vida y la deja reducida únicamente a trabajo y placer.

Uno vive una existencia fragmentada, como hombre de negocios, científico, artista, como persona sentimental o de las llamadas religiosas, etc. Pero para comprender el dolor y librarse de él, tienen que comprender el tiempo y por consiguiente, el pensamiento.

No pueden negar el dolor ni huir ni eludirlo mediante la diversión, las iglesias o las creencias organizadas, ni tampoco pueden aceptarlo y rendirle culto; y para evitar todo ello, hace falta mucha atención, la cual es energía.

El dolor echa raíces en la autocompasión, y para comprenderlo, primero tiene que haber una implacable actuación frente a este último sentimiento. No sé si habrán observado cómo se compadecen de ustedes mismos cuando por ejemplo dicen: “me siento solo”. Desde el momento en que se tienen lástima, queda preparado el terreno para que se arraigue el dolor. Por mucho que justifiquen la autocompasión y la racionalicen, por mucho que la refinen o la escondan con ideas, ahí seguirá, envenenándolo todo en su interior.

Así pues, una persona que quiere comprender el dolor tiene que empezar librándose de esa trivialidad brutal, egocéntrica y egoísta, que representa el sentimiento de lástima por uno mismo. Pueden sentir lástima de sí mismos cuando tienen una dolencia, cuando pierden a alguien o cuando no se sienten realizados, y a causa de ello, sentirse frustrados o embotados; pero, sea cual sea la causa, la lástima por uno mismo es la raíz del dolor.

Una vez que estén libres del sentimiento de lástima, podrán mirar el dolor sin rendirle culto ni escapar de él ni darle un significado espiritual, como cuando les dicen que tienen que sufrir para encontrar a Dios, lo cual es una insensatez.

Sólo una mente embotada y necia puede soportar el dolor; no tiene que haber, pues, ni su aceptación ni su negación. Cuando no se tengan lástima, habrán privado al dolor de todo sentimentalismo y emotividad, los cuales surgen de la autocompasión; y entonces podrán afrontar el dolor con atención absoluta.


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